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La muerte no mata a nadie

“La muerte no mata a nadie, lo que mata es el olvido”, escribí hace tiempo, robando la frase de mis recuerdos infantiles; la sentencia ha venido acompañándome todos estos años en los que hemos ido dejando de ser los chicos de entonces para convertirnos en los hombres de ahora, con fechas que nos van poblando el calendario ya no de cumpleaños, sino de despedidas. Hoy día mi padre cumpliría setenta y siete años si ese domingo la muerte no le hubiera dado el beso definitivo que acabó con él, con sus más de treinta años de diabetes, sus manías, su carcajada inconfundible y la alegría de mi madre, que se fue consumiendo, como las brasas, poco a poco y en silencio.

De mi padre he dicho siempre que fue uno de los hitos de mi existencia y, de alguna manera, un psicoanalista sagaz (que no visitaré nunca) podrá decantar de mis declaraciones alguna revelación que explique mi porqué como escritor dudoso, neurótico tragaldabas, profesor oscuro, poeta aficionado a los fracasos, contador de historias ajenas, oidor paciente de dramas repetidos, soñador a tiempo parcial, promesa traicionada, hombre, varón que dicen, materia viva, efímera, anhelante. No hay día de mi vida que no salga de mis labios el “como decía mi padre…” que me acompaña desde antes que muriera. Él, como las celebridades, como los sabios o como los artistas, era en mi universo, aún con vida, una comunión fantástica de inmortal, héroe mitológico, hechicero y adivino. Yo, por no sé qué razón que el psiquiatra jamás tendrá oportunidad de revelarme, ignoré el camino común del edipo infantil y puse en mi padre mis afectos y mis furias. Pareciera que mi madre, clarividente, aunque yo lo ignorara, aceptaba con benevolente dulzura que su finigénito no encontrara, como sí hallaba mi hermano, las marejadas de afecto con las que ella salvaba los abismos de esa tristeza antigua que nos ha legado.

Yo conocí el amor de los libros, de la novelas por entrega, de los relatos melosos, de la imaginación de los hombres y sus empeños. El amor de la literatura, el amor sobre todas las cosas y a pesar de todo, el amor compañero, testigo y cómplice, el amor dulce que los adolescentes sueñan hasta la mañana ésa cuando despiertan prisioneros de la realidad que no tiene consideración alguna con la fantasía de los niños. Ese amor no me lo contaron, no lo aprendí en Bécquer ni en ninguno de los muchas lecturas que invadieron mi fantasía desde pequeño. Lo aprendí en casa, un domingo cualquiera, una tarde de sábado, un rato antes de la oscuridad o en la noche misma, cuando todo se iluminaba con la voz de mi padre que, alrededor de un fuego ficticio, repetía las viejas palabras de la tribu que hablaban de la existencia, de los caminos, de las lealtades y de un amor que sólo se entendía cuando mirándola le recitaba de memoria los mismos poemas con los que la había enamorado cuarenta años atrás, de escritorio a escritorio, cuando, según la versión que nos fue dada y creemos todavía, el jefe mantenía una prudente distancia de la secretaria a la que sólo tocaba con versos que los poetas de antaño escribieron para acariciar sin dedos el rostro infinito y tembloroso de las muchachas enamoradas. Los ojos de mi madre se encandilaban y él, prematuramente viejo, rejuvenecía unos instantes.

¿Quién fue mi padre? ¿Que rol jugó en mi existencia? ¿Por qué no hay día en que no recuerde una palabra suya, una enseñanza, un gesto? ¿Dónde se encuentra? ¿Cuál fue su fortuna? ¿Anduvo rondando a mi madre cinco años convenciéndola de que mejor era partir que quedarse acá sola, remordiendo recuerdos y llorando sin lágrimas, o desapareció, para siempre, en las espumas del océano que besa los acantilados donde arrojé sus cenizas? ¿Cuánto sabemos de nuestra propia existencia, de nuestros miedos, de nuestras ansias, de nuestra vocación de seguir vivos a pesar de todo y a pesar de la muerte?

Me indigna la muerte porque todo lo frustra, todo lo pasma, todo lo detiene. Si de niño vivía atormentado por el hecho de morirme porque sencillamente no entendía cómo alguien podía de repente convertirse en nada y porque, pronto, hijo y nieto de librepensadores, se hicieron para mí inútiles las explicaciones con las que el cura del colegio creía satisfacer nuestra creciente curiosidad, ahora, más cerca del fin que del principio, sin padres y sin hijos, veo el acabamiento como un paso, un paso más, pero no sé en cuál dirección.

