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¿Por qué tengo obsesión con los sonetos?

¿Por qué tengo obsesión con los sonetos? ¿Por qué busco palabras escondidas entre rincones, entre parapetos, entre lugares rotos y entre vidas? Alguien comenta que es perder el paso, como perder el tiempo y el camino consumiendo las horas. ¿Es fracaso seguir las instrucciones del destino? Pregunto y me pregunto sin respuestas porque sé que la nada es compañía que nos deja tirados en las restas, tan sólo por placer. La poesía no tiene más lugar en este mundo que la hiel o el veneno. ¡Qué profundo!

¿Si no hay lugar para escritores viejos que repiten las fórmulas gastadas, para qué se inventaron los espejos y el reflejo del sol y las miradas? ¿Para qué se repiten burdas rimas que nada nuevo tienen? Nada vale la criatura exacta (nuevos climas necesita el rincón que me acorrale). ¡Vaya contradicción! ¡Hermoso aroma tienen las flores secas en el huerto donde nadie palpita, ni se asoma, porque está roto, despoblado y muerto. Fluyen las aguas de la poesía hacia el mar de la nada. ¡Qué ironía!

No hay en mis versos ni evasión, ni gloria, ni la grandeza ilustre de los clásicos; son golpes de plumón, quejidos básicos de una letra sin voz, sin luz, ni historia; torpes imitaciones de un pasado que ya dio al mundo todo lo que había de entregar de color y de armonía tras un endecasílabo forzado. No hay en mis versos lágrima o sonido, flor de mañana o sombra de futuro; no soy poeta, no; no tengo apuro de confesar que soy tan sólo el ruido de un montón de pancartas en jirones a golpes de ventisca. ¡Qué traiciones!

Y sin embargo busco conmovido la palabra imprecisa que me llama como una chispa germinal que estalla sobre esta nada absurda que he parido. A veces soy muy brusco, me impaciento por declarar las cosas amarillas o combustibles o color o astillas o valles o pantanos o alimento. Sé que conjugo verbos que se anudan en el cuello de muchos como manos de asesinos en serie, de villanos, que siempre hieren pero nunca dudan. Dicen que me acompaña la tristeza por un amor perdido. ¡Qué torpeza!

Para charlar de amor la poesía no requiere de lúgubres sonetos porque amar es perder toda armonía bajo lluvia de sangre, culpa y vetos. ¿Entonces para qué? Nada conmueve el pellejo animal de las pasiones que hierven en el cuerpo torpe y leve de este humano que soy sin pretensiones. Si el amor es desorden y es sordera, si nada encuentra sitio en mis lugares, ¡qué sentido tendrá la primavera que declara el poeta en sus altares! De nada sirve el canto. Mi camino se puebla de silencios. ¡Qué destino!

Sólo hasta ayer soñaba con la aurora como los chicos del jardín de enfrente que juegan sin saber de la demora del padre muerto y de la madre ausente. Sólo hasta ayer la luz buscaba el paso por los caminos lícitos del hombre que lucha contra el sol, contra el fracaso, contra la letra muda de su nombre. Sólo hasta ayer miraba con ternura la piedra gris, la tierra descubierta, las manos de mi padre, la dulzura de mi madre invencible pero muerta. Sólo hasta ayer las sombras no eran nada, la muerte estaba ciega. ¡Qué mirada!

¿En dónde se extravió la primavera que ya no alumbra letras como flores? ¿Será que se entregó a nuevos señores o se marchó como la mar ligera? Ya no llegan sus formas, sus palabras, su fe, su calma, su inmortal vacío; perdida la ilusión, ya no me río, ni alimento mi vida ni me labras. Por eso vuelvo a perpetrar sonetos parapetado en versos, que el olvido llega en sus hordas a incendiar mi nido con sombras, extrañezas y esqueletos. ¿Puede ser que la vida sea oscura o somos luz mentida? ¡Qué locura!

