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PapelesPapeles, permisos y papeleos

Es gracioso que en Latinoamérica siempre nos quejemos de lo odioso que son los gringos con el tema de las visas; detestamos hacer la cita en su embajada, pasar por sus mil controles de seguridad, llevar el millón de papeles que les demuestren que no queremos quedarnos allá sino que, sencillamente, pretendemos conocer al pato Donald o, más entusiastas, a la ratoncita Minnie. Se nos hace cuesta arriba soportar la cola (que es una fila interminable, larga y lenta, aunque un papelito infame —que costó cien dólares— afirme que te atenderán a las diez; falsedad sajona tan común como la puntualidad latina, porque recién te recibirán a las doce). Tenemos que hacer un esfuerzo y dominar todo lo que queda de nuestra efervescente sangre ibérica para enfrentar apacibles la gélida, inexpresiva, distante y casi indiferente, expresión en el rostro del cónsul que escruta nuestros documentos como si se tratara de la firma de un contrato millonario, que mira cien veces la pantalla de su computadora como preguntándole al sistema —ese oráculo de la post-modernidad— si es que somos buenos tipos o si, por el contrario, vamos a incrementar la cifra incontenible de sujetos que, con eso de “voy de shopin”, terminan quedándose allá con Seguro Social falso, trabajo en negro y todo un sistema infinito e indescifrable de ilegalidad maquillada que permite que unos veinte millones de latinos se paseen como sombras indocumentadas en el “país de las oportunidades” (mientras, inocentemente, como sin quererlo, varios miles de nobles, generosos, honrados y prósperos empresarios norteamericanos se hacen más ricos pagándoles a los ilegales por debajo del salario que la ley garantiza, al mismo tiempo que el fisco recibe, sin asco, los millones que ingresan por impuestos directos e indirectos que muchos pagan sin recibir ninguna contraprestación, como correspondería).

Vaya uno a saber las barbaridades que piensan nuestros compatriotas cuando el encargado los mira con gesto de médico insensible anunciando un cáncer terminal y dice, en su español masticado, “lo lamentou, perro usté noa demostruado que no vaia a quedars allá”. He visto a muchos salir maldiciendo y recordando, entre dientes o vociferando, con poca cordialidad, a la señora madre del burócrata gringo y, de paso, a las madres de todos los norteamericanos empezando por la del pobre Washington y terminando con la de impronunciable Schwarzenegger, aunque la respetable fuera austriaca.

Sin embargo, seamos honestos (y cualquiera que haya tratado de hacerlo no me dejará mentir), si bien el trato de los norteamericanos no suele ser afectuoso y muchas veces ni siquiera es amable (aunque, en beneficio de ellos debo decir que, al menos en una de las oportunidades que anduve por allí, me tocó un funcionario muy simpático más interesado en la literatura que en montón de papeles míos que no revisó), no existe burocracia más entrampada, tediosa, absurda, embaucadora y falsamente rígida que la de nuestra América Morena. Cualquier extranjero que haya intentado obtener una visa, la residencia, o un permiso de trabajo en alguno de nuestros países puede dar fe de que no miento. Ni los gringos, con su neurosis antiterrorista, pueden competir con la indescifrable emboscada de papeles, permisos y papeleos, sellos, estampillas y rúbricas, con la que castigamos a cualquiera que tenga el atrevimiento de venir legalmente a nuestras tierras. Claro, tenemos “la vía rápida”, pero pasa por el arreglo, la comisión, la ayudita, la mordida, la coima, el sablazo, el padrino, el carnet o la recomendación, taras nuestras tan queridas y añoradas que tardaremos buenos siglos en abandonarlas en el basurero de las infamias de nuestra historia.

Pues bien, después de varios meses gestionando la visa para residir en México y tras un millón de documentos que fueron y vinieron como si se tratara de construir una planta nuclear en Cancún o como si la intención fuera comprar los bosques de Chapultepec para levantar allí una fábrica de enlatados, llegó el documento. Y digo así porque sencillamente es un documento en todas sus formas, no es la simple visa pegada en el pasaporte, no, este es otro pasaporte, o sea, al menos lo parece con su aspecto de cuadernillo, con carátula y grapas y todo eso (grapas que, digámoslo de una vez, son arrancadas en cada oportunidad que hay que hacer una anotación dejando sus cicatrices infames en cobertura). Documento incómodo pero indispensable que hay que llevar en el bolsillo si vas al banco, si quieres contratar el servicio de teléfono o si pretendes realizar cualquier trámite de los miles que hay que hacer (pero ese es otro cuento), y que, además, habrá que cargar siempre que se salga del país para que pueda recibir su cuota proporcional e indispensable de sellos y anotaciones en cada viaje.

Así, atiborrado de documentos que acreditaban mi absoluta legalidad, me embarqué (o, mejor dicho, me enavioné, porque supongo que, aunque a RAE no lo especifique, uno se embarca en barcos, se entrena en trenes, se encarra en carros y se enaviona en los susodichos aparatos voladores que aborrezco como cualquier bípedo implume nacido para andar y no para surcar los aires a ochocientos kilómetros por hora) y aterricé (bueno, aterrizó el avión) en el aeropuerto internacional del Distrito Federal.

Venía solo, las circunstancias me habían convertido en el heraldo, en la avanzada de este grupo de dos (los otros tres, inimputables y cuadrúpedos, se habían quedado en la retaguardia limeña junto con la aliada circunstancial y entusiasta que cuidaba de ellos), y me enfrenté a las autoridades de migración con el estoicismo espartano que (según mis alumnos) se inventó con el cine y las películas de “joliwud” (“¿Saben quién es Aquiles?”, “Claro, el de Troya, la película de Brad Pitt...”).

—Buenas tardes...

—Buenas tardes, sus documentos.

—Sí, verá, tengo un documento migratorio de no inmigrante...

—Permítame sus papeles.

[Paso interminable del tiempo, cara en la pantalla, revisión, gesto confuso, tecleo nervioso, revisión, radio, palabras en clave, revisión, tiempo, revisión, tiempo, tiempo, ¡tiempo!]

—¿Sucede algo, oficial?

—Tenemos que verificar la autenticidad de su visado.

—Pero...

—Sírvase acompañar al guardia, por favor.