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¿Hay guerras justas?

Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de la tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; en consecuencia, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.
John Donne (1572-1631)

En el artículo “La rabia, el orgullo y la duda”, publicado en su versión castellana por el diario El Mundo, la periodista Oriana Fallaci, polémica y famosa, lúcida y directa, afirma que sí. Dice que una guerra como la que se libró, por ejemplo, contra Hitler fue justa, legítima y obligatoria. Fallaci recuerda, con la emoción propia de quien vivió el horror de la II Guerra Mundial, a los miles de soldados norteamericanos que dejaron sus huesos en las playas de Normandía y por toda Europa; su gratitud hacia ellos es inmensa. Concluye que si bien, en esa oportunidad, los aliados bombardearon el viejo continente y los ejércitos lo invadieron, todos los sufrimientos, los dolores y las muertes fueron recompensados con la libertad de la que hoy disfrutan.

Para la periodista italiana, la invasión de Irak por parte de los marines de Bush, adolece de un problema de oportunidad. Si ésta se hubiera realizado a los pocos días del 11 de septiembre, toda la comunidad internacional la respaldaría; la distracción que significó el bombardeo de Afganistán hizo perder de vista, a los estrategas norteamericanos, la amenaza de Irak. No sólo eso, dice que si Clinton no hubiera perdido el tiempo “con mozas lozanas”, las torres gemelas no hubieran caído. Peor, agrega que si Bush padre, que en 1991 expulsó a los iraquíes de Kuwait, hubiera actuado con mayor decisión, el problema Hussein no existiría.

Más adelante señala lo que considera la ambición “napoleónica” francesa y su necesidad del petróleo iraquí, la “mediocridad” del régimen alemán y el “tercermundismo fundamentalista” de Roma. Para terminar diciendo: “Europa ya no es Europa. Se ha convertido en una provincia del Islam, como España y Portugal en tiempo de los moros”.

No deja de llamar la atención la descarnada claridad con la que describe los acontecimientos: “El humanitarismo no tiene nada que ver con las guerras. Todas las guerras, incluso las justas, incluso las legítimas, son muerte y desgracia y atrocidad y lágrimas. Y ésta no es una guerra de liberación (…) Es una guerra política. Una guerra hecha a sangre fría para responder a la Guerra Santa que los enemigos de Occidente declararon el 11-S (…) Es una guerra profiláctica. Una vacuna, como la vacuna contra la polio y la varicela, una intervención quirúrgica que se abate sobre Saddam Hussein, porque entre los diversos focos cancerígenos, Saddam Hussein es el más obvio…”.

Fallaci tiene claro que lo que ella defiende es la manera occidental de ver el mundo, considera al Islam “una montaña que, desde hace 1.400 años no se mueve, no cambia, no emerge de los abismos de su ceguera (…) en el Corán no hay lugar para el libre albedrío, para la elección y, por lo tanto, para la libertad. No hay lugar para un régimen que, al menos jurídicamente, se basa en la igualdad, en el voto, en el sufragio universal, es decir, no hay lugar para la democracia. De hecho, los musulmanes no entienden estos dos conceptos modernos…”.

En resumidas cuentas, para la célebre escritora, hay guerras justas, hay bombardeos e invasiones necesarias, y el ataque contra Irak es profiláctico y punitivo; un aviso, una vacuna contra un virus llamado Islam.

Es un artículo sincero, directo, liberado de escrúpulos y valiente. Fallaci tiene las agallas de defender la impopular posición norteamericana con una claridad meridiana que ninguno de los tagarotes del régimen republicano se atreve a exhibir. Es el cierra filas de la modernidad occidental, democrática y cristiana, contra la amenaza del totalitarismo musulmán, despótico y tirano.

Sin embargo, hay cosas que en su emoción olvida.

Soslaya olímpicamente el tema del petróleo, argumentando que los franceses sí lo necesitan y los norteamericanos no (sin pronunciarse sobre las vinculaciones entre Bin Laden y Arabia Saudita o la problemática de Venezuela, lo que pone a Estados Unidos al borde de un conflicto con dos de sus más importantes proveedores de crudo). No hace ni una sola mención a la relación directísima entre la familia Bush y los más altos consejeros del presidente con las compañías petroleras más grandes del mundo.

Dice que Bush padre no avanzó contra Saddam porque “el mandato de las Naciones Unidas era liberar Kuwait y nada más” y lo pinta como un caballero antiguo sin explicar las razones geopolíticas que decidieron al ex presidente a no deshacerse del líder de uno de los regímenes musulmanes más occidentalizados, tapón y represa contra el fundamentalismo que hierve en toda la zona.

No proporciona cifras, ¿cuánto costó la guerra del 91, quién pagó la factura, quién se benefició, cuánto creció la industria bélica norteamericana, cuánto costará esta guerra, quién sufragará los gastos, a dónde fueron los miles de millones originados por la subida del precio del barril de crudo, cuántos impuestos de guerra les cobrarán al nuevo gobierno títere que impongan en Bagdad como reparación y recompensa por haberles “regalado” la democracia?

¿Y los muertos? Al parecer sólo “mueren” los occidentales, los “otros” son sólo cifras, frías, indiferentes y ajenas, que se estudiarán dentro de unos años en las escuelas de historia. ¿Cuántos murieron en Afganistán tras los inútiles bombardeos? ¿Cuántas vidas ha costado cada intervención norteamericana? ¿Cuántos morirán en Irak? ¿Las 3.000 bombas inteligentes prometidas —ya empezaron los ataques sobre Bagdad— no matarán a ningún civil de los que quieren “liberar” o será un “daño colateral”, estadístico y explicable?

