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Gris pero nuestra

Iglesia de San Francisco, en Lima, durante la celebración del 472º aniversario de la ciudad (18 de enero de 2007). Fotografía: Paolo Aguilar

Volver es una forma mundana de redimir la ausencia, el “acá” siempre conservará algo que el “allá” nunca tendrá. Suena a ingratitud con la tierra que nos recibe y alberga nuestra novedad generosa y tolerante, pero es cierto. No importa cuánto tiempo se pase “afuera”, cuántos años transcurran entre la partida y el regreso, cuánto dure ese volver —casi siempre pasajero y efímero—; nada importa. Este alrededor de nuestra infancia no será ajeno jamás aunque los alcaldes cambien de nombre a las calles, aunque el tiempo demuela casas y edificios, aunque la decadencia vaya tejiendo su pátina sombría de vejez y desgaste sobre todo aquello que ayer brilló iluminado por la novedad. Nuestra ciudad seguirá siendo gris pero nuestra, y ese lugar donde lloramos, amamos o prometimos, seguirá siendo tan nuestro como siempre, aunque ya no queden llanto, amores ni promesas, aunque ya no quede nadie de ese ayer que nos reconozca.

Uno pertenece a la tierra en la que nace, al parque que recibió nuestros primeros pasos, a los amigos del barrio, a las travesuras compartidas de la adolescencia, a las primeras fiestas, a la muchacha de la que crecimos enamorados, a la vieja maestra que antes de amargarse para siempre fue una joven ilusionada, a la bodega de la esquina donde compramos las primeras cervezas, a la señora ésa que se paraba a la salida de la escuela con nuestros dulces favoritos y con la que aprendimos qué era el crédito cuando nos daba “de fiado” el chocolate vespertino o el cigarrillo clandestino que pagábamos con la propina dominguera.

Hay que reconocerlo, acá, hasta el caos nos pertenece. La desorganización en todo, la burocracia, el papeleo, los trámites repetidos e infinitos, el empleado público que odia amorosamente lo que hace, que ha ido cultivando su resentimiento tan delicadamente que logra jubilarse y recibe una miserable pensión de un Estado al que maldice entre dientes porque le robó la vida mientras él no le robó nada a la caja fiscal, no por honesto (que a esos los despiden pronto) sino porque se le agitaba el duodeno (esa imagen es deliciosa pero no es mía) y nunca fue capaz de sacar las garras como sus compañeros que llegaron a jefes de sección y aun de departamento. Congresistas y ministros, aunque cuentan con inmunidad y antejuicio, no son de otra especie, sólo son la nobleza azulina de la burocracia, pero también son reconocibles, aunque se escondan detrás de su miseria; así, descarados, deshonestos, depravados y desagradecidos, son perfectamente nuestros.

Nuestras son las avenidas transitadas por el intrépido e inmaculado idiotismo de nuestros conductores. Nuestro el taxi que se estaciona en mitad de la pista porque alguien estiró la mano donde mejor se le ocurrió para preguntar “cuánto me cobras” a cualquier parte, porque también es nuestro el regateo en la ventana del automóvil en una ciudad donde la palabra taxímetro es un insulto o la maniobra de alguien contra la democracia. Nuestro es el chofer de colectivo, embrutecido después de catorce horas manejando, que se estrella soberanamente contra el primer muro, el primer estacionamiento, el primer torpe transeúnte al que se le ocurra cruzar irresponsablemente por las esquinas cuando el semáforo se pone en rojo para los carros. Nuestras las ambulancias que nadie deja pasar porque “seguro que no hay ninguna emergencia y sólo ponen la sirena para avanzar más rápido”. Nuestros los valientes exploradores que retan a la muerte cruzando en medio de las carreteras despreciando el puente que tienen sobre sus cabezas porque “cansa subir escaleras”, “así es más rápido”, “no pasa nada” y una serie de profundas razones más, todas nuestras, todas inútiles, todas suficientemente poderosas para que de tarde en tarde un idílico despanzurrado nos recuerde que a veces taita dios se distrae y el carro avanza más rápido y nos alcanza.

