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“Dartman”, de Marie BertrandJIS 7

El sábado empezó temprano. Era un día clave; el punto culminante de esta feria, puesto que, realizadas las primeras entrevistas el viernes (y con la lógica de “converso primero con quien más me interesa”), ya varios colegios tendrían esa mañana ofertas para muchos del medio millar de profesores que inundábamos los corredores, las cafeterías y los baños del hotel. Según Sally nos dijo, “a las instituciones se les pide que les otorguen a los postulantes un plazo de 24 horas para que evalúen las propuestas y tomen una decisión”. Sabíamos que la presión iba a ser grande y que “la puja” por contratar a los profesores era una batalla aparte que librarían directores y jefes de personal. Jessica, que todo lo sabe, terminó de explicarlo muy bien: “Es el sábado cuando empieza la verdadera tensión, porque el viernes llegamos con la preocupación de conseguir entrevistas y, si las cosas fueron bien, podemos recibir dos o tres ofertas y allí comienza lo más complicado, elegir. Peor es cuando el colegio que realmente te interesa, en París o en Tokio, recién te ha citado el sábado en la tarde y, ese día en la mañana, recibes una tentadora oferta de un colegio que queda en Samarcanda o Tanganica, lugares a donde no has planeado mudarte el próximo semestre, entonces, ¿esperas a riesgo de desaprovechar esta oferta, aceptas con el peligro de perder la soñada oportunidad o te quedas paralizado y sin trabajo?”. ¡Pobre Hamlet!

En medio de tanta incertidumbre, al menos una certeza nos alumbraba; así como nosotros estábamos allí porque necesitábamos un trabajo, ellos —los administradores de decenas de colegios alrededor del mundo— también requerían cubrir sus plazas vacantes y no habían viajado hasta Boston para gozar del magnífico y gélido viento invernal de ese fin de semana. Tratamos de ponernos un minuto en los zapatos de “ellos” y entendimos que tampoco tenían al frente su mejor día. Muchos venían desde África o Asia, en vuelos interminables, con tres o cuatro escalas, y en delirantes cambios de husos horarios que los habían hecho “retroceder en el tiempo” diez o doce horas (que luego “perderían” al regreso). Ellos, como nosotros, corrían el mismo riesgo de irse con las manos vacías y sin ningún contrato firmado. Claro, a ellos el presupuesto les permitía ir aún a las próximas tres o cuatro ferias que faltaban celebrarse en otras partes del mundo (aunque la de Boston es la más grande —por eso se dan el trote— y, por ende, es donde hay mayor y mejor oferta de profesores). Sin embargo, igual el tiempo corría en su contra y contra el estricto sentido de planificación de estas instituciones que arman calendarios con un año de anticipación. No era difícil suponer, entonces, que la sola idea de llegar a Budapest, Tailandia, Zimbabue o donde fuera que trabajaran, sin los profesores adecuados, necesarios e indispensables para el inicio de clases del próximo semestre, no debía hacerlos muy felices. Especulábamos, como para no pensar en nuestra propia buena o mala suerte, que regresar de un mes de gira con las manos vacías (y los contratos en blanco) no podía verse muy bien a la hora de dar explicaciones a “la Junta”, que es, a fin de cuentas, la que en estas organizaciones ratifica —o no— a los directivos.

Todo esto lo conversábamos animadamente mientras tomábamos desayuno. La noche anterior acordamos, “los del grupo”, reunirnos a las siete de la mañana en el restaurante del hotel donde se desarrollaba la feria. Jessica fue un reloj y cuando llegué, que fue temprano, ya estaba esperándonos. Al rato bajó Gail, que se hospedaba en el mismo hotel y unos minutos después Maki; ya habíamos tomado el primer jugo de naranja cuando arribó Marc. El hombre traía una cara de sueño impresentable, “¿qué pasó?”, preguntó Jessica y yo “seguro se fue de bares con alguna huésped de su hotel” dije con sorna y todos se rieron. No, no había sido tan divertida la desvelada, la noche anterior sonó la alarma contra incendios de su hotel a las tres de la mañana, alarma que él ignoró soberanamente hasta que un policía, de muy mal humor, arremetió contra su puerta diciéndole que no era un simulacro y que debía “evacuar el edificio”. ¿Qué había sucedido?, ¿un cortocircuito, una bomba, un cigarrillo mal apagado? No, se trató de una falsa alarma encendida por un adolescente adorador de Baco en la impunidad de su borrachera.

Marc nos contaba todo esto mientras reíamos y nos despachábamos un buffet americanísimo (como el colesterol manda y los triglicéridos recomiendan), con toneladas de grasa bien repartida entre los huevos revueltos, el tocino frito, las salchichas y el jamón a la plancha. Tremendo banquete y una anécdota hilarante, relatada con el tono sarcástico de Marc y aderezada con mis comentarios cínicos, nos animaba mientras íbamos especulando mentalmente sobre todo lo que podía suceder en esta jornada “decisiva”. Todos teníamos, al menos, una segunda entrevista con algún colegio y varias “primeras” que nos permitían suponer que las cosas aún andaban bien, que nada estaba escrito y que, como alguien comentó, “la pelota aún está rodando”. Una torre de panqueques, con mucha miel de maple, fueron los últimos y silenciosos testigos de nuestra charla mañanera.

A las ocho nos levantamos de la mesa y fuimos a lavarnos con calma mientras el reloj hacía lo suyo. Cada cual preparó su rol de actividades y se lanzó a la aventura. Yo no tenía apuro, recién a las nueve de la mañana había pactado una reunión con Malasia y, un poco más tarde, con Indonesia. China me había pedido una segunda reunión y acordamos que fuera hacia el mediodía. Después de almuerzo, Rumania y Corea cerraban mi lista.

