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Papá NoelMatar a Papá Noel

¿Cuándo me enteré de que Papá Noel no existía? No lo recuerdo realmente, pero el hecho de ser el último de cuatro hermanos no hace difícil suponer que fue a muy corta edad, la ilusión de los menores, por obvia contaminación fraternal, dura muy poco. ¿Me creó algún trauma? No lo sé, mis psiquiatras aún no han detectado ninguna relación entre mis muchas patologías y el hecho de haber descubierto que el señor ése, de perfectas barbas blancas, risa infalible y vestimenta colorada, no era más que la excusa ideal que encontraron los mercaderes para convertir la Navidad en una especie de concurso para ver quién hace el mejor regalo y del cual, por obvios motivos (ya empezó el aguafiestas), están excluidos los desposeídos de la tierra, que si bien son muchos no importan demasiado porque como no pueden comprar nada más que lo elemental para sobrevivir (cuando pueden) no entran en la cuenta del “público objetivo”, concepto que mi amigo Carlos, que es “marquetero”, conoce muy bien y podría explicar mejor que yo, que sólo diré que es aquel conjunto de personas que van a comprar lo que les quiero vender (y como para comprar hay que tener dinero, si lo no tienes, “no calificas” y eres excluido de esas estadísticas para formar parte de otras que la alegría del momento me impiden enumerar bajo pena de ser tildado de amargado, acomplejado o alguna otras de esas lindezas que las personas educadas reservan para calificar a los humildes cínicos como yo).

Pero vayamos por partes, resulta que Papá Noel (motivo y razón de estas líneas con las que los atormento en estos días de fiesta), hasta donde he investigado, fue San Nicolás de Bari, un señor bien intencionado que repartió su fortuna entre los pobres, que fue sacerdote, que llegó hasta obispo (gracias a los buenos oficios de un poderoso tío suyo —eso de las recomendaciones también funcionaba en el siglo IV—), que es venerado en Rusia y que es considerado patrono de los marineros porque, entre los muchos milagros que se le atribuyen, está el haber aquietado alguna vez las aguas enfurecidas evitando que una nave zozobrara. Llegado a este punto, no está de más anotar que, navegando en Internet, se puede hallar una noticia muy interesante sobre las investigaciones realizadas por la antropóloga Caroline Wilkinson, de la Universidad de Manchester, quien concluye que San Nicolás, el santo turco del siglo IV, en nada se parecía al Papá Noel al que los niños del mundo occidental y cristiano atosigan con sus cien mil pedidos de regalos; ese gordo bonachón, de piel blanca, ojos claros y abultada y alba barba, al que millones de niños esperan cada Navidad, no tiene relación alguna (para decepción de más de una señora honorable, refinada y aristocrática, que se confía en los retratos que hacen circular los grandes almacenes) con el buen hombre de Turquía, moreno, con nariz más bien chata y mandíbula pronunciada (decepción parecida se llevarían las respetables señoras si revisaran la reconstrucción que hace algunos años hicieron otros odiosos antropólogos de lo que debió ser el rostro de Jesús, más parecido a un árabe de los que vemos en la televisón luchando su Intifada que al hippie blanquiñoso y pelucó n de “Jesucristo Superestar” —sic—).

Ahora bien, ¿cómo llega San Nicolás de Bari, un santo católico, a convertirse en el ícono navideño anglosajón y protestante? Su historia es larga y no voy a fatigarlos con ella, sólo mencionaré los hechos trascendentes: con el paso de los años la leyenda del hombre milagroso y repartidos de regalos se extendió por el mundo occidental; alcanzada su fama en Europa, sobre todo en los países Bálticos, pasó a los Estados Unidos de Norteamérica en el siglo XVII, cuando unos colonos holandeses fueron a instalarse en América y fundaron Nueva Amsterdam en la isla de Manhattan, en lo que luego sería Nueva York. Ya en el siglo XIX, el escritor norteamericano Washington Irving narra la historia de San Nicolás y lo hace más famoso, tanto que, en 1823, el poeta Clement C. Moore hace público un trabajo titulado “Un relato sobre la visita de San Nicolás”, donde ya se le describe alegre y gordo. Entre 1860 y 1880, el dibujante Thomas Nast publicaría en la revista Harper’s ilustraciones de un Santa Claus gordo y con traje de color rojo (el nombre surgió de la abreviación del nombre Sankt Nikolaus, del alemán, o Sanct Herr Nicholaas, del holandés). El empujón final hacia la fama internacional lo daría nada menos que la Coca Cola, cuando para la campaña publicitaria de 1931 le encargó a Habdon Sundblom que remodelara el Santa Claus de Nast dándole las características generales que perduran hasta el día de hoy (gordinflón, bonachón, barbas canas, pelo blanco, sonriente).