Nuestros los policías que se escandalizan institucionalmente cuando la ministra dice que uno de cada cinco es corrupto —cuando todos sabemos que uno de cada cinco es honesto. Nuestros esos uniformados gendarmes que andan rebuscándoselas como sea en estas fiestas de fin de año porque el dinero no alcanza y siempre es buena una “ayudita” de algún conductor distraído, de alguna infracción que se “arregla” porque “no deseo perjudicarlo”, de alguna licencia vencida o por vencerse, en suma, de cualquier asunto al que debieran prestar atención siempre pero que sólo perciben cuando hay la posibilidad de la “colaboración”, ese delicioso eufemismo que hemos inventado para la coima, la dádiva o el soborno, con el que se compra la voluntad de las autoridades en el país. Porque nuestros también son los jueces corruptos en una sociedad donde “la justicia es una subasta”, como me dijo un magistrado, joven aún y entusiasta, que ya tendrá tiempo para corromperse.

Nuestros los falsificadores, los contrabandistas, los vendedores de “piratería” (o productos “bamba”, términos nuestros también que describen las copias ilegales, sin licencias, permisos ni impuestos, de todo aquello que pueda ser copiable). Y más nuestros son los consumidores, los que compran todo lo ilegal con una desfachatada complacencia pero se indignan si alguien se lleva su automóvil “porque no es lo mismo”, y les enseñan a sus hijos que tienen que ser buenos ciudadanos, no como “esa gente ignorante que roba y miente” y, sin embargo, van todos, en familia, a esos campos feriales donde el contrabando y la piratería tienen bendición municipal y compran películas y música y juegos ilegalmente reproducidos y se llenan la boca diciendo que “ellos —las grandes industrias— tienen mucho dinero y no les afecta” pero, claro, protestan como los diablos si un chiquillo les roba la billetera pensando con la misma lógica que “él —el señor que compra piratería— tiene mucho dinero y no le afecta”.

Nuestros los hospitales sin medicina, los médicos sin alma, los barrios populares sin agua potable, los caseríos sin luz eléctrica, las escuelas sin maestros o con profesores semianalfabetos o con niños que llegan sin un pan en el estómago o sin carpetas o todo junto —que a estas alturas es lo mismo.

Nuestros los políticos corruptos, los generales que jamás ganaron una guerra, los empresarios sin más corazón que una moneda, los abogados que defienden la justicia de sus inflamados honorarios, los jueces peseteros, los oscuros funcionarios públicos que —sin importar la bandera ideológica que agiten— defienden siempre sus comisiones y privilegios.

Pero no nos alarmemos, las luces y las sombras de nuestros pueblos, son nuestros pueblos. Por cada miserable hay cien valientes, por cada canalla hay cien justos, por cada conciencia podrida o comprada hay cien honrados que dicen que no. Felizmente.

Porque también, sí, también, gracias, también, son nuestros, también, las mujeres y los hombres de buena voluntad, esos que son millones pero cuya vida sencilla y honesta transcurre silenciosa, sin aspavientos, sin escándalos, sin psicólogos ni cirujanos plásticos, sin golf y sin tenis, sin personal trainer ni yacht club, sin fotos en la sección social del periódico más serio de la ciudad —el mismo que hace campañas contra la prostitución mientras promociona burdeles en sus avisos económicos.

Sí, también son nuestros esos muchos que hacen que el aire de esta tierra siga siendo respirable, que nuestra comida sea la más sabrosa, que nuestro espacio sea siempre el nuestro y que volver, ese verbo maravilloso cuyo infinitivo es una promesa que nos hacemos siempre, sea esta revelación, sea este encanto, sea esta fiesta que es mejor que todas las miserias que la rondan, sea esta alegría de reconocerse en las mismas calles, en las mismas plazas, en los mismos parques que nos albergaron en la infancia.