Alejado tal vez por último de sí mismo, el talentoso y enigmático J. D. Salinger, decidió partir finalmente a los 91 años y olvidar quizás su famoso imborrable pasado literario, que los adolescentes norteamericanos y del mundo convirtieron en mito, lectura de culto. La literatura norteamericana ha perdido su principal mito. Fue como un rayo que iluminó una época con su obra emblemática —The Catcher in the Rye— y se consumió en su propia luz, que se hizo expansiva más allá de su voluntad. Salinger se borró públicamente, no editó un libro por más de 40 años hasta su muerte y se opuso a cualquier reedición no convenida, con la tenacidad de un guardián solitario refugiado en su cabaña en New Hampshire.
Digo hoy —y siempre lo diré— de Pedro Francisco Lizardo, el poeta, el excelente periodista que Venezuela se dio el lujo de tener. Digo de un hombre a quien tuve el honor de oír desde su arcádica estrategia poética, estrechar su mano y saberme arcano a sus afectos por la vía de otros amigos quienes me indicaron el camino de su sabiduría verbal.
El miedo nos controla hasta donde puede controlarnos. Enmarcamos nuestras actuaciones públicas dentro de los límites que imponen los códigos, ya sean los legales o los sociales, pero no más. Dueños de nuestra intimidad, donde ni el Estado ni la sociedad pueden ingresar, damos allí rienda suelta a nuestros arranques y a nuestra fantasía. Eso me pareció entender en Japón.
Los premios literarios siempre han sido objeto de sospechas, envidias y sabotajes de todo tipo. A veces despiertan el odio o son pasto de una serie de requisitorias e ironías para banalizarlos y quitarles prestancia. En ocasiones se argumenta que tal o cual premio es político o responde a siniestros y conspirativos intereses.
Estaba arrobado con la lectura aquella tarde y casi no me percaté de que alguien me estaba lanzando terrones y semillas de mamón para perturbar mi lectura o simplemente para fastidiarme y hacerme enojar. Al principio no le hice caso a la reiterada agresión, pero los proyectiles comenzaron a llegar con más constancia y buena puntería y algunos me daban sobre las piernas. Aun así me reafirmé en la lectura y me hundí en los océanos. Como mis ocultos agresores se dieron cuenta de que no podían sacarme de mi trance lector, salieron detrás de la puerta donde se mantenían escondidos, y pude reconocerlos al no más levantar la vista.
Como espectadores hemos visto muchas veces películas inspiradas en novelas y en ocasiones incluso hemos leído novelas que primero fueron películas, 2001 Odisea espacial es una de ellas y otra Instinto básico, pero, y no me refiero ni a una ni a otra, ¿han sido afortunadas todas esas traslaciones?, no en muchísimos casos, desde luego. Es más, han resultado pobres llegando a deslucir los originales, porque lo peor de estas adaptaciones es que casi nunca son fieles a la novela en la que presuntamente se basaron.
La Fundación Futuro, a través de la Revista Ventanal, dio a conocer los resultados de la encuesta Lo Mejor de Chile, donde se buscaba reconocer las cosas maravillosas que tiene nuestro país, haciendo un alto en los problemas, el estrés y las preocupaciones diarias. Diez mil personas eligieron los patrimonios culturales chilenos.
Los filmes de Almodóvar presentan en general una nueva e intrigante visión de su propia España en atropelladas sátiras sexuales marcadas con complejas narrativas que emplean melodramas, canciones populares y un irreverente humor, como la de aquella escena de una prostituta que después de una larga noche echa a correr con temor de llegar tarde a la iglesia.
En la estación / la mujer despidió con un pañuelo blanco / al muchacho que se iba a la guerra. // Casi eran una misma materia / el pañuelo y el humo / del tren que se alejaba. // Sobra decir que el pañuelo / se deshilachó de tanta espera / y el humo desapareció en el viento de los pájaros.