Entonces, ¿cómo llega Papa Noel a las tierras de la América Morena? Como recordarán nuestras abuelas, a comienzos del siglo XX aún se guardaban las tradiciones españolas que se hallaban ligadas a la historia bíblica del nacimiento de Jesús en un pesebre y de la llegada de los tres Reyes Magos (Gaspar, Melchor y Baltasar) que ofrecieron al recién nacido oro, incienso y mirra (ahora bien, acá nace otra polémica porque la Biblia, hasta donde alcanza mi investigación, no los nombra ni dice que son reyes y toda esa historia proviene de un evangelio apócrifo armenio que la iglesia católica no acepta, pero esa ya es otra historia...). Entonces, ¿cómo así los católicos, herederos de la tradición española que esperaba al seis de enero para la entrega de regalos a los niños (así como los reyes magos le dieron sus obsequios a Jesús), pasaron a esperar la media noche del 24 de diciembre para que el gordo bonachón y barbudo nos traiga lo pedido bajando por una chimenea que nuestras casas no tienen, cubierto de una nieve imposible en pleno verano sudamericano y vestido con unas ropas abrigadoras que harían desmayar al más valiente, deshidratado y vencido por el calor del estío?

Bueno, la invasión de la Coca Cola fue más efectiva que la que cualquier ejército haya realizado en la historia de la humanidad y eso, junto con la hegemonía mundial de los Estados Unidos de Norteamérica, que se consolida tras el triunfo aliado en la Segunda Guerra Mundial, y frente a la caída de las potencias coloniales europeas en el siglo XX, significó un avance incontrolable de un nuevo colonialismo, el cultural. Así, abandonamos a los Reyes Magos y los cambiamos por Papa Noel (el nombrecito viene del francés, porque cuando los norteamericanos exportaron a Santa Claus a Europa lo hicieron bajo el nombre de Father Christmas, que se tradujo en Francia a Père Noël y así llegó hasta nosotros), dejamos de entregar regalos el seis de enero y lo empezamos a hacer el veinticinco de diciembre, relegamos al buen lechón español por el pavo del “Thanksgiving Day”, y nos llenamos de arbolitos navideños —pinos que no crecen por estas partes— a los que les echamos encima nieve artificial, tan artificial como toda la parafernalia comercial que se teje alrededor de una fecha en la que ya casi nadie parece recordar qué se celebra).
La navidad es una fiesta cristiana (eso incluye a católicos, protestantes y cualquiera que crea y acepte que Jesús de Nazaret es el Cristo, el Redentor, el hijo de Dios hecho hombre que el Creador ofreció en sacrificio para salvar a la humanidad) y, como tal, guarda un profundo significado religioso donde los razonamientos del consumismo no tienen cabida. Entonces, como en todo, había que convertir esa celebración religiosa en una marca, un ícono, un símbolo, una figurita de afiche que escapara a los límites de las comunidades de creyentes reunidas alrededor de la figura del Salvador y su nacimiento para que alcanzara los rasgos universales que les permitiera a los comerciantes de siempre vender regalos en los cuatro puntos del globo.

