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La palabraSoy otro cuando soy

El jueves 8 de marzo del 2007 se hizo público el fallo del jurado y se realizó la entrega de premios del 8º Concurso Nacional de Expresión Oral y Escrita “Octavio Paz”, organizado por la Universidad de Anáhuac, en México D.F., desde hace ocho años, y a él convocan a todos los alumnos del bachillerato en México con la finalidad de “promover el gusto por las dos expresiones que constituyen el dominio básico del lenguaje: la oral y la escrita”. Cada año, a la ceremonia de premiación (en la misma donde se dan a conocer a los ganadores entre los veinticinco mejores puntajes) es invitado un escritor a dar el discurso de honor ante los finalistas, sus profesores, sus padres, la comunidad estudiantil y las autoridades universitarias; en esta ocasión yo fui el invitado y éste fue el texto que leí ante ellos.

Buenas tardes a todos, buenas tardes. Es para mí una alegría y un honor compartir esta ceremonia con ustedes; es una alegría porque me permite conocerlos, reconocerlos, escucharlos y aprender de sus motivaciones y de sus experiencias; y es un honor porque me da la ocasión de saludarlos y presentarme con el único equipaje que traigo, con el único documento que cargo, con el sencillo pasaporte de la palabra.

La palabra, esa fantástica herramienta con la que nos comunicamos, con la que pensamos, con la que declaramos nuestra conformidad o nuestro desacuerdo, con la que expresamos nuestros sentimientos, con la que establecemos lazos que nos permiten relacionarnos con los demás seres humanos de una manera única y privilegiada. Si no celebráramos hoy la palabra, ustedes no estarían allí, en sus asientos, escuchándome generosamente a pesar de la angustia creciente por los resultados, ni yo me encontraría, acá, en este lugar, aplazando el final, demorándolos, postergando la celebración, sólo por detener un instante el adiós, sólo para gozar un momento más de esta generosidad, de esta hospitalidad que me regalan, a mí, que me es imposible sentirme extranjero entre ustedes, cuando reconozco la historia, la tradición, la cultura y el idioma que compartimos.

En “Piedra de sol”, Octavio Paz, cuyo legado y cuyo nombre nos convoca, declara en unos magníficos endecasílabos:

soy otro cuando soy, los actos míos
son más míos si son también de todos,
para que pueda ser he de ser otro,
salir de mí, buscarme entre los otros,
los otros que no son si yo no existo,
los otros que me dan plena existencia.

Esos otros de los que habla Paz, esos otros que me permiten ser ahora, son ustedes; esos otros que me justifican, que le dan razón a este viaje, que llenan de motivos mi presencia; esos otros, ustedes, por quienes mis palabras existen, cobran sentido, se llenan de vida y se convierten en este camino ancho y reposado por donde podemos transitar cómoda y fraternalmente.

No pretendo darles una charla antropológica ni penetrar en las profundas explicaciones que la psicología ha elaborado para entender la importancia de la palabra en el desarrollo del ser humano, dejo a los expertos ese trabajo. Yo sólo puedo hablarles a partir de mi experiencia con la palabra, una experiencia tan común y tan simple como cualquiera y, por eso mismo, tan válida como todas.

He perdido, en algún laberinto de la memoria, mi primera palabra; y sin embargo, fue en ese momento, al comenzar a nombrar el mundo, que empezó esta jornada maravillosa en la que todavía me encuentro enlazando palabras, jugueteando con ellas, colaborando, con un ladrillo más, en el levantamiento de la torre encantada de la literatura.

Todos fuimos niños, todos balbuceamos nuestras primeras palabras, a todos nos celebraron cuando dijimos “mamá” o “leche” y empezamos a comunicarnos con ese alrededor que nos maravillaba pero con el cual era muy difícil interactuar porque no estaba al alcance de nuestros gritos ni de nuestros llantos. Poco a poco fuimos dominando los sonidos que salían de nuestra boca y pudimos nombrarlo todo, los juguetes que nos divertían, los muebles que íbamos tocando, la comida que nos alimentaba y los nombres de todos los que conformaban nuestra familia.

