La luz es el instinto, el conocimiento de lo desconocido. En la sombra no hay eco que multiplique la sabiduría. Es “la luz del alma / que eres tú mismo”, la que imprime sabiduría a la confusión. La luz dora el yo, lo amasa, lo trasciende. Quien anda a ciegas, desconoce. Un poder extraordinario, no terrenal, habita donde crece la luz, del adentro humano, de las sombras iluminadas, sosegadas. Así lo hace sentir Elizabeth Schön en Luz oval. Este poemario, el último del largo camino poético de Schön, se contiene en sus códigos: el abismo, esa realidad excesiva que dice Eliot y que bien expresa nuestra Hanni Ossott, corporiza el poema, sus latidos, su silencio, la bruma de la noche que separa la luz.
El vecindario se alborota con el rumor del unicornio, qué bello, qué rosado, já, porque todo el mundo estaba harto de unicornios negros y deshilachados. Todo el mundo comenta cuánta falta le hacía el unicornio al jardín, hasta la señora del canario y el viejo de los loritos se acercan y, tonto y trasnochado, pienso que sí, cómo no, cuánta falta, señores. Se me quitan las ganas de pintar la cocina, de hojear el periódico, de escribirle a Vanessa. Qué despelote, loca se vuelve mi mujer con el unicornio, quién lo creyera, que una foto así, que otra así, no seas malo mijito, lindo domingo de fotógrafo. Tan loca que hasta se olvida de insistir que vuelva temprano, hasta no le importa que pierda unos minutos en el bar de Osiris, donde los amigos comentan que mi mujer no es un animal tan peligroso.
Mi tonta y hambrienta Aurora / que corría tras los recuerdos y se perdía. / Alguien nos miraba desde el pasado, / ¿su padre o su amante borrachín? / (La luz de su lámpara me obligaba al insulto / y desde siempre supe por qué). // Ahora ando feliz sin la maldita nostalgia / y el tiempo resbala y cae y resbala. / Las dulces guayabas de su boca / quedaron en aquel patio junto a ollas sucias, / zureos de palomas y travesuras.
Cuando ya la desolación me pesaba en los hombros más que el exceso de kilos que habitualmente arrastro, recordé a mi entrañable amigo Eddie, el causante de todo esto, el padre de esta situación que me tenía en la encrucijada laboral. Mientras camina por el corredor del piso en donde estaba la habitación del director del colegio en China, Eddie y su claridad vinieron a mí con las sencillas palabras que despejaron mi panorama en uno de los tantos correos que me escribió: “Dejáte de preocupar, sé quien sos y te va a ir bien, ese es todo el sentido de la entrevista, ser honesto, te lo aseguro; además, contigo no hay medias tintas, o te corren o te contratan”. Así que eso hice.
Oliver Welden es un poeta chileno, amigo, que conocí a finales de los sesenta, principio de los setenta, para el caso es lo mismo: desapareció después de 1973 y sólo vine a saber de él hace un par de años cuando me llamó por teléfono a Panamá del Estado de Elvis Presley. Minutos antes me había puesto un correo, como se usa ahora en el siglo XXI.
Como los organizadores puntualizan, éste no es un festival de literatura ni una feria del libro, sino un congreso de escritores y traductores —al cual también estarán invitados investigadores y políticos— y durante el cual se hará hincapié en la literatura como aporte cultural y como fuerza política. Los temas fundamentales en torno a los cuales girará el congreso son: alfabetización, diálogo intercultural y digitalización. Tres temas de gran actualidad tanto a nivel global como local. El congreso se compromete a apoyar activamente los valores formulados en la convocatoria y a impulsar acciones para incrementar la lectura y la escritura, la libertad de expresión y la defensa de la propiedad intelectual.
María Luisa Villardefrancos Legrande nació el 12 de octubre de 1915 en Vedra, cerca de Santiago de Compostela, a los cinco años contrajo la poliomielitis y esta enfermedad marcó su vida para siempre. Afortunadamente la niña poseía una inteligencia muy despierta y un talento que se iría desarrollando en el transcurso de los años decantándose por el terreno literario. Marisa se convirtió en escritora y fueron sus “padrinos” Julio Camba y Wenceslao Fernández Flórez.
Se fue en silencio, como lo hizo casi todo en la vida; de hecho, en Chile hay mucha gente para quien el nombre de Hugo Correa no dice nada. Es más, probablemente un alto porcentaje de los lectores de nuestra Letralia no sepan quién fue este escritor chileno a quien admiro más que a muchos y que me provocó un verdadero dolor en el alma cuando mi amigo Roberto Pliscoff me contó de su muerte hace algunos días atrás.
No sé por qué extraña razón mi mente había decidido que Winston sería un amable señor de alguna cierta edad; y resultó que no. Me encontré con un joven hombre que no llega a los cuarenta años, agradable, alegre y muy atractivo, de hecho unas cuantas féminas asistentes al evento lo comentaron. Un genuino representante del signo zodiacal regente el día de su nacimiento veinte de enero o sea, acuario: generoso, amigo, sensible, creativo, complicado, sencillo; uno y muchos al mismo tiempo. Al leer sus respuestas al cuestionario no me quedaron dudas, fueron respuestas breves, concisas, muchas llenas de romanticismo. “No tengo ratos libres, todos los días respiro y muevo los brazos”.