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Afiche promocional de los U.S. MarinesLa ley del embudo

Los gringos se especiales,
aman la ley del embudo,
para ellos el escudo,
para nosotros, los males.
Son exigentes, formales,
cuando piden democracia,
“la dictadura es desgracia”
repiten como cotorras
pero construyen mazmorras
con sorprendente eficacia.

Si un dictador es “amigo”
(si les rinde vasallaje)
se olvidan cualquier ultraje,
ignoran cualquier testigo.
Si el malo es cómplice, digo,
si es aliado del imperio
vivirá en el improperio
con toda desfachatez
que el concepto de “honradez”
depende de su criterio.

Y si este aliado es vecino
de algún loco revoltoso,
podrá gobernar gustoso
aunque sea un asesino.
Si facilita el camino
de los F-16,
¡cuidado si os atrevéis
a hablar mal del dictador!
El yanqui entiende su amor
a su modo, ¿comprendéis?

Tienen su Corte Suprema,
tienen su Constitución,
sus Estados y su Unión,
sus normas y su sistema.
Pero no tienen problema
en olvidarse de todo,
echar sus leyes al lodo
si los muerde el enemigo;
ellos le darán castigo
sin reparar en el modo.

Invaden Afganistán
(que no les lanzó el avión)
y disparan al montón
de arranque, al primer talán.
La “amenaza talibán”
derrotan (o masomenos),
torturan serios, serenos,
compran muchos informantes,
y se lanzan, delirantes,
a ese disparar sin frenos.

Luego Irak es invadida,
sus “bombas de destrucción
masiva” fueron ficción,
pero no los invalida.
Cientos de miles sin vida
avalan esta locura;
Bush en su vil impostura,
nombrando a la Libertad,
siembra muertes, ansiedad,
sufrimientos y amargura.

Después de tanto fracaso,
y por seguir en la brega,
el buen Yiorch, loco, se entrega
al absurdo sin retraso.
Da la orden del trapaso
de cientos de detenidos
a los fuegos encendidos
de Guantánamo, colonia
que guarda con parsimonia
para tiempos “confundidos”.

Ni “prisioneros de guerra”
ni “delincuentes comunes”;
allí “los chicos”, impunes,
están fuera de la tierra.
Con un descaro que aterra
declara el gran presidente
que no hay corte competente
para juzgar talibanes,
alcaedas y rufianes
que ni siquiera son gente.

¿Con qué derecho se arroga,
Bush, el terrible derecho
de ponerle coto y techo
a la Justicia que ahoga?
¿Le queda chica la soga
que ofrecen sus propias leyes
y como actuaban los reyes
decide que la Justicia
es su elección, su noticia,
su poder sobre sus greyes?

¿Y habla de autoritarismo?
Santo padre, ¡qué tal cancha!
Se adueña de la revancha
y decide ante sí mismo.
¡Qué descaro!, ¡qué cinismo!
qué asqueroso doble juego,
qué conciencia de abigeo,
qué moral de traficante,
qué forma más repugnante
de hacerse el sordo y el ciego.

La justicia es para todos
o no será de ninguno,
que no es bueno lo oportuno
sino el bien en sus mil modos.
No es cuestión de hacer recodos,
ni calabozos perdidos;
los justos no buscan nidos
en donde nadie los vea
para mostrar la más fea
de sus caras, escondidos.

La ley es universal
y no tolera excepciones,
medias tintas ni traiciones
ni intervención celestial.
Si en su ley algo está mal
que la cambie su Congreso,
que dé relevancia y peso
al delito que se antoje,
pero que un hombre no afloje
todo el sistema en su exceso.

Porque o todos la cumplimos
o todos nos despachamos
sin quejas y sin reclamos,
sin hermanos y sin primos.
Cada cual por sus racimos
luchará como le guste
y que ninguno se asuste
y no reclame ninguno;
no hay tiempo desoportuno
para armar desbarajuste.

Como en la selva, el más fuerte
impondrá sus condiciones,
¡al diablo con las naciones
y que se muera la muerte!
Que cada cual con su suerte
vaya al ritmo que le toque,
que nadie resienta el choque,
el golpe ni el cuchillazo,
y que detrás del abrazo
siempre se esconda el estoque.

Matémonos como antaño,
a piedras o con pistola,
matemos de carambola
al que pueda hacernos daño.
Matemos al hombre extraño
que no es igual a nosotros,
que sepan muy bien “los otros”
que nunca tendrán derechos
y juntemos más pertrechos
para matar a esos potros.

Pero no vengan con rollos
de “democracia” y “justicia”,
cuando Bush en su estulticia
nos endilga sus embrollos.
Los dictadores criollos
son malos, y lo sabemos,
pero no somos blasfemos
ni gustamos de hacer trampa
poniendo motor y rampa
a nuestro barco de remos.

Que Bush empiece por casa,
con sus jueces y sus tropas;
primero laven sus ropas,
después veremos qué pasa.
Que limpie el moho y la grasa
que hay en sus instituciones,
que respete los pendones
que representa y auspicia,
después que exija justicia
también a nuestras naciones.

Pero, en fin, porque el chacal
devore podre y carroña,
no admitamos la ponzana
en nuestra esencia cabal.
Si alguno como animal
se comporta, que nos halle
dispuestos hasta el detalle
en defender lo que justo;
no callaremos de susto
que no hay susto que nos calle.

Seamos mejor que aquellos
que se envanecen en vano
y dejemos que el malsano
se pierda en sus atropellos.
No deslumbran sus destellos,
porque las estrellas muertas
son fosas negras, abiertas,
que conducen a la nada,
con la maldición marcada
en sus ojos y en sus puertas.

Amemos, pues, la justicia,
porque la justicia es justa,
es una planta robusta
que no sabe de avaricia.
Que se anuncie la noticia
que no nos ha corrompido
su dinero mal habido,
su amenaza, su influencia.
Defendemos la decencia.
Amén. El Entrometido.