Jaque perpetuo a El monje de Praga

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Si algún hilo conductor tienen los cuentos que conforman el libro El monje de Praga (Lima, Hipocampo editores, 2003; 89pp) es el del tierno desencanto con el Marco Martos (Piura, 1942) asume, con una sonrisa socarrona y un talento a prueba de la crítica hepática y envidiosa, el riesgo de lanzarse a las aguas pocos dóciles, rebeldes y comprometedoras, de la narrativa breve.

Cuajado poeta e indiscutible representante de la llamada generación del sesenta, Martos ha paseado por décadas su figura sosegada y su conocimiento profundo de la literatura (y de los seres humanos) por los pasillos de la Facultad de Letras de Universidad de San Marcos. Conocerlo es aproximarse a un intelectual amable, sencillo y generoso, en un país donde la inteligencia cultivada —que no abunda— suele emparentarse con la pedantería y la soberbia.

No es raro verlo conversando con jóvenes aspirantes a las Musas, compartiendo un diálogo con escritores marginales que viven peleados con la Academia, o asistiendo, entusiasta, a alguna reunión de poetas segundones e ignorados a los que muchos de los célebres y consagrados bardos nacionales jamás prestarían su buen nombre ni su valiosísimo tiempo.

El monje de Praga es un encantador libro de cuentos en los que podemos percibir cómo el poeta ha condensado años y años de lecturas en siete piezas breves concebidas con el detalle de un especialista en miniaturas. En las pocas páginas de cada relato, nos pasea por un universo plagado de oscuros traficantes de derechos humanos, estoicos filósofos que esperan la muerte casi con una sonrisa, líos familiares por la herencia provinciana y suculenta, intrigas universitarias, muertos resucitados, un bandido al que el tiempo y la audacia han convertido en leyenda, y un amor que llega, o muy tarde o muy temprano, pero inevitablemente a destiempo.

Desde un pueblo olvidado y de nombre impronunciable del Pakistán hasta el Chulucanas de su Piura querida, desde la India hasta el Perú, desde la juventud frustrada en un absurdo accidente de tránsito hasta la vejez célebre de poeta insular y respetado, desde la dignidad de Séneca enfrentando a Nerón en el primer siglo de nuestra era hasta el noble llanto de Pablo Erasmo vencido, en la Lima de nuestro tiempo, por la burocracia universitaria; Marco Martos recrea, en breves escenas, las angustias y los sueños, las miserias y los triunfos del hombre, ya sea que se encuentre frente a la inmoralidad de los jueces, la tiranía del emperador, la injusticia de la pobreza, o las vicisitudes del amor.

El cuento que da nombre al libro es un delicioso paseo por los ambientes universitarios, donde viejas rencillas y nuevos rencores encuentran el lugar apropiado para desenvolverse. Muchos años dedicados a la docencia le dan a Martos material suficiente para presentarnos, con destreza y credibilidad, los nudos de enemistades y respetos, rencores y alianzas, componendas e inquinas, que se tejen y destejen en un ambiente más cercano a las intrigas parlamentarias y palaciegas que a la armoniosa reunión de intelectos que, a la vista de un lego, debiera ser un claustro universitario.

Los profesores célebres, los mediocres, los eternos estudiantes, los poetas incomprendidos, los honorables doctores que pasean sus ganas en burdeles en busca de personajes para sus novelas, los odios que traspasan décadas esperando el momento oportuno para dar el zarpazo, los alumnos apasionados que escuchan con fervor religioso al viejo maestro leyendo un poema, las facciones silenciosamente organizadas, la lucha por la pírrica victoria de una cátedra propia, los orgullos elefantiásicos de los intelectuales, el cansancio de los que entregaron décadas de trabajo por un sueldo indigno y miserable, los profesores comprometidos con su tarea por el sencillísimo e inexplicable amor a la literatura, los sueños truncos y la desesperante realidad de una vida universitaria peruana donde nadie que no comprenda la mística de enseñar en San Marcos puede explicarse cómo académicos renombrados ofrecen todavía su tiempo, su inteligencia y su energía, en las más adversas condiciones materiales.

Quienes han seguido la obra de Martos, que en 1996 reunió todas sus poesías en Leve Reino (Lima, Peisa; 255pp), podrán hallar deliciosas intertextualidades entre sus cuentos y sus poemas. Uno de los guiños más notables se encuentra en el relato Séneca en su víspera, donde reproduce íntegramente, en prosa, su Carta moral a Lucilio, primer poema de su libro El mar de las tinieblas (Lima, Atenea Editores, 1999; 181pp).

Es oportuno anotar que en este volumen reunió una serie de composiciones líricas del más diverso matiz, donde se notaba una búsqueda nueva y una exploración renovadora en los espacios del verso clásico. Martos, perteneciente a una generación que hizo bandera y signo en la ruptura con las formas tradicionales de la poesía española, regresa a las fuentes, bebe en los más injustamente olvidados metros y estrofas de la historia de nuestra literatura y, así, compone sonetos de las más variadas formas (italianos, isabelinos, asonantados, blancos y hasta un zégel asonante), nos deleita con una copla de pie quebrado al más puro estilo de Manrique, y nos sorprende con varias difíciles sextinas a la manera de Fernando de Herrera que antes sólo había intentado Carlos Germán Belli, ese otro gran cultor y defensor del verso medido en tiempos donde el verso libre (que se confunde muy rápidamente con falta de rigurosidad, desidia y facilismo) ha capturado casi todas las extensiones del paisaje poético nacional, arrojando a los cultores del endecasílabo al museo de las vejeces y curiosidades.

Al mismo tiempo, y como para redondear su faena literaria recordándonos que, sobre todas las cosas, es poeta; Marco Martos nos presenta Jaque perpetuo (Lima, Fondo Editorial de la Universidad Católica, 2003; 185pp) un libro que, continuando su profundización en el estudio de la métrica, el ritmo y la rima (con ensayos y riesgos como un nueva copla de pie quebrado que tiene una primera estrofa de 18 versos), es toda una novedad literaria pues pertenece a esos volúmenes extraños que tienen la virtud de engarzar dos mundos aparentemente ajenos e inconexos.

El universo del milenario juego del ajedrez es abordado por todos sus ángulos y posibilidades a través de más de un centenar de poemas por donde desfilan célebres jugadores, teóricos importantes, jugadas conocidas, enfrentamientos famosos y personajes singulares. Un libro que combina dos erudiciones, la del poeta consagrado que rescata el verso clásico (a desdén de la crítica que ningunea el culto a la tradición) y la del ajedrecista juvenil y victorioso, que a pesar de haber renunciado a la competencia de alto nivel en beneficio de la literatura, jamás se alejó demasiado de los mil y un vericuetos del deporte ciencia.

Marco Martos es uno de esos intelectuales que pasan por la escena nacional sin escándalos ni aspavientos, un obrero laborioso de la literatura que realiza un silencioso e incansable trabajo intelectual y docente, un hombre comprometido con su realidad y con su tiempo. Un poeta, en el más amplio sentido del vocablo, que recibe, hace tiempo ya, la mayor condecoración a la que puede aspirar un maestro, el respeto de sus contemporáneos y la militante admiración de sus alumnos.

Lima, julio de 2003