Comparte este contenido con tus amigos

“Sol”, obra de Francesco Clemente¿Evacuamos?

Debo declarar que a mí me encanta la vida de hotel. Habiendo nacido “poltrón y perezoso”, como decía Cervantes, no hallo nada más afín a la vida náufraga de los haraganes que la compensatoria y hacendosa labor de todos los que trabajan en esos edificios en donde nunca cae completamente la noche. Allí los cuartos siempre están como nuevos, las sábanas lavadas, los baños impecables, los basureros limpios, los jabones por estrenar y hasta el papel higiénico inmaculado con un tierno doblez en la punta. Si la existencia me arrojara nuevamente a la vida solitaria (y me diera los medios suficientes), habitaría (hasta darle cuentas al diablo) en las cómodas habitaciones de un hotel de cinco estrellas. Pero Ella no ama los hoteles, así que había que mudarse.

Confesaré que dilaté la partida hasta donde mis recursos alcanzaron, pero a su urgencia, nacida de una aversión hepática e intestinal contra el hospedaje hotelero (por su poca privacidad y la escasa independencia que otorga a cada uno de sus ocupantes) hubo de agregársele una serie de infaustos acontecimientos que complotaron inmisericordemente contra mis intenciones.

Una larga noche de tormenta trae consigo una serie de desarreglos en los sistemas eléctricos y el generador de energía del hotel que nos cobijaba no pudo resistir el embate de los vientos ni la furia de los rayos ni la persistencia oriental de la lluvia, y se arruinó. Previsores, los administradores contaban con un segundo generador que, si bien alcanzaba para no infartarse subiendo las escaleras, no tenía suficiente capacidad como para poner en funcionamiento el aire acondicionado (“un despilfarro de energía”, según me explicaba Fabián, que en sus viajes de negocios a esta tierra desconecta el equipo y duerme “al tiempo”, como en Europa).

Yo, gordo al fin, en un país donde la obesidad mata más gente que el terrorismo, pasé un viernes negro envidiando la frescura artificial encapsulada de cada uno de los automóviles que pasaban bajo mi ventana mientras soportaba con mal logrado estoicismo el sofocante calor de un edificio sellado donde los pocos ventiladores que colocaron sólo servían para recircular el aire caliente.

Felizmente que alguien compuso la máquina y ya, al caer la tarde, un viento cariñosamente frío nos despabilada a todos y nos regresaba —sobrevivientes— del mundo de los entes adormecidos por la modorra. Tan calurosos se hallaban los ambientes que cuando Ella llegó de la oficina sugerí que partiéramos de inmediato a buscar un heladito que aliviara mis labios y mi garganta de la ferocidad del clima.

Regresamos en la noche y nos dirigimos a la habitación. Mi poca previsión no había tomado en cuenta que cuando el aire empezó a enfriar nuevamente ya era tarde y, como sucedió, nadie había ingresado al dormitorio para ajustar los niveles de la máquina que nos amparaba del calor tropical. Si bien en los corredores la atmósfera era agradable, al abrir la puerta de nuestro cuarto un soplo enrarecido, intenso y pegajoso, nos pegó en el rostro. Tan viciado se hallaba el oxígeno que ni el aire acondicionado, puesto en su máxima capacidad, pudo enfriar la pieza de inmediato. Así que esperamos.

Cuando una hora después nos dormimos, la fuerza del motor le doblaba ya el brazo al sopor y había refrescado tanto que Ella —friolenta como todos los que tienen la bendición de la presión baja que los redime del infarto y los derrames— apagó la máquina mal aconsejada por el soplo helado que recorría el dormitorio.

Yo —el del calor, la presión en alza y el infarto—, me desperté como a las dos de la mañana sudando como maratonista. Aún bajo los rigores de una pesadilla en la que me ahogaba en mis propios fluidos —como castigo por mis excesos—, me acerqué al control del aire acondicionado y empujé, de un solo gesto, la palanca del aparato hasta los extremos siberianos. Triunfante, me dormí.

No me percaté de lo sucedido hasta unas horas después cuando el aviso de Ella fue la alarma que disparó mi más elemental instinto de supervivencia. “Huele a quemado...”, fueron las palabras que entrecortadamente recibieron mis oídos y que mi cerebro, dopado por el sueño, se tardó varios segundos en procesar. Cuando mis neuronas relacionaron “quemado” con “fuego” y “fuego” con “incendio”, mi pánico vegetativo se disparó con un “¿evacuamos?” que a Ella le causó una sonrisa y a mí la burla de todos los que se enteran de la historia.

Felizmente no hubo que llamar a los bomberos y el olorcillo, proveniente del aire acondicionado, empezó a ceder apenas Ella apagó el motor. Allí empezó el final de nuestra estadía hotelera.

