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Ilustración: John MartinAntología de nostalgias

Entrar a un supermercado por estas tierras es como ingresar a la Torre de Babel, no porque los que atiendan hablen en mil lenguas (que generalmente lo hacen en español porque, como me dijo Eddie, “el inglés, en esta ciudad es la segunda lengua”) sino por la fascinante muestra de productos que puede hallarse.

Como me comentaba Fabián, mi europeizado pero jamás desarraigado primo político de paso por este lugar donde todos parecemos estar de paso (perdónenme el trabalenguas), “en este país todo es servicio, no importa si el producto no es el mejor —y nunca es el mejor— pero tienen un servicio extraordinario”. Y es verdad, sólo pasar del sofocante calor de la calle al aire maravillosamente acondicionado de la tienda hace que el cliente ingrese de buen talante. Todo está hecho para acomodar al comprador, el lugar cómodo, los empleados amables, los productos frescos. Todo está al alcance de quien ingrese por esos rumbos y si no, la tarjeta de crédito siempre es una buena compañera en esta nación donde quien “no debe” sencillamente “no existe” y donde sólo pagan al contado los forasteros que aún no ceden a la fiebre del gasto consumista —el “consumerismo” como dicen mis amigos puertorriqueños—, los quebrados o los que sospechosamente —en un país donde últimamente todos somos sospechosos— no quieren dejar rastro de su movimiento económico. Los nombres con letreros grandes, los precios claros, las ofertas precisas —algunas delirantes— y la variedad infinita (algo que a una vieja amiga le parecía infame “cómo no va a ser agresivo un país que hace escoger entre veinte marcas y sesenta tipos de papel higiénico”, reclamaba).

Lo primero que hallé fue la zona de “comida preparada”, toda una institución en este país. Si uno vive cerca de uno de estos supermercados sencillamente se puede pasar la vida sin cocinar, ofrecen desde el pan con jamón para el desayuno hasta el más suculento plato de ravioles, pasando por el pollo al horno, el pescado guisado, el cerdo cocido, la ensalada en sus mil formas y hasta sushi. Esperas tu turno, pides lo que se te antoje, pagas, vuelves a tu cocina, lo metes al horno y almuerzas como en casa, tanto así que si le das una presentación agradable, en fuentes elegantes, sobre una mesa armada de cubiertos finos, servilletas de tela y mantel largo, bien puedes pasar —como me contó otra amiga— por una magnífica cocinera.

Al otro extremo del pasillo hallé la “comida congelada”, otra institución más poderosa todavía, donde la diferencia entre quien cocina y quien no lo hace reside en los minutos en el microondas, el grado de cocción y la complejidad en la mezcla de los ingredientes de cada producto. Hay desde los que están “listos para comer” y sólo necesitan “un minuto en el microondas”, los de “mezcle y sirva”, los “mezcle, caliente y sirva”, y los “mezcle, sazone, caliente y sirva”. Eso sí, cortar nunca. No sé si existe una humana aversión por los cuchillos o algún complejo nacional pero acá todo está cortado y pelado de antemano, tanto que dudo que exista señora alguna que en esta ciudad sepa lo que es llorar picando cebollas. Sin embargo, el colmo del paroxismo fue, sin duda, hallar “deliciosas y frescas” (?) hamburguesas; las había visto solas, no me parecieron extrañas con su queso encima, pero ¡con el pan incluido!, eso sí me pareció delirante, sólo superado en mi asombro cuando encontré que algunas venían ¡con huevo frito!, sí, con su huevito más todo listo para meter la hamburguesa al microondas y devorarla cubierta, como no puede ser de otra manera, con toneladas de salsa de tomate, ketchup, que le llaman.

Sección tras sección fui descubriendo, como el pirata que acaba de abordar el barco naufragado, nuevos “tesoros”.

Los quesos, ¡un pecado!, los embutidos, ¡un exceso!, los vinos, ¡desbordantes!, los productos lácteos, ¡infinitos! Comprar leche se me antojó imposible, hallé una variedad escandalosa de marcas y productos: leche entera, leche semi descremada, leche descremada, leche descremada al 2%, leche descremada al 1%, leche vitaminizada, leche pura, leche más pura, leche de establo (¿y de dónde son las otras?), leche sin lactosa, leche chocolatada, leche de soya (que dicho sea de paso no es leche), leche de soya chocolatada, leche de soya chocolatada sin azúcar, leche de arroz, leche de arroz con sabor a vainilla... ¡Señor! Y otro tanto con el yogurt y la mantequilla.... ¡delirante, esquizofrénico, insoportable! Y aparentemente delicioso.

La sección de verduras llamó mucho mi atención porque se ofrecen allí productos agrícolas venidos de los cuatro puntos del globo, acá la nostalgia se hace evidente. Me imaginaba a la señora que abandonó su patria hace veinte años pero que aún se niega a vivir de comida congelada, encontrando en estos anaqueles un pedacito de su país, un resto de sus costumbres, un retazo del sabor que dejó quién sabe por qué, quién sabe por quién, hace dos o tres décadas. Es allí donde se hace palpable que esta tierra es de inmigrantes, que todos acá tienen un pasado más o menos cercano, un lugar de donde vinieron, un abuelo que cruzó el Atlántico, un padre que atravesó el desierto o un tío que se trepó al avión de los sueños y convirtió una visa de turista en una oportunidad para jugársela. Acá es claro que todos recuerdan un rincón, un barrio, una provincia, un país donde se quedaron —porque no pudieron o porque no quisieron—, esos parientes que aún mandan postales en navidad y que aguardan las vacaciones de los chicos para que ellos —que nacieron “ciudadanos”— no se olviden que también son ciudadanos de otras tradiciones, de otra lengua, de otra historia, de otra tierra que no deja de extrañarlos.

Más fuerte siento la nostalgia cuando paseo por las estanterías que guardan dulces y gaseosas, la variedad es impresionante y, aunque los productos locales dominan el ambiente, allí, en un rincón, veo chocolates, galletas y bebidas de todas partes del mundo para que los clientes no se sientan tan ajenos, tan expatriados, tan arrancados de ese suelo que abandonaron.

Me marcho emocionado, he recorrido nuestra geografía tan sólo caminando por estos corredores. Me topé con vigorosos tacos mexicanos, crocantes chifles dominicanos, machacados tostones puertorriqueños, sencillas arepas venezolanas, aromático café colombiano, sedosos plátanos ecuatorianos, inigualables yucas peruanas, poderosos frijoles brasileños, soberbias uvas chilenas, infaltable mate argentino y apasionante carne uruguaya (me refiero a sus reses, por si acaso). Por lo visto, acá, a la distancia, hasta un frío supermercado se convierte en un almacén de cálidos recuerdos y nostalgias.