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Pancho VillaMéxico

Cualquier generalización es un atrevimiento pero, según conversaba con Páramo —no Pedro sino Gabriel—, es uno de los privilegios que tenemos los extranjeros cuando andamos de visita por tierras lejanas. “Vemos de un país lo que queremos ver”, me decía mientras hablaba de su experiencia con la gentileza y paciencia de las cajeras de banco y de los conductores limeños, gentileza y paciencia que yo —“peruano del Perú”, como el burro de Vallejo— no recuerdo. ¿Cómo huir de la arbitrariedad de un comentario que se constriñe a los pocos párrafos que siguen?, ¿cómo dar una opinión sin parecer complaciente o —tanto más complicado— sin que se convierta en una vivisección, torpe y sin anestesia, justo para que no se acuse al redactor de contemplativo con el país que momentáneamente lo aloja? No tengo idea.

México es un país inmenso, acogedor y hostil, pacífico y agresivo, tierno y feroz, egoísta y solidario, un país de extremos —horribles y maravillosos— que no puede encerrarse en las pocas líneas de un artículo y tampoco en las ideas preconcebidas con las que los extranjeros llegamos al aeropuerto.

Este México es más que Pancho Villa y sus dorados, más que las películas de Cantinflas o del indio Fernández, más que el Chavo del Ocho y Chespirito, más que Infante y Negrete, más que Cuauhtémoc y Cortés, más que Nezahualcóyotl y Rulfo, más que doña Marina y María Félix, más que mayas y aztecas, más que el Chivas y el América, más que tacos y enchiladas, más que el metro y los peseros, más que las trajineras de Xochimilco y los murales de Diego Rivera, más que el Zócalo y más, mucho más, que la matanza de Tlatelolco.

México —y nuevamente coincido con Páramo, quien afirma que México no es el Distrito Federal, aunque éste contenga en sí, torturada y transformada, la esencia que a aquél lo define— puede ser un lugar hermoso y pacífico, donde su gente, amable y servicial, es capaz de detener el tráfico en una ancha avenida sólo para darte las indicaciones de cómo llegar a tal o cual calle y donde, contrariamente a lo que sucedería en el Perú, los otros mexicanos, cuyos carros se hallan obstruidos debido a la gentileza del taxista, esperarán pacientemente sin tocar el claxon, golpear la lata de la carrocería o recordar a la santa madre del buen hombre. Sin embargo esta amabilidad esconde y domeña la violencia subyacente que, como una marejada imprevista, puede aparecer y convertirlo todo en una carnicería sangrienta si, por ejemplo, dos bandas de narcotraficantes deciden agarrarse a balazos para saldar quién sabe qué cuentas o si federales corruptos detienen en un retén a la camioneta equivocada y, como en la canción de “Los tigres del norte”, los delincuentes (molestos por la ambición del policía que pide “demasiado”), deciden sacar los “cuernos de chivo” y desatar un infierno.

México es un país violento, por eso su gente ha optado por vivir en una gris medianía, una medianía que sólo es rota —inocentemente y de vez en cuando— en las celebraciones exageradas, en las fiestas de quince años donde las familias se gastan lo que no tienen para que las niñas bailen con sus chambelanes, o en los entierros —festivos, musicales, opíparos y delirantes— cuando los mexicanos se sacuden el polvo del miedo, cantan, bailan y se burlan de la muerte a la que, de tanto temerle, le ha perdido el respeto.

Puesto a elegir entre ser pusilánime o asesino, el mexicano promedio, devoto de la Virgen de Guadalupe, elige no arrebatarle la vida a nadie; hasta que lo hace. Entonces las cosas sí se ponen feas. Los mexicanos no sacan la pistola para impresionar, para dárselas de valientes o presumir delante de la novia, la sacan para matar. Disparan a quemarropa y no se vienen con cuentos, la cacerina es para ser descargada, no para jugar al tiro al blanco. Las peleas entre bandas terminan en masacres, los crímenes son feroces y no es raro hallar cadáveres mutilados de personas cuyas muertes no sucedieron antes de una larga tortura que incluye quemaduras, extirpación de dedos y genitales, y decapitaciones.

Cuando la mafia mexicana decide eliminar a alguien, no se detiene en pequeñeces ni mide gastos, exagerada en las fiestas como en los horrores, manda a cuarenta sicarios armados hasta los dientes y, como dejar “un trabajo” inconcluso es sinónimo de desprestigio, no es raro que un afortunado sobreviviente de una matanza sea ejecutado en el hospital donde se encuentra recuperándose de la balacera anterior. Paradójicamente, los crímenes no son indiscriminados ni atolondrados, “eso de meterse a un restaurante y matar a veinte personas para pegarse un tiro después es de los gringos, que están locos”. El sicario tiene su tradición y su escuela, no es un improvisado; planea, prevé y ejecuta, tampoco es suicida; es temerario. No tiene ningún problema en que le peguen un tiro, “total, todos vamos a morirnos”, pero tampoco se amilana bajo una lluvia de balas.