Esta pérdida de significado no es sino un paso más en la desvalorización y el vaciado de contenido de las fiestas. La gente ya no sabe por qué celebra, pero celebra, y eso no sucede sólo con la navidad, sucede también con los cumpleaños, con los aniversarios, con las fiestas patrias, los nacimientos, los bautizos, las bodas, los velorios, los entierros y cualquier otra ocasión en la que recordamos un hecho notable, celebramos un nacimiento, festejamos el ingreso de alguien a la iglesia de la fe que profesamos, nos alegramos por la unión amorosa de una pareja o despedimos a quien se nos adelantó en el camino sin retorno de la muerte.

No queremos pensar, preferimos atarantarnos con música estridente, canciones repetidas, cenas pantagruélicas, fiestas estruendosas o cualquier otra forma de negación de la reflexión y el análisis, “tengo muchos problemas para andar pensando esas cosas —me decía alguien—, en fiestas me gusta celebrar no pensar” y así el buen Papa Noel seguirá llegando cada Navidad con su bolsa llena de juguetes de moda (en Lima cuesta treinta y cinco dólares que el buen Santa —en realidad, un mal remedo del dibujo de la Coca Cola— llegue a casa la noche previa al 25 de diciembre —hay variedad de horarios para escoger, aunque la visita sólo dura quince minutos— y reparta con mayor o menor gracia —dependerá, supongo, del cansancio que traiga el pobre tipo medio deshidratado y desfalleciente que se halla bajo el disfraz— los regalos que todos nosotros compramos para mantener en la ignorancia a nuestros hijos y sobrinos —“con qué derecho le matas la ilusión a un niño”, me increpan; ¿con qué derecho llenamos a nuestros hijos de ideas falsas, superficiales, mercantilistas y marcadamente manipuladoras? —¿el “te portaste bien este año”, les dice algo?-- respondo desde mi humilde tribuna).

Si el mundo entero quiere tragarse la píldora de Papá Noel y seguirle el juego a los pocos que se hacen millonarios en esas fechas, problema del mundo (total, tiene la humanidad líos más graves que resolver como la hambruna mundial, el sida, las guerras, el terrorismo y la proliferación de las armas nucleares, por mencionar algunas perlas), pero no deja de ser interesante el mensaje que hace ya un tiempo viene propagando la Iglesia Católica sobre la importancia y el verdadero significado de la fecha. El 25 de diciembre el mundo cristiano celebra (debería celebrar) el nacimiento del hijo que Dios entregó al mundo para salvarlo; Jesús, verdadero Dios y verdadero Hombre, según señala el dogma religioso, nace en un establo, es colocado en un pesebre y tiene de compañeros burros y vacas, es pobre entre los pobres y, para colmo de males, es perseguido desde su nacimiento por las autoridades que por orden de Herodes asesinarán a todos los niños menores de dos años el día 28, temiendo el nacimiento de un nuevo rey; con Él, la historia de la humanidad da un vuelco, los desposeídos y los miserables, los abandonados y los enfermos, los débiles, alcanzan una nueva posición en el mundo, la religión deja de ser sólo para los fuertes y poderosos, y el amor de Dios llega a toda la humanidad. Sea verdad o mentira, sea que Jesús fue Cristo, el hijo de Dios, o sea que fue un buen tipo que se alimentó de las filosofías de oriente y las transformó heredando a occidente un mensaje de paz, amor y solidaridad, lo importante es que en estas fechas recordamos su nacimiento y celebramos su existencia porque con él se inaugura una religión donde los humildes no tienen que esperar la otra vida para ser felices (como falsamente nos lo trataron de hacer creer algunos miserables a través de los siglos de errores que la misma iglesia ha cometido), no, con Jesús, se inicia un tiempo nuevo, una nueva alianza entre los hombres y la divinidad donde el ser humano, la humanidad entera, tiene los mismos derechos y las mismas obligaciones frente a sí misma y frente a sus destinos.

Matar a Papá Noel (que nada tiene que ver con el buen San Nicolás) es el mejor tributo que se le puede hacer al hombre aquel nacido en un pesebre y asesinado en una cruz porque creyó, con o sin razón, que la humanidad podía salvarse.

Lima-Perú, 25 de diciembre de 2004