El existir me llena de sorpresas que vienen a romper los horizontes, como estrellando flores en los montes y sueños de otra vez en las promesas. Soy voz para el silencio de quien quiere compartir mis ausencias, soy oído para quien busca alimentar el ruido con la angustia de amor por la que muere. Se vienen hacia mí tantas edades que buscan las palabras que no sé, que intento ser verdad aunque la fe de tantas muere tras mis falsedades. Camino sin andar, nunca voy lejos con maletas ajenas. ¡Qué consejos!

Sigue siendo quien eres, no desmayes, no entregues tu verdad por unos besos, respira transparente, no soslayes tus ilusiones bajo amores presos. Cobarde no es aquel que en la batalla siente miedo. Cobarde es que huye, cobarde es el que corre, el que se calla mientras el miserable nos destruye. No hay razón para ser el que se aleja dejando atrás heridos a sus hombres que proclaman inútiles la queja por el que ya olvidó todos sus nombres. Si el sol se muere, si la vida es corta, apostémoslo todo. ¡Qué me importa!

Atrévete a vivir como las aves que llevan su cantar por todos lados siempre arrastrando tras sus alas suaves la piel azul de los enamorados. No dejes que la nada te construya sus cumbres de temor y cobardía, manténte alerta, siempreviva, tuya, sueño de noche y huracán de día. Protege tu verdad, no la de todos, porque tan sólo tú sabes el gesto preciso de tu luz. Halla los modos de serte fiel, ¡y al diablo con el resto! Si el mundo entero no te reconforta, consuélate tú misma.. ¡Qué te importa!

Así voy derrochando mis sonetos, acaso con afecto, con ternura, con ganas de embarcarme en la locura de hacer andar caminos obsoletos. Palabra tras palabra voy armando mis estructuras de cemento y cal como un enano simple y colosal, como un objeto firme pero blando. Doy todo mi reír por la sonrisa de quien carga amarguras como piedras estériles de amor, infames hiedras que nublan todo cándidas, sin prisa. Pido perdón por todos mis errores que envilecieron sueños… ¡Qué traidores!

¡Cuántas ideas! Cuántas cosas dichas en poemas sin voz, en versos mudos donde alumbraron, limpios y desnudos, cien corazones, lánguidas desdichas. Soy un instante pérfido, una ausencia que llega a perforar viejos olvidos con sus entonces, sus porqué, sus ruidos, su transitar dolores, su imprudencia. Cuántas creyeron mi verdad cobarde (¡si yo me convencí de mi ternura!), pero es enero tentación impura cuando diciembre anuncia que ya es tarde. Señor de las memorias que me pierdo fui cosechando heridas. ¡Qué recuerdo!

Recuerdo una muchacha y un barranco, una cara de luz, una flor roja, dos conversando juntos en un banco, un contento y, talvez, una congoja. Recuerdo una sonrisa de chiquilla, de adolescente casi inexplorada; recuerdo la creciente maravilla de extraviarme mirando su mirada. Recuerdo viejas tardes consumidas en la casa que ya no nos protege y ese buscar el capturar las vidas para que nadie, nunca, nos aleje. ¡Cuántas fueron labrándome la historia! Tan sólo una me salva… ¡Qué memoria!

¿Para qué escribo falsas confesiones que nadie entenderá? ¿Para qué canto? ¿Para qué me entretengo en mis pasiones si las pasiones son de pena y llanto? Absurdo capitán que en la tormenta se mantiene en el puente necio y triste, que teme al huracán que lo alimenta, que se forja en el miedo cuando embiste. ¿Dónde se detendrá tanto naufragio? ¿Cómo alcanzar el mítico horizonte? Si por cada sonrisa hay un adagio, por cada construcción hay un desmonte. ¿Por qué tengo obsesión con los sonetos? No lo sabremos nunca… ¡Qué secretos!

Lima, 13 de septiembre de 2004