La violencia está tan presente que, cuando una alumna me contó que su padre había sido asesinado cuando ella era aún una niña, nadie, en el salón, pestañó demasiado. Luego le pregunté indiscretamente cómo había sucedido, “¿fue un secuestro o un asalto?”, dije, “fue México”, respondió ella con la misma tranquilidad. En otra ocasión, mientras conversaba con una docena de personas, se me ocurrió preguntar cuántos habían tenido un asalto en la familia, todos levantaron la mano. Cuándo les pregunté qué sentían si se cruzaban de noche con una patrulla policial, contestaron “miedo”.

Pero la violencia no es la única característica palpable, sin el concepto de “malinchismo” los mexicanos no podrían explicarse jamás todos sus males, porque toda la culpa de las desgracias de ese pueblo hallan su origen en “la Malinche”, esa “traidora”. Que, doña Marina, sin saberlo y sin quererlo, les dio a la corrupción, a la haraganería y a la ignorancia, partida de nacimiento y madre conocida (el padre, aún no se ponen de acuerdo, fue Cortés o el Tío Sam, depende del ánimo y las circunstancias).

Ahora que los “gachupines” andan demasiado lejos, los mexicanos se ejercitan odiando a los norteamericanos, odiándolos y admirándolos; porque los envidian y los desprecian al mismo nivel, en iguales proporciones; los halagan y los escupen, los insultan y los obedecen, esquilman a sus turistas y son explotados por sus empresarios, todo en una misma circunstancia, todo al mismo ritmo. Dicen que Porfirio Díaz —el célebre dictador, tan querido y tan detestado— dijo: “¡Pobre México! Tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”, y algo de eso debe explicar esa adoración tan devota y tan pagana de la Virgen de Guadalupe, virgen colonizadora e indigenista, virgen intocable y nunca cuestionada, mediadora paciente entre el creador de los conquistadores y un pueblo abrumadoramente católico que ha hallado, sin embargo, su mexicanísima manera de ser y no ser al mismo tiempo, dejando varada, en las arenas del olvido, la dicotomía hamletiana, porque en México —como bien me lo enseñó José Antonio cuando recién aterricé en estas tierras— todo es sí y no, a la vez, al mismo tiempo.

Así tenemos, por ejemplo, que los futbolistas son tachados de incapaces pero no existe un solo restaurante en México sin un televisor para ver, a todo momento y todos los días, alguno de los cientos de partidos que se transmiten para el deleite y orgullo nacional. Tenemos a un presidente autodenominado “legítimo” —el candidato que perdió las elecciones — que le llama “espúreo”(sic) al gobierno elegido democráticamente —nos guste o no— y del cual —allí reside la paradoja— reciben sus jugosos sueldos todos sus democráticos congresistas, quienes, para no confundirnos, participan legítimamente del gobierno ilegítimo. Tenemos que “mi casa es tu casa” y las invitaciones campean al por mayor pero es rara la vez que se concretan en visitas reales. Tenemos que la más grande empresa nacional —Pemex— arroja pérdidas astronómicas justo en los tiempos en que el petróleo ha alcanzado sus mayores precios debido a una corrupción orgánica que todos quieren preservar en nombre de la “dignidad nacional” (delicioso eufemismo para aludir al clientelaje partidario y sindical con puestos de trabajo que se heredan “revolucionariamente”, al mejor estilo monárquico). Tenemos que las canciones más populares son los narco-corridos (que cantan y conocen todos, desde los más pobres hasta los privilegiados alumnos de las universidades más “fresas”), himnos modernos que narran las “hazañas” de los narcotraficantes y denuestan la corrupción de la policía (composiciones distribuidas en discos compactos que, obviamente, exigen el respeto a los derechos de autor que esa policía corrupta protege). Tenemos decenas de periodistas asesinados año tras año ante la impasible mirada de las fuerzas del orden y el silencio cómplice de las dos grandes cadenas que monopolizan la televisión, empresas que, no obstante, ponen el grito en el cielo si el gobierno pretende disminuir los gastos en propaganda electoral; los muertos pasen, ¿pero recortar el presupuesto para comerciales? ¡Ese sí es un atentado contra la libertad de expresión! Tenemos que dos locutoras de una radio comunal son asesinadas y en la Escuela de Comunicación más prestigiosa (o, al menos, la más cara) del DF, nadie dice nada (¡peor!, nadie se entera de nada). Tenemos y no tenemos, sucede y no se sabe, se sabe y no sucede, así y así, sí y no, definitivamente, posiblemente, eventualmente.

Todas éstas son o parecen ser (sí y no) máscaras que son usadas no para disimular una cara —bella o espantosa, falsa o verdadera— sino para ocultar el hecho feroz de que a veces —muchas veces— el continente no tiene contenido, el vacío lo llena todo y debajo de ellas —de las máscaras ridículas o feroces— no se halla ningún rostro.