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Los justos

Chechenia es un país que se desangra hace muchos años, la lucha por la independencia de esa república caucásica ha tropezado con la feroz oposición de Moscú, que no está dispuesta a dejar a su albedrío a un estado cuya ubicación geográfica es vital para los intereses geopolíticos y energéticos de los rusos, que se encuentran, desde hace tiempo, en una lucha sorda (de guerra no declarada) con los Estados Unidos de Norteamérica por hacerse de la explotación y comercialización de los ricos yacimientos petroleros de la región. Desde que, en 1991, Chechenia se declaró independiente, se han sucedido dos grandes guerras con Rusia y han muerto decenas de miles de inocentes civiles, tanto por las represión indiscriminada del Kremlin como por las acciones terroristas de los grupos separatistas más radicales que han llevado la guerra a la naciones vecinas (los últimos acontecimientos fueron el derribo de dos aviones comerciales soviéticos y el estallido de una bomba en el centro de Moscú).

El primero de septiembre, día en el que se reanudaban las clases en Rusia, un grupo armado conformado por unos cuarenta personas tomó por asalto la escuela de Beslán, en Osetia del Norte (Cáucaso ruso), donde se celebraba la asamblea con la que padres de familia, profesores y alumnos, daban inicio al año escolar. Las primeras noticias fueron confusas y se dijo que eran 300 (en realidad, pasaban largamente el millar) los rehenes tomados por este comando que reclamaba a cambio de la libertad de los niños, sus padres y maestros, la independencia de Chechenia. El gobierno de Vladimir Putin (quien ya había dado término a la toma del teatro Dubrovka en Moscú, en 2002, con una feroz intervención que incluyó la utilización de gases tóxicos que no sólo terminaron con la vida de los secuestradores sino que causaron la muerte por asfixia de más de un centenar de rehenes) anunció que no se tomarían medidas militares y que se buscaría una salida negociada a la crisis que se prolongó por 48 horas antes de llegar al desenlace fatal que incluyó una explosión, la huída de algunos de los niños, los disparos de los terroristas, la intervención precipitada de las Fuerzas Especiales rusas y el saldo, espantoso, brutal y cruel, de más de seiscientos heridos y cuatrocientas personas muertas, entre ellos más de ciento cincuenta niños.

¿Qué decir ante esos hechos sangrientos, cómo reaccionar, cómo declararse si no es sencillamente conmocionado, desolado por los muertos y por los que quedan a llorarlos, y asqueado por una acción que no puede sino generar el más implacable de los repudios? ¿Puede algo justificar la matanza de niños inocentes? ¿Saber que son oscuros y sórdidos intereses económicos y geopolíticos los que condenan a Chechenia a la subordinación rusa nos da alguna razón para comprenderlos? ¿El conocimiento del juego vil que las potencias realizan, donde los pueblos arrasados, la tortura y las bombas, son sólo parte de una inmensa maquinaria de muerte y destrucción al servicio de corporaciones gigantescas a las que nada les importa la paz de un pueblo que ha sido siempre víctima nos da siquiera un resquicio por donde filtrar una pizca de comprensión para con los asaltantes del colegio en Osetia? ¿Los bombardeos salvajes del ejército ruso contra las posiciones chechenias, la represión indiscriminada y sangrienta, los miles y decenas de miles inocentes muertos en las calles de Grozny son acaso una posibilidad, tan sólo una, para tratar de entender el accionar de los comandos que ingresaron a violentamente en una escuela donde no había ni un solo hombre armado y donde de inmediato asesinaron a sangre fría a quince personas sólo para demostrar que estaban decididos a todo? ¿Los vejámenes de la soldadesca, la eliminación selectiva de los líderes separatistas chechenios, el ataque en masa del ejército ruso contra esa república rebelde a fin de coparlos de tal manera que sea imposible que realicen cualquier incursión en otro territorio de la república rusa, nos permiten siquiera, tan sólo, únicamente, un pedazo, una porción mínima, ridícula si se quiere , para aceptar el accionar de cuarenta sujetos que apertrechados de ametralladoras y bombas dieron inicio a una tragedia que enlutará y malogrará, ya sin remedio, la vida de centenas de hogares absolutamente inocentes? ¿Valen los casi cien mil muertos que la guerra de Rusia contra Chechenia ha ocasionado y donde se cuentan miles de civiles y, entre ellos, centenares de niños y adolescentes en lo mejor de su existencia y cuyos sueños, ilusiones y fantasías fueron arrancados de cuajo por la metralla rusa, la vida de uno sólo de los niños de Beslán?

No. Ninguna razón, por poderosa, por noble, por alta que sea, puede justificar el asesinato de niños que sin lograr comprender aún la vida son expulsados de ésta por la bestialidad de una banda de criminales, de terroristas.

En 1949, Albert Camus escribió “Los justos”, creo que el debate que allí se plantea sobre los límites de la revolución (irónicamente la acción se desarrolla en la rusa zarista) es tan dolorosamente actual que vale la pena recordarlo (¿será que es cierto que los hombres somos los únicos animales que jamás aprendemos de nuestros errores?):

Stepan: ¡Niños! Es la única palabra que tenéis en la boca. Pero, ¿es que no entendéis nada? Por el simple hecho de que Yanek no ha matado a esos dos, miles de niños rusos seguirán muriendo de hambre años y años. ¿Habéis visto a niños morir de hambre? Yo sí. Y la muerte por bomba es una delicia, comparada con esa otra muerte. Pero Yanek no los ha visto. Sólo ha visto a los perros amaestrados del gran duque. ¿Es que no sois hombres? ¿Vivís sólo el momento? Entonces elegid la caridad y curad únicamente el mal de cada día, no la revolución que quiere curar todos los males, presentes y futuros.

Dora: Yanek está de acuerdo en matar al gran duque, porque su muerte puede anticipar el día en que los niños rusos dejen de morir de hambre. Y eso ya no es fácil. Pero la muerte de los sobrinos del gran duque no impedirá a ningún niño morirse de hambre. Hasta en la destrucción hay un orden, hay unos límites.

Stepan: No hay límites. La verdad es que vosotros no creéis en la revolución. No creéis en ella. Si la creyeseis total, completa, si estuvieses seguros de que, con nuestros sacrificios y nuestras victorias, conseguiremos construir una Rusia liberada del despotismo, una tierra de libertad que acabará por abarcar el mundo entero, si no dudaseis de que, entonces, el hombre, liberado de sus amos y de sus prejuicios, alzará hacia el cielo la faz de los verdaderos dioses, ¿qué pesaría la muerte de dos niños? Reconoceríais que tenéis todos los derechos, todos, ¿me oís? Y si esa muerte os detiene es porque no estáis seguros de estar en vuestro derecho. No creéis en la revolución.

Kaliayev: Stepan, me avergüenzo de mí y sin embargo no te dejaré que sigas. He aceptado matar para acabar con el despotismo. Pero detrás de lo que dices veo anunciarse un despotismo que, si alguna vez logra instalarse, hará de mí un asesino, cuando yo trato de ser un justiciero.

***

No aumentaré la injusticia viva con una justicia muerta. Hermanos, quiero hablaros francamente y deciros por lo menos lo que podría decir el más simple de nuestros campesinos: matar niños es contrario al honor. Y si un día, estando yo vivo, la revolución llegara a separarse del honor, me apartaría de ella (...)

Stepan: El honor es un lujo reservado a los que tienen calesas.

Kaliayev: No. Es la última riqueza del pobre. Lo sabes de sobra, y también sabes que hay un honor en la revolución. Por él precisamente aceptamos morir...

Lima, 5 de septiembre de 2004