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Mil setecientos cincuenta y seisMil setecientos cincuenta y seis

Como si de una escena en cámara lenta se tratara, escuché la voz de la encargada de la línea aérea, “el costo por el nuevo pasaje...”, sentía el latido de mi corazón cada vez más acelerado, “...descontando la parte proporcional...”, ella parecía disfrutar cada una de las sílabas que sus labios pintados de rojo iban soltando, “...no utilizada del pasaje anterior...”, como telón de fondo, los últimos pasajeros abordaban el avión sin percatarse de mi existencia, “...asciende a la suma de...”, ¡definitivamente estaba sonriendo!, “...mil setecientos cincuenta y seis dólares...”. “¿Perdón?”, “mil setecientos cincuenta y seis dólares americanos”, “pero...”, “¿va a cancelar en efectivo?”, “señorita, ¿usted cree que yo cargo mil setecientos dólares en los bolsillos?”, “mil setecientos cincuenta y seis, señor” (y seguía sonriendo), “pero, ¿y este pasaje?”, decía yo defendiéndome con el boleto anterior en la mano, blandiéndolo como la inútil espada de mi salvación. “Como ya le dije (con mirada furibunda de “¿este tipo será tarado?”), el boleto anterior ha sido considerado como parte de pago y el saldo es...”, “sí, sí, mil setecientos cincuenta y seis”. “Exactamente. ¿Con qué tarjeta pagará?”.

Tuve diez segundos fuera de este mundo, deambulando en mis propios pensamientos, preguntándome si así iban a ser las cosas, si había hecho bien en emprender esta hégira, este nuevo exilio (el tercero en tres años) a tierras tan distantes, tan desconocidas. Debo confesar que rendirme fue la opción, tirar la toalla como en el boxeo, reconocer, como un buen jugador de ajedrez, que más allá de los próximos diez movimientos el jaque mate era inevitable y acostar al rey antes de la humillación, entregarme a las aguas como el náufrago que ya no rema porque sabe que el mar es infinito y no hay tierra firme que lo ampare. La derrota, esa bruja fea que se disfraza de muchacha hermosa, me sonreía impúdica y lujuriosa. ¿A qué seguir, a qué andar esos miles de kilómetros, a qué empeñarse en un viaje que empezaba tan complicado, como el mal agüero de sí mismo?

Pero sólo fueron diez segundos, luego sonreí, me sacudí los malos presagios, espanté a los buitres y mirándola con ojos de Clark Gable en la escena final de Lo que el viento se llevó le dije “realmente, querida...”, y saqué raudo, como quien desenfunda primero, la billetera y de ella, ¡oh bendición de esta plástica modernidad!, la tarjeta dorada que Emma me había dado como contraparte generosa de mis alicaídos ahorros. La puse displicente sobre el mostrador justo en el momento en que llegaba “el cajero móvil”, que no era él sino ella, una dulce chilenita con sonrisa de bienvenida que alivió por un instante mi mal rato antes de soltar el “firme acá, señor” y ofrecerme un recibo por no sé qué exorbitante cifra en cientos de miles de pesos que se me atragantó en el alma (si me permiten la figura).

Al mal paso darle prisa, así que firmé sin pensar demasiado, ya en Indonesia vería quién asumía el costo, en el peor de los casos, pagar esa horripilante suma era mejor que quedarse sin trabajo. Enseguida me entregaron los boletos nuevos que desviaban mi ruta original por territorios que no requerían —al menos para pasajeros en tránsito— el odioso trámite de la visa, sello infame que en nombre de bonanzas y escaseces separa a los países que en el mundo son. “Sólo hay una salvedad”, me dijo la muchacha que de pronto pareció afearse, “los boletos del subsiguiente tramo no han podido ser emitidos y, llegando a Auckland, deberá acercarse al counter de tránsito, le darán todos los bordinpás que le faltan...”. ¿La pesadilla empezaba de nuevo?

No tuve tiempo de pensarlo. “Debe abordar de inmediato”, me dijo la encargada distrayéndome de los malos pensamientos. “Necesito saber a qué hora llego a Yakarta, señorita, porque me están esperando el viernes a las siete...”, “su vuelo está programado para aterrizar en la capital de Indonesia el sábado a las ocho de la mañana...”, “¡el sábado a las ocho!”, repetí pasmado y ella se limitó a responder con un automático “sí, señor, a las ocho”, “¡tengo que avisar!”, “pero el vuelo ya va a partir...”, “pero...”, “no podemos esperar demasiado, señor, ya se dio la última llamada y en unos minutos cerraremos las puertas...”, “¡ya vengo!”, dije atolondradamente mientras corría a mi teléfono público; el aparato seguía allí, esperándome.