Si de niño fui un crédulo perseguido por las ideas, en la adolescencia me convertí en un rabioso positivista que miraba con cierta compasión a los pobres ilusos que esperaban vana e inmerecidamente el cielo o temían, con fundadas razones, las llamas del infierno. La vida era tan sólo el instante que teníamos, el hecho real de empezar a respirar sin haberlo solicitado y que, de la misma inconsulta manera, se nos escurría de las manos como el agua por más esfuerzos que hiciéramos para retenerla. Aprendí que agonía significa lucha, combate, y que la vida cada vez se parecía más a un campo de batalla donde unos íbamos tomando el sitio de los otros en el frente, lidiando contra un enemigo invisible, ubicuo, todopoderoso e inderrotable que, sin demasiada pasión, iba devorando generación tras generación en una guerra sin tiempo, sin posibilidades y sin esperanzas.

Si la muerte de mi abuela, a quien velamos en la casa el mismo día que yo cumplía quince años, me hizo huir de clínicas y funerales, la desaparición de mi padre, anunciada por él mismo desde que el recuerdo me alcanza, llegó como la confirmación de toda la inutilidad del esfuerzo humano. Pero fue sólo cuando murió mi madre, abandonada por nuestro amor y nuestras torpes ilusiones, en una clínica aséptica y desapasionada, que me di cuenta de lo estéril de tantas ideas, de tantas ideologías. Sólo entonces comprendí que no comprendía nada.

Me la he pasado buscando todo este tiempo. Recorriendo caminos de la imaginación y del pensamiento, persiguiendo respuestas con la absurda obsesión del marino inexperto que cree que alguna vez llegará al horizonte. El tiempo aún camina a mi lado, no sé si acecha o acompaña, pero no me abandona, todavía. He escrito malos artículos y peores poemas, he leído vieja y nueva literatura, he consultado con sabios y con ignorantes, he conversado todo lo que he podido y he pensado cuánto me lo han permitido los viejos fantasmas y los antiguos dioses de mi infancia.

La rabia de ayer se deshizo en palabras y el miedo halló cobijo en la incertidumbre de las letras. No saber se fue convirtiendo casi en un don, casi en un regalo, casi en una ocasión para seguir buscando la respuesta y seguir escribiendo. Hoy sé menos que ayer y, sin embargo, comprendo más el amor de los hombres por la vida, la lucha infatigable por la existencia, el sacrificio de algunos en beneficio de todos y la irrenunciable voluntad de seguir andando para seguir siendo, algo que en algunos, como en este humano que me habita, se refleja en las hojas blancas que mancillo sin más pretensiones que decir mal lo que otros ya dijeron mejor.

¿Hay algo después de la vida o es acaso esto el después de un algo que ya no recordamos? ¿Tenemos, como alguna noble amiga me lo quiere hacer creer, ángeles que cuidan nuestro paso por la tierra o estamos, como siempre he creído, desamparados desde el instante que llegamos de la sombra a la luz hasta el día en que volvemos por el camino inverso? ¿Está escrita nuestra historia o nosotros somos quienes modelamos nuestro destino? ¿Dónde van las fuerzas del hombre, dónde su energía, dónde su ganas, sus esfuerzos, su respiración entrecortada, sus impulsos y sus ansias, tras la muerte? ¿Hay un Dios universal o muchos dioses que a su vez, como en el infinito juego de los espejos, rinden culto a otros dioses más dioses que ellos todavía? ¿Cómo explicarnos el ritmo, la fluidez de las aguas, el acompasado vuelo de los pájaros y su armonía? ¿Cómo hallar una salida en este laberinto de formas e ilusiones? ¿Cómo respondernos las grandes preguntas celestes de las que nos hablan los poetas en sus olvidadas poesías?

No lo sé. Sólo sé que respiro, que sueño, que siento que la vida aún me pertenece o que todavía pertenezco a ella. Empecé hablando de mi padre porque la muerte con él se convirtió en un lugar menos tenebroso y menos extraño. Hoy día él hubiera cumplido setenta y siete años, y mi madre, estuviera por cumplir setenta y cuatro; ahora sólo son cenizas ahogándose en los mares..., ¿o no? ¿Será que de alguna manera viven todavía en mí, por mí, en mis recuerdos o, tal vez, siguen existiendo de algún modo incomprensible para la inteligencia humana y al que sólo nos acercamos a tientas a través de la fe, de esa fe que extravié hace tanto en las arrogancias de mi adolescencia?

Hubo un tiempo en que tener seguridades era lo único que me mantenía ligado al género humano y a la existencia; recusador de todos los misterios de la vida huía del sentir como los animales del fuego. Hoy, terco capitán de un barco solitario rodeado de multitudes, continuo embarcado en esta nave ignorando por completo de dónde zarpamos, cuál es la ruta y cuál es el puerto final al que todos llegamos; no obstante, y no sin temor, he abierto las ventanas, he izado las velas y me dirijo al horizonte aparentemente inalcanzable, donde amenaza la tormenta y ni los dioses prevalecen, con la certeza de que si una, si sólo una de todas las posibilidades de inmortalidad existe, allá, aquí, me esperan mis padres y guían, como siempre lo hicieron, mi navegar incierto entre las olas. Si todo es un error, al menos, sabré que antes del fin hice el intento de soñar auroras...

Lima, 25 de agosto de 2004