La reunión con Malasia fue formal, simpática pero muy formal, acartonada, llena de fórmulas y convenciones; duró lo que duran estas entrevistas y con un apretón de manos quedamos en “comunicarnos”. Sin mayor aprieto y con el tiempo de sobra, me dirigí al penúltimo piso donde sería mi reunión con Indonesia.

Me recibieron dos señores, muy amables. Se notaba que ya habían hecho su tarea porque sabían perfectamente quién era y cuál era mi experiencia, conversamos de muchas cosas, de mí, de mis anécdotas como profesor, de mi estancia en México, de las nuevas circunstancias que me hacían volver a emigrar. Todo fue muy informal —dentro de la formalidad de la situación—, muy agradable —hasta donde tres desconocidos pueden agradarse— y muy cómodo —hasta donde puede ser cómodo llevar el terno aquel que me disfraza de quien no soy, sentado en un sofá hecho para tallas estándares y no para “extra grandes” como yo. Media hora transcurrió en un instante y al despedirse —cuando el siguiente entrevistado ya tocaba la puerta— me preguntaron si alguna de las personas que me habían evaluado se hallaba en la feria. Les dije “sí, Carol y Philip”, y les expliqué quiénes eran mientras les daba sus números de habitación. Con una sonrisa y un “estamos en contacto”, se dio por terminada la reunión.

Me encontraba en los corredores del primer piso, esperando mi segunda reunión con el colegio en China, cuando sucedió la primera revelación (todo gracias al buen consejo de Sally, “mantente visible, pasea por las diferentes salas, por los pasillos, cómprate un café donde todos lo compran, más de una vez se ha ofrecido trabajo en un ascensor”).

Mientras yo andaba haciendo cola para comprarme una gaseosa diet (“de esas que no engordan pero dan cáncer”), se me acercó Alan, uno de los reclutadores más simpáticos con los que había conversado, quien, aunque era director en Chipre, estaba buscando profesor para un colegio de uno de los Emiratos perteneciente a la misma empresa para la que trabaja. Me saludó con mucho afecto, me preguntó “¿cómo van las cosas?” y me dijo “quiero presentarte a alguien”. Abandoné la fila que me llevaba al reino del agua carbonatada y caminé unos pasos hasta las escaleras eléctricas que conducían al restaurante donde había desayunado mientras Alan me informaba: “Él es el director de nuestro colegio en los Emiratos para el que estoy buscando un profesor de español, quiero que te conozca”. Esperamos un instante hasta que terminó de despedirse de una señora que lo acribillaba a preguntas y nos acercamos; nos dimos las manos, intercambiamos algunas frases amables, me hizo un par de preguntas y se despidió con la misma cortesía con la que me había saludado. Alan se fue con él pero me dijo: “No te pierdas, que después hablamos”.

Yo volví por mi gaseosa, me encontré con una interesante profesora cubana que también buscaba un puesto “de profesora de español” y me distraje conversando con mi simpática competidora que, como casi todas, abrió enormes sus ojos negros cuando respondí a una de sus preguntas diciéndole “soy escritor”. La conversación con la cubana (divorciada, sin hijos, Nueva York, treinta y dos) terminó cuando el reloj me dijo que ya era hora de mover de nuevo el esqueleto rumbo al piso correspondiente.

Me detuve frente al ascensor pensando en cómo sería esta segunda entrevista con China. Me habían explicado que ser invitado a una segunda reunión con un colegio era magnífico, que generalmente se hacía para profundizar en el conocimiento del probable profesor y que sólo citaban a los que tenían “grandes posibilidades”. Eso me animaba; ir al Asia, conocer esa cultura milenaria, la Gran Muralla, las pagodas, los campos de arroz, las grandes ciudades industriales, Pekín y el misterio de ese país con tanta población que, como dicen que dijo alguien, “si todos los chinos se pusieran de acuerdo y patearan el piso a la misma vez, harían temblar el mundo”.

Me hallaba “enmimismado” frente al ascensor, en medio de mi fantasía asiática, cuando Alan se me acercó nuevamente. Llegó con esa sincera sonrisa que le ganó mi respeto, una sonrisa natural, bastante lejana de las otras miles que había visto, tan practicadas, tan impostadas, tan caricaturescas que me recordaban que, finalmente, estábamos vendiendo imágenes para que nos las compraran. Me preguntó si tenía “un minuto” y me llevó a un lado del corredor mientras me explicaba con ese tono paternal que en él se percibía honesto: “Quería que conocieras al director porque es con él con quien trabajarías”.

Si se tratara de una película, ese hubiera sido el momento preciso para poner la música de suspenso, sin embargo, el silencio que nos rodeó fue suficiente. Por tres segundos lo miré con la cara incrédula del náufrago que no sabe si eso que ve en el horizonte es la isla que lo va a salvar de los tiburones o un pedazo de madera que la distancia y la fatiga convierten en una falsa y cruel esperanza. Alan sonrió comprensivo y agregó, por si acaso las dudas no me dejaran entender lo que sucedía: “Te estoy ofreciendo la posición de profesor”.

Cuál habrá sido mi gesto que me dijo, “tómalo con calma, medítalo, y en la tarde conversamos, ¿seguramente debes tener varias citas más?”. Le conté las reuniones que me quedaban, hizo unos cálculos mentales y disparó: “Perfecto, no hay apuro, te espero a las seis y media, allí te haré la oferta económica y te daré los detalles del colegio, mientras tanto, anda pensando en la posibilidad de irte a vivir a los Emiratos”.