Saqué como pude las tarjetas del bolsillo, el papel con el número de Gaby, y comencé, otra vez, el procedimiento inacabable, los cien mil dígitos, la grabación odiosa y los errores inevitables. Tres veces, tantas como Pedro negó al Cristo de los creyentes, tres veces tuve que marcar esa relación infinita de números y, por fin, a la tercera, me contestó Carlos, alegre y positivo como siempre, “¿y gordito, te quedas en Chile?”, me dijo y yo, ¡malcriado de mí!, respondí seco y cortante, “Carlitos, se va el avión, pásame a Gaby”. Él, que además de un gran amigo, es un ejecutivo práctico, puso a Gabriella en el auricular y le dije “copia” y ella, amorosa y paciente, amiga noble que un indigno neurótico como yo no merece, copió el correo electrónico de mi jefe y el mensaje que dicté cual texto de antiguos telegramas: “problemas visa australia cambio vuelo llego sábado ocho a eme”, mensaje absurdo que ella, luego lo supe cuando leí la copia que envió a mi propia dirección, convirtió en una maravillosa carta donde explicaba en perfecto inglés, concisa y precisa, mis penurias y la solución alcanzada.

Colgar casi sin despedirme, salir corriendo arrastrando el maletín de la computadora y el libro de quinientas páginas que iba a leer durante el viaje, pasar por el último control, avanzar por la manga abandonada ya, llegar jadeando a la puerta del avión y encontrarme con una aeromoza espectacular cuya sonrisa de propaganda (¿o fue la minifalda?) me devolvió el aliento. Por supuesto que el avión estaba lleno, que mi sitio era pequeño e incómodo, que en los compartimientos no había lugar para mi maletín que terminó quién sabe dónde y que yo, que siempre especulo más de lo recomendable, empecé a preguntarme si habría hecho todo este desgaste de energías para nada, si el avión, como ocurre una en tantas, decidía no levantar la nariz y retirarse del negocio con el detalle un poco angustiante de retirarnos, por el mismo precio, de la profesión de estar vivos. Un par de brasileras que desafiaban el frío santiaguino con sus breves prendas, tuvieron la bendita labor de distraerme y el pájaro de acero venció la ley gravedad una vez más y volamos.

¿El viaje? ¿Vale la pena contar el tedio de catorce horas sentado en un avión incómodo? Felizmente, dormí poco la noche anterior y el ajetreo del cambio de vuelo me cansó lo suficiente para pasármela como un zombi durante la mayor parte del camino. La computadora, el libro de las quinientas páginas y hasta algún papel en el cual garabatear algunos malos versos, estaban irremediablemente fuera de mi alcance en el maletín que la aeromoza guardó en algún lugar de la nave; el control de la pequeña pantalla que tenía al frente, para variar, no funcionaba; mi vecino era aburrido y las brasileñas dormían como ángeles cuyo sueño no me hubiera atrevido a interrumpir. Ergo, dormí. Mi oído, finamente adiestrado, me despertó cada vez que pasaba cerca el carrito de la comida y el resto del trayecto fue un infinito deambular por el mundo de las sombras, hundido en el sopor de mis propios pensamientos.

No hablaré de los ataques de desesperación, de la pequeñez violenta de los asientos, del dolor del cuello, de las rodillas ateridas, de las manos hinchadas, de articulaciones quejumbrosas ni de la espalda que cada tanto me recordaba que odiar a los de “feirst” y “biznes” no era pecaminoso. No hablaré de mis pensamientos, de mis ilusiones y de mis fantasías, de mis ocupaciones y preocupaciones, de mis intestinos en son de rebeldía ni de mi paladar seco como el desierto de Atacama después de varias horas aspirando ese detestable aire acondicionado.

Sólo diré que el vuelo llegó a Nueva Zelanda, que allí me recibieron amables, que una vez más me revisaron el maletín y el celular por si era un terrorista encubierto que viajaba alrededor del mundo y que, cuando pregunté por el “counter de tránsito” se demoraron en entender mi mal inglés tanto como yo me demoré en comprender sus instrucciones. Sólo cuando llegué al mostrador que me habían indicado y la señora muy amablemente me lo hizo notar, me di cuenta de que eran las dos de la mañana y que mi vuelo, que había sido preparado por la gentil encargada de la compañía aérea en Chile, salía rumbo a Singapur a las once de la noche...

Desde la isla de Java, 23 de agosto del 2008