Llamé a la recepción, eran las cinco de la mañana, alguien dijo “en quince minutos llegará el ingeniero”. “¡Qué maravilla!”, pensé hasta que tuve que volver a llamar media hora después, “ya va”, me dijeron de nuevo mientras Ella se quedaba dormida y yo le explicaba que no era saludable abandonar el estado consciente con el olor a chamuscado que, si bien no aumentaba, aún se mantenía poderoso en el ambiente. A las seis de la mañana sencillamente ya no me respondieron.

Golpeado en mi orgullo me bañé furibundo (un reclamo en pantalones cortos, camiseta sudada y pantuflas pierde consistencia) y bajé al primer piso donde me encontré con un sujeto uniformado con esa inconfundible sonrisa de quien trabaja tras un mostrador. Le conté detalladamente lo sucedido, le hice saber mi descontento y él se deshizo en disculpas, responsabilizó al “turno anterior” de la falta de respuesta y me dijo que podía despreocuparme puesto que él se encargaría —personalmente— del asunto. Satisfecho, me fui a tomar desayuno.

Ella bajó unas horas después, recuperado el sueño y radiante. El sábado luminoso era propicio para recorrer la ciudad y partimos a un largo día de distracción. Regresamos tarde —pasada la medianoche—, tomamos el elevador, entramos a la habitación y nuevamente un soplo enrarecido, intenso y pegajoso, nos pegó en la cara.

“¿Nadie encendió el aire acondicionado?”, pregunté como haciéndome el desentendido con lo que a todas luces era el anuncio de la desgracia. Fui al control, apreté, zarandeé, agité, meneé, revolví, hurgué y trajiné cada milímetro y cada orificio del mismo y ¡nada! Monté en cólera. Ella me observaba. Levanté el auricular, marqué “conserjería”, hablé serena pero firmemente. “En quince minutos”, me dijo otra voz de nuevo. Cumplieron. Llegó un técnico con una escalera, vio, movió, removió y nada. “Esto está malogrado”, me dijo. “Ciertamente, lo reporté en la mañana”, contesté con un gruñido. “Debe hablar con la recepción, yo voy a informar de inmediato y lo llamarán”, me dijo, se dio media vuelta y me dejó su escalera, sus herramientas y todo desarmado. Dos minutos después se comunicaron “...lamentablemente el equipo está dañado y tendrá que cambiarse de habitación de inmediato”, “usted dirá que dormimos en otra habitación y mañana...”, “no señor, tendrán que mudarse por completo porque van a ir los técnicos a trabajar y no podemos garantizar la seguridad de sus cosas”, “pero...”, “la alternativa es que duerma sin aire acondicionado y mañana a las ocho deberá desocupar la habitación”.

Mandaron a un conserje, Ella maldijo cien y mil veces el hotel (“yo te dije que debíamos irnos”, “esto es un maltrato”, “son unos incapaces”, “mañana mismo arrendamos un departamento”, “odio los hoteles”) y nos mudamos con nuestras dos semanas de maletas desordenadas, ropa nueva, ropa sucia, papeles, remedios, vitaminas, libros y cuanta cosa uno va acumulando en este país donde no hay manera de salir a la calle y no regresar con algo en la mano. A las dos de la madrugada estábamos en nuestra nueva habitación. Ella molesta, yo iracundo; nos dormimos.

La mañana siguiente me afeité, me bañé, desprecié los atuendos del turista y me vestí con la amarga sonrisa cortada del cliente insatisfecho. Bajé e ignoré al sujeto de la recepción (¡el mismo cretino que me había prometido que arreglaría todo la mañana anterior!). Me acerqué al mostrador de al lado y hallé la sonrisa cómplice y coqueta de Imadia que me saludó afectuosa preguntándome cómo me había ido en mi caminata por los alrededores. Controlé mi destemplanza, sonreí recíproco y afectuoso, y respondí, breve pero amable (ahora parecía que era yo el que trabajaba en el hotel), con una sonrisa de manual de ventas. Pronto vi la manera de esquivar lugares comunes y finalmente disparé un “disculpe, estimada Imadia, ¿se encontrará el gerente?”, ella se demudó, “¿sucede algo?”, “no, no se preocupe, es sólo que quiero conversar con él”. La bella centroamericana sonrió comprensiva, abrió una puerta y desapareció unos instantes hasta que regresó seguida por un ejecutivo.

Evitaré contar todo lo que le dije a Raúl —que así se llamaba el gerente. Sólo dejaré constancia de mi cólera sostenida que alcanzó para declarar los hechos, dejar claro mi malestar y rechazar los días “de cortesía” que me ofreció. “No vengo a pedir nada, señor, vengo a formular una queja para que los servicios del hotel mejoren”. Nos despedimos amablemente y él reiteró hasta el hartazgo sus disculpas en nombre de toda una corporación de millonarios a los que jamás tendré —felizmente— que conocer.

Ni el platón de frutas ni la tarjetita edulcorada (escrita por su secretaria, como se colige de la letra de mujer que Ella detectó) lograron cambiar el curso de la historia. La suerte estaba echada y al día siguiente me paseé por media docena de casas, conversé con corredoras, amigos y metiches, y terminamos mudándonos a los pocos días al Cabo Vizcaíno...