La casa, las calles, los alrededores, el parque de juegos y el jardín de infancia; fuimos poblándolo todo de palabras. Ellas fueron dándole vida a ese universo que nos rodeaba y que nos rodea todavía, a ese mundo cada vez más grande al que íbamos ingresando con el asombro en la mirada, con la emoción en el pecho y con toda la inocente curiosidad de la infancia en la conciencia. Nuestra jornada con la palabra iba muy bien, jugábamos y nos divertíamos con ella. Nuestra madre nos leía todas las noches, nos leía cuentos maravillosos que narraban historias fabulosas y aventuras fantásticas que nos transportaban a otras épocas y a otros países, que nos llenaban de emoción y de entusiasmo, que nos hacían soñar con ser también uno de esos héroes que salvaban al mundo de canallas y malvados. Nuestro padre nos leía poemas, llenos de ritmo, que repetíamos hasta aprendérnoslos de memoria, imitando el runrún delicado de la poesía infantil que llegó hasta nosotros para quedarse en sus juegos verbales, en los sonidos diáfanos, en sus rimas —tercas y constantes—, y en los versos melodiosos y sonoros que papá repetía con los gestos grandilocuentes y acompasados del director de la orquesta. Las palabras eran nuestras amigas, nuestras consejeras, nuestras aliadas; caminábamos con ellas contentos, nombrándolo todo, señalándolo todo, verbalizándolo todo. Felices.

Después llegaron los problemas.

Primero, fue el “ma-me-mi-mo-mu” con el que nos atormentaron esas gentiles maestras en esos salones coloridos, pero salones al fin, donde encerraron nuestra libertad y nos hicieron repetir esas sílabas carentes de significado cuando hacía tiempo ya que las palabras eran para nosotros historias de piratas y princesas, cuando hace mucho que el joven aventurero había logrado vencer a los monstruos de los siete mares para salvar al reino de la desgracia. Así, nuestras amorosas profesoras nos taladraron la cabeza con eso del “mi-ma-má-me-mi-ma” y “mi-ma-má-me-a-ma”, cuando nosotros sabíamos desde mucho tiempo atrás que mamá nos amaba y por eso nos contaba historias de piratas y corsarios, de reyes y príncipes, de hadas y de princesas.

Creo que allí empezamos a distanciarnos de la palabra. La seguimos usando, por supuesto, pero algo en ella nos pareció ajeno, lejano, incomprensible, y preferimos ser como aquel que puede manejar una computadora pero jamás entenderá (porque no quiere o porque no puede) la más elemental idea de lo que “electrónica” significa. Nos refugiamos en nuestra ignorancia, pero la responsabilidad no fue sólo nuestra.

¡Cómo no íbamos a salir huyendo!, si “mamá” se convirtió arbitrariamente en un “sustantivo común”, cuando para nosotros era desde los orígenes un nombre propio, nuestro, único e irrepetible; si “juguete” se transformó en una “palabra paroxítona” cuando en nuestra imaginación era una palabra mágica, sublime, llena de mil posibilidades; si el “dulce” de nuestros “dulces caramelos” se hizo de pronto un “epíteto” y empezamos a saborear con desconfianza las golosinas; y si “ella”, ella que empezaba a parecernos la compañera más linda de la clase, quedó transformada de pronto en un “pronombre femenino singular” cuando hasta ayer, sólo hasta ayer, se llamaba Ximena.

¿Qué sucedió?, ¿qué le hicieron a nuestras palabras?, ¿en qué momento la diversión se convirtió en tarea, en norma, en regla que tuvimos que repetir todos los días hasta que se nos cayera de la boca? ¿Cómo los libros de cuentos de nuestra infancia, las historias fabulosas, las aventuras felices de nuestros héroes y los amores que todo lo vencían, pasaron a ser el martirizante control de lectura del lunes a las ocho de la mañana? ¿Cuándo esas palabras hermosas y misteriosas como “disquisición”, “circunloquio” o “libélula” abandonaron nuestra fantasía y se alzaron como monstruos feroces que devoraban nuestras calificaciones en el examen de vocabulario de cada semana?

Algo falló en la fórmula como se nos quiso enseñar la gramática, esa teoría que estudia las leyes y formas del lenguaje, y algo anduvo mal en la manera en la que se nos introdujo a la literatura, ese conjunto de habilidades gramaticales, retóricas y poéticas. A partir de entonces el desconcierto se transformó en rechazo, en desinterés por la lectura, en un abandono paulatino de los libros, en una renuncia, inconsciente pero motivada, a todo ese universo infinito, colosal y extraordinario de la ficción.

No obstante, las palabras seguían acompañándonos, en los diarios que leíamos aunque fuera sólo por las noticias de la farándula o por el listín cinematográfico, en los carteles del supermercado, en las películas que veíamos, en los juegos electrónicos donde nos refugiábamos, en las canciones escandalosas que oíamos, en las conversaciones con nuestros amigos, aunque fueran esas charlas entrecortadas de palabras abreviadas y torturadas que se dan en el “chat” o en las larguísimas conversaciones telefónicas de nuestra adolescencia.

