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Ilustración: Paul VismaraBanderas

Yo no tengo banderas en el pecho,
mi frontera soy yo, yo soy mi patria,
mis padres me enseñaron que los míos
eran ellos, mi hermano y mis hermanas.

Sé que tuve un abuelo periodista
que se tomó la vida a carcajadas,
orador que de bares y tabernas
fue, según me contaron, el patriarca.

Una abuela ancestral, terrateniente,
arrogante, vital, nonagenaria,
fuerte como los árboles antiguos
que se mueren de pie, cuando se cansan.

Otra abuela me dicen que sostuvo
mi niñez en sus manos de isla blanca,
manos de costurera que tejieron
los tiempos de mi madre y su distancia.

Del otro abuelo guardo, vagamente,
una historia de amor apasionada
(dicen que enamoraba con sus labios
y el fresco palpitar de una guitarra).

También sé que he tenido algunos tíos
que alimentaron glorias y desgracias
y algunos primos con los que mantuve
la cercana amistad de la distancia.

Nunca he tenido a mano el pasaporte
para ingresar al patio de mi casa,
nada sé de los himnos, los escudos,
los estandartes, el clarín, las marchas.

En mi jardín la tierra generosa
tan sólo me pidió para sus plantas
un poco de paciencia, compañía
y la canción alegre de las aguas.

Jamás pusimos llaves en la puerta
(¿cómo robar a quien no esconde nada?),
el cariño, los libros, las historias,
no necesitan protección ni guardias.

Tampoco me exigieron vigilantes
las cometas que el viento acariciaba,
los juegos de pelota, los amigos,
las simples e infinitas caminatas.

Yo creo que esos años nos hicieron
hablar sin miedo de nuestra esperanza
y hasta parece que sentí algún día
que dentro de esta piel viajaba un alma.

Mi hermano es la virtud que, por hallarse,
buscando su lugar se rebelaba,
mas nunca renegó de su nobleza
ni traicionó jamás nuestra confianza.

Mi hermana, con las manos de la abuela,
hace muñecos que parecen magia
y encontró su camino siendo madre,
labrando la emoción de estar casada.

La mayor de nosotros siempre tuvo
el peso de su aurora en las espaldas,
no hay imposible que no rinda el vuelo
cuando prueba la sangre de sus alas.

Mi madre era sencilla como un gesto,
sin fiebre ni mentira en la mirada,
tenaz como los vientos, verdadera,
toda mujer y, siempre, toda infancia.

Mi padre cabalgaba en el misterio
de los sueños perdidos, de las marcas
que deja la traición y, sin embargo,
supo el orgullo de sentir su casta.

Mis padres nos vistieron con la ropa
simple y serena de sus enseñanzas,
con la seguridad de vernos juntos
una familia sin puñal ni alarma.

Nos enseñaron que la vida es corta
y es pequeño el cuchillo del canalla,
pero es largo el amor de los amigos
e inmensa la verdad, como la audacia.

Por sus palabras comprendí a los hombres
que no se rinden y a los que se marchan,
entendí que hay abismos y jilgueros,
que hay serpientes sin sombra y hay montañas.

Todo el camino que en mis pies he andado,
todo el sendero que andaré mañana,
tuvieron en mis padres el motivo,
la fuerza, la razón y la campana.

Yo sólo soy los rastros de un herencia
de abismos graves y de cumbres altas
(¡qué vergüenza me da ser solamente
un poeta sin nombre y sin palabras!).

Yo no tengo banderas en el pecho,
mi frontera soy yo, yo soy mi patria,
soy ciudadano de mis sentimientos,
hijo sin tiempo de la especie humana.