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Es contra la leyEs contra la ley

El sujeto que me llamó tenía cara de pocos amigos, pero, seamos honestos, no era esa cara de quien realmente es un miserable, era la del buen tipo uniformado por necesidad o casualidad cuyos complejos son tantos que cree que si no pone el gesto de gendarme estreñido y malhumorado uno no lo va a respetar. Bueno, y razones no le faltan en esta sociedad, la nuestra, donde tener el pellejo blanco y un metro ochenta y la voz gruesa te convierte de inmediato en “doctor” o “ingeniero”, mientras que con metro cincuenta, piel cetrina y vocecita de lamento andino, es muy probable que te digan “oye tú”, “muchacho” o cualquier otra cosa que te reduzca a peón o conserje.

Pasamos por la misteriosa puerta que se cerraba por el lado opuesto al “cuarto de espera”, como eufemísticamente llamaban a esa celda sin barrotes en la que nos tenían “retenidos”. Después del umbral me encontré con una oficina burocrática, gris, apagada, donde los que están allí tienen tantas ganas de trabajar como nosotros de permanecer en el retén forzado. Había unos cuantos escritorios, papeles por todos lados, alguna que otra computadora, una impresora escandalosa, teléfonos y tipos uniformados, con cara de jefes, de oficiales, de ser los que tomaban allí las decisiones.

Me acercan a uno de los escritorios, el sujeto que allí está sentado no hace el menor gesto y yo permanezco de pie mientras el guardia que me acompaña me abandona y se va quién sabe a dónde y el oficial continúa manoseando papeles entre los que puedo ver mi pasaporte. Absorto en su investigación, me ignora olímpicamente por varios minutos que para mí, puesto en sus manos en ese instante, son eternidades. El sujeto sigue leyendo y releyendo papeles como si se tratara de algo realmente importante, abre y cierra mi pasaporte, revisa mis visas, todas, una por una, como quien desconfía, como quien trata de hallar en medio de sellos, fechas y firmas, el error que demuestre que soy un inmigrante ilegal que quiere usar su país como trampolín hacia el sueño americano. Tarea inútil la del pobre uniformado, le hubiera bastado con verificar en qué vuelo había llegado y comprendería que difícilmente iba a venir de la Florida para desembarcar en el Distrito Federal, tomarme un bus y recorrer, a fuerza de destruir mi maltratada espalda, los casi dos mil kilómetros que separan la capital del noreste y contratar allí a algún coyote que por unos cuantos miles de dólares me estafe diciéndome que va a hacerme cruzar la frontera y me abandone, por gordo, por lento, por cansado, en la mitad del desierto de Sonora para morirme deshidratado.

Lo cierto es que los minutos me parecen interminables pero resisto, estoico, de pie, sin ceder al cansancio de mis piernas y a la fatiga de mis pobres rodillas esforzadas hace tanto en hacer andar mi humanidad. Me mantengo firme, aguardando la resolución del sujeto que al frente mío, guarecido por el escritorio de metal, su placa, su uniforme y los varios guardias que alrededor andaban vigilantes. Como no es difícil intuir, mi humor se encontraba, a estas alturas, ligeramente avinagrado. Harto, agotado y, sobre todo, hambriento, ya no eran las neuronas sino los jugos gástricos, los que empezaban a manejar las riendas de mi carácter. A esas horas de la tarde maldecía mi absurda decisión de empezar mi enésima dieta justo con el viaje. “Un juguito y dos tostadas”, me dije esa mañana, “llegaré a DF poco después de las dos y antes de las tres ya estaré almorzando, además, no es bueno ir con el estómago lleno a la altura”, y, claro, ya eran pasadas las cinco y seguía allí mirando la nuca del uniformado empecinado en no sé qué investigación sobre mis papeles. Impaciente ya, lo interrumpí:

—Disculpe, oficial...

(silencio)

—Oficial...

(silencio)

—¡Señor!

(el cancerbero alza las cejas lentamente como incrédulo de que me hubiera atrevido a levantar el tono)

—Oficial, ¿sucede algo?, ya tengo más de tres horas acá y mis papeles están en regla.

—Bueno, eso lo decidiré yo...

—Ciertamente, solo le pido que tenga en cuenta el tiempo que ha transcurrido...

—Acá a todos los atendemos bien, ¿tiene alguna queja?

—Más allá de las horas perdidas, la incomodidad, el problema que significa...

—No siga, no siga, que estoy terminando con usted...

(silencio, ahora mío)

—Voy a hacerle un favor...

(silencio)

—Porque hay una irregularidad...

—¿Una irregularidad?

—Bueno, tiene usted dos visas y eso es contra la ley de la nación, si yo lo permito pasar con las dos visas estaría cometiendo un delito y hasta podría perder ambos visados y ser expulsado del país...

(silencio)

—...así que tendré que anular la de turista.

—Bueno, es su país, son sus leyes, usted decida.

—Sí, yo decido, pero quería que comprenda...

—Oficial, lo que yo comprenda o no, es irrelevante.

—Bueno, es verdad.

—Proceda, porque mis maletas están tiradas haces tres horas en algún lugar del aeropuerto y no sé quién se hará responsable de las pérdidas...

—En este aeropuerto sus maletas están muy seguras, no lo dude...

(silencio)

—Somos profesionales...

(silencio)

—Procederé a cancelar la visa de turista...

(silencio)

—Y podrá salir...

Vi entonces cómo mi preciada visa de turista por cinco años y con múltiples entradas era cruzada por la vulgarísima tinta roja de un lapicero que el sujeto tenía en sus manos; ni un sello, ni una explicación, ni una nada, sólo dos rayas atravesadas en cruz sobre la visa, como si lo hubiera hecho un niño de seis aburrido en una tarde de vacaciones.

No dije nada, guardé un indignado silencio sepulcral y me dejé conducir por los pasillos hasta la puerta donde, abandonadas, sin cuidado alguno, arrimadas en un rincón, hallé mis maletas.