Hasta que vino ese profesor, esa maestra, esa persona apasionada que le devolvió a la literatura la magia que habita en las palabras y que las formalidades, indispensables pero mal enseñadas, le habían arrebatado. Si ustedes están aquí esta tarde, impacientes y emocionados, soportando estoicos mi perorata, es porque ese profesor llegó a sus vidas y rescató para ustedes el lenguaje, la literatura, el universo ancestral y apasionante de las palabras. Jorge Luis Borges declaraba alguna vez que en sus muchos años de docencia nunca pretendió “enseñar literatura”, que su único propósito fue “enseñar el amor por la literatura”; creo que allí reside el secreto de un verdadero docente, sea cual sea la materia que se dicte, el amor es indispensable.

El mismo Borges decía que jamás obligaba a sus alumnos a leer un texto, que eso era un contrasentido, que había que esperar “el momento”, el tiempo indicado cuando texto y lector fueran dignos uno del otro. Un buen maestro sabe tantear esos terrenos, sabe escoger las lecturas pertinentes al grupo de alumnos que enfrenta, sabe emocionarlos, interesarlos, acercarlos al conocimiento de la palabra con la misma habilidad con la que el anciano de la tribu trasmitía sus enseñanzas a los jóvenes, contándoles emocionantes historias alrededor del fuego.

Cuando a los quince años me pusieron al frente las más de cuatrocientas páginas de Cien años de soledad sin mayores explicaciones que eso de “obra maestra del realismo mágico”, que a esa edad no significaba nada para mí, lo único que lograron fue desanimarme, alejarme de García Márquez y postergar la lectura de ese monumento a la literatura que es la historia de los Buendía en Macondo y que sólo muchos años después vine a entender como la gran metáfora de la historia de nuestra América Latina. Igual me pasó con Rulfo, siendo yo un hijo de otras tierras, ignorante de la particularidad y del imaginario de México, no entendí sino hasta mi adultez, ese mundo fantástico, sórdido y vistoso, lleno de angustia y coraje, vital y mortuorio, que descubre Juan Preciado en su búsqueda de Pedro Páramo y su inigualable Comala.

Hace unos años conversaba con Ricardo, el bibliotecario de uno de los colegios donde trabajé, y él sostenía que el problema de la enseñanza de la literatura no radicaba necesariamente en los libros escogidos, sino en la mecánica utilizada para interesar al alumno con su lectura. Recordó que cierta vez un adolescente le decía que leer El Quijote era sencillamente aburrido porque no entendía nada; acto seguido, el bibliotecario, apasionado lector de las aventuras del Caballero de la Triste Figura, empezó a narrar las andanzas del viejo hidalgo enloquecido, su idealista y adolescente amor por Dulcinea, su amistad dura y hermosa con Sancho, el fiel escudero, su emoción la noche en que el ventero lo armó caballero, su valor en el episodio delirante de los molinos de viento, y todas las venturas y desventuras del hidalgo de La Mancha; esa tarde el muchacho se fue a casa y comenzó a leer esa monumental obra maestra de Cervantes dispuesto a conocer todas las locuras de Alonso Quijano, el Bueno.

No voy a cansarlos más. Si bien quisiera seguir hablándoles de las palabras, de sus formas y de sus posibilidades, de cómo ellas marcaron el rumbo de mi vida, de mi primer poema —horroroso y enamorado—, de las cartas que escribí exorcizando la soledad o de los libros que he publicado con la ilusión de que un padre lea a sus hijos mis palabras con la misma ternura con la que mi madre me leía los cuentos infantiles y con la misma emoción con la que mi padre me recitaba esos versos que colmaron mi infancia de felicidad, renuncio a la tentación de hacerlo.

César Vallejo exclamaba preocupado: “¡Y si después de tantas palabras, no sobrevive la palabra!”; yo creo que si estuviera acá, verlos a ustedes le devolvería la calma. La palabra sigue viva, sigue fuerte y poderosa, sigue conduciéndonos amorosamente por el camino que lleva al mañana. Con ustedes descubro que la palabra goza de buena salud y que el futuro es promisorio. Si con el “¡tierra!” de Rodrigo de Triana llegó la palabra castellana a nuestro continente, con ustedes el idioma español, el idioma de Cervantes, el idioma de César Vallejo y de Octavio Paz, nuestro idioma, tendrá la sangre nueva y renovadora que lo conduzca vigoroso, fresco, vital e indispensable, por la senda del siglo XXI.

México D.F., 8 de marzo del año 2007