No nos cuenta de dónde surgió el desproporcionado poder de Hussein, cómo así la civilizada democracia norteamericana soportó tanto tiempo las masacres contra los kurdos, las torturas más infames y la violación de los más elementales derechos humanos. No hay referencia alguna al desarrollo de las armas de destrucción masiva gracias a la tecnología de occidente, ¿creerá que Hussein y sus científicos inventaron solitos las bombas que hoy tanto atemorizan al mundo entero, gracias a la propaganda incansable de la CNN y la prensa devota?

Lo que sucede es que Hussein les salió respondón, igual que Bin Laden, al que también financiaron y entrenaron. Recuerdo que un presidente norteamericano dijo con respecto a Anastasio Somoza, el dictador nicaragüense que los Estados Unidos impusieron, impulsaron y protegieron, “Somoza may be a son of a bitch, but he’s our son of a bitch!”

¿Es Hussein un tirano genocida? A estas alturas no creo que nadie lo dude. ¿Debe salir del poder? Por supuesto. ¿Merece el pueblo iraquí un gobierno más humano, civilizado y respetuoso del derecho internacional? ¡Quién lo discute! ¿Alguien hay que, en su sano juicio, pretenda ver en Hussein a un mártir de la guerra santa? Seguramente algunos trasnochados, pero son la minoría y no es por él ni por sus neuróticos y cuchilleros hijos que se realizan manifestaciones contra la guerra en todas las ciudades importantes del mundo.

Oriana Fallaci habla con la pasión digna de los latinos. Se siente en deuda con los más de doscientos mil norteamericanos que murieron peleando en Europa (¿Estados Unidos intervino —tardíamente— para salvar Europa o por el peligro que significaba un continente unificado bajo la bota nazi?). Nos dice que hay guerras legítimas y se burla de los que pensamos que todas las guerras nos empobrecen y nos devuelven a las cavernas (cierto, en la antigua lucha del bien contra el mal, es legítimo, justo y necesario, sacudir el yugo y alzarse contra el tirano, pero ¿es Hussein más malo que los muchos dictadorzuelos que asolaron América el siglo pasado o es el peor de todos los tiranos que gobiernan este mundo? Y si es así, ¿por qué se demoraron tanto en darse cuenta?).

No, esta no es una guerra humanitaria, en eso acierta Oriana Fallaci, es una guerra de odio, de venganza, de petrodólares y orgullos pisoteados; es una guerra de intereses egoístas que terminarán por dinamitar la unidad europea; es una expedición punitiva que va a cobrar cien vidas por cada una de las perdidas en Nueva York; es el sueño de los fabricantes de bombas, de la industria de la muerte, de los traficantes de armas; es el cadáver putrefacto puesto a la puerta de la aldea para enseñarle a todos los bandidos qué pasa cuando entran al pueblo a hacer maldades; es la guerra del miedo, del pánico al oriente, del antiguo terror a una cultura que no comprendemos y que es mejor desbaratar con sus mezquitas, sus rezos diarios, su jihad y sus mártires; es la respuesta al “acuérdate de los atenienses” que Darío se hacía decir cada mañana.

Como los españoles intentaban “salvar” a los indios sometiéndoles a la fe con garrote e Inquisición, esta es la nueva cruzada de la civilización contra la barbarie para inocular nuestra democracia “occidental y cristiana” en las testarudas venas musulmanas. ¿Y si el enfermo no se cura?, habrá que liquidarlo, a él y a todos en la región, no vaya a ser que la peste se propague por el mundo y eso no lo podemos permitir. Así lo siente y lo sabe Oriana Fallaci, que termina su artículo con un párrafo revelador:

“Pregunta: ¿Y si en vez de descubrir la libertad, todo el Oriente Próximo saltase por los aires y el cáncer se multiplicase? De país en país, como una especie de reacción en cadena... Como occidental orgullosa de su civilización y, por lo tanto, decidida a defenderla hasta el último suspiro, en ese caso tendré que unirme sin reservas a Bush y a Blair, atrincherados en un nuevo Fort Alamo. Sin repugnancia, debería luchar y morir con ellos. (…) Es lo único sobre lo que no tengo duda alguna.”

¿Yavhé o Alá? ¿Roma o La Meca? ¿”La Ilíada” o “Las mil y una noches”? ¿Carlos Martel o Abd al-Rahman? ¿Carlomagno o Marsín? ¿Bush o Hussein? Se nos pone frente a una dicotomía y se nos exige una posición. “Estás conmigo o contra mí”, dice la administración republicana y nos compele a tomar posiciones.

Ni con uno ni con el otro, con la vida.

Las guerras más difíciles son las que se libran sin armas en la mano, con la sola munición de la certeza de que es posible un mundo mejor para nuestros hijos y para los hijos de “los otros”. Cuando truenan los cañones y los tambores tocan a rebato se hace más difícil mantener la calma, se vuelve comprometedora la palabra cauta y objetiva, y todas las voces que piden paz se convierten en sospechosas.

Ya lo dije, la guerra nos empobrece y nos devuelve a las cavernas, nos aleja de la civilización que tanto ha costado y nos recuerda lo sedientos que podemos ser frente a la sangre. La guerra nos compromete, querámoslo o no, busquémoslo o no; cada muerto, sin importar el color de su uniforme, es un trozo más de la humanidad que se deshace, es un paso más hacia el descalabro y el aniquilamiento. Y no nos damos cuenta.

Por eso, “nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”.

Lima, 20 de marzo de 2003