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Fotografía: Tim PannellFalsa alarma

No soy yo ni mi pinta de “bulé” aún sorprendido en medio de esta marea de mujeres que se va apoderando del ambiente, quien llama la atención de la minifaldera que se acerca a pasos agigantados, es uno de mis compañeros. Es hacia él —cuyo anonimato me permito— que se acerca la muchacha aquella; no tiene 25, tiene 28. Detrás de ella aparece —menos agraciada pero más decidida— otra amiga. ¿Sus nombres? Los supe, pero ya no me acuerdo. Reales o ficticios, tenían esas “i griegas” precedidas de doble consonante que resumen en “quiero ser” inconfundible. ¿Fanny, Jenny, Sussy?, no importa, lo único cierto es que una de ellas había salido la semana anterior con mi amigo (es decir, “salido” de la discoteca donde la conoció y “entrado” a su departamento).

En la conversación que sobrevino, los lugares comunes se sucedieron uno tras otro, como las motocicletas en las calles de Indonesia. Que el clima (que en Yakarta siempre es el mismo, calor, con lluvia y sin ella —y esa noche llovió a cántaros—), que el ambiente, que la música, que la gente, “qué te tomas” y un decente jugo de naranja para empezar la noche, y “¿pero, ni una cerveza conmigo?”, y risitas y más frases comunes, “qué linda”, “me encanta tu falda”, “qué bonita está tu amiga”, “qué bien te queda el rojo” y la música martillando y los hombros moviéndose o tratando para seguir ritmo y “sí” y “no” y la repetición hueca de los “cómo estás”, “¿qué te parece el lugar?” y “¿habías venido antes?”.

Me aburro. Ellas ríen tontamente, como supongo que debe ser la risa forzada por estas situaciones. Beben el jugo de naranja, se muestran sorprendidas ante los avances de mi amigo y al mismo tiempo se le contonean a diestra y siniestra. Otro de nuestro grupo se ha ido “por más cerveza” y se ha detenido a conversar con una muchacha de ropa apretada con la que ya había cruzado largas miradas. Regresa riéndose, pero riéndose de verdad. “¿Vieron a ese tipo?”, nos pregunta a viva voz tratando de hacerse escuchar en medio de la música ensordecedora. Lo vemos, es un armario de casi dos metros de alto, espaldas anchas y cráneo angular, de esos que revelan pocas neuronas, no sabemos cómo es su cara pero la imaginamos perfectamente imbécil mientras la muchacha lo abraza y vuelve a regalar miradas cómplices a nuestro amigo. “Estaba en plena conversación, diciéndole lo linda que era y preguntándole si quería bailar conmigo, cuando sentí una presencia incómoda a mi lado, volteé y lo vi, me miraba molesto y me dijo que ella era su novia, así que sonreí, lo felicité y me fui...”. “Seguro que la tiene reservada toda la noche...”, intervino el cuarto de nosotros, tablista cuarentón con más de cuatro años visitando estas tierras, “ésa ya está pagada, búscate otra”, sentenció.

En el salón de al lado hay una mesa de billar. Juegan tres mujeres y dos hombres. Ellas, las tres, están de negro, labios rojos, cigarrillo en la boca, ligeros vestidos de algodón o apretados pantalones, escotes pronunciados, tacos altos; parecen uniformadas. Todos miran —miramos— cómo se agachan provocadoras cada vez que les toca jugar, se estiran por sobre la mesa como gatas perezosas, se ponen en puntas de pies, levantan las caderas y se sonríen entre ellas mientras los sujetos —simplones, descamisados, con el gesto estúpido que sobreviene después de la quinta cerveza, con sus relojes recargados, sus cadenas de oro y sus seis décadas encima— las miran babeantes, desesperados porque ese jueguito termine de una vez por todas en la habitación del hotel donde se alojan.

No son los únicos; el ambiente está lleno de estos extranjeros, los hay de todas las edades pero hay dos grupos grandes y fácilmente diferenciables: el primero lo conforman los que deambulan entre los veintimuchos y los treintaipocos (muchachos afortunados a los que la distancia y los sueldos de expatriados les ofrecen libertad y seguridad, conversan, ríen, fuman y beben cerveza mientras esperan —con la segura calma de saberse jóvenes— “a la de esta noche”); y, el segundo, el de los tipos que deben andar acabándose los cincuenta o jugándose ya buena parte de la sesentena (peinan canas —si tiene pelo—, cargan vientres abultados, no guardan ni modales ni formas y lo toman todo como sintiéndose con derecho, son prepotentes y salivosos, y miran a las mujeres con los ojos vidriosos y febriles de los que tienen poco tiempo).

Junto a la mesa de billar hay otro grupo de chicas conversando bajo el fuego de las miradas de los sexagenarios que pululan con sus “güisquis” en las manos. Una de ellas, inmensa, morena, de ojos y labios grandes, es la que más llama la atención. Lleva un vestido morado cuyo algodón muestra sin vergüenza alguna un cuerpo que aún no necesita de sujetadores que sostengan lo que dentro de algunas primaveras cederá al omnívoro poder de la gravedad. Uno de nosotros —el de la escena del novio celoso— decide que “ya es tiempo”, y se lanza directamente al pozo mientras desoye los consejos del otro —el tablista— que le dice “tiene demasiados hombres alrededor”. Al final, los dos se van juntos mientras la de morado se ríe de buena gana con un tipo canoso que seguramente no conoce. Los pierdo entre la multitud.

Quedamos los cuatro, y mi amigo —el de la amiga de la salida— se multiplica en bromas, gestos e insinuaciones, tratando de convencer a las dos muchachas para que se beban una cerveza (“sin alcohol, siempre se ponen más difíciles”), pero nada; ellas juegan otro partido. En la segunda cita las reglas empiezan a cambiar, no mucho, pero cambian. Ellas no están allí para un nuevo “choque y fuga”, ya no son “como las otras”, hablan con más familiaridad y buscan un reconocimiento, un gesto, una actitud, que las haga, si no oficiales, al menos oficiosas.

Yo me aburro de escuchar frases hechas y mi amigo de decirlas, así que él, que tiene menos paciencia y más movilidad que yo —que estoy sentado en uno de esos bancos odiosamente altos que tienen las cantinas y mantengo el precario equilibrio apoyado simultáneamente contra la pared y la mesa—, decide irse “a rescatar a los otros”. Me quedo allí con las dos mujeres, rodeado, emboscado en mi incapacidad absoluta por mantener una farsa en la que no tengo ningún interés. Lamentablemente, la idiotez no es afrodisíaca.

Una de ellas es sencillamente estúpida; tratar de conversar el más trivial de los temas es como pretender explicarle física cuántica a una foca, decido ignorarla, ella decide lo mismo y se pone a buscar medio desesperada el rastro de mi compañero. La otra, en cambio, tiene, además de la minifalda, una historia que contar y ganas de hacerlo, habla con calma, como quien sabe que posee a su favor el tiempo. Su vida empezó temprano, “a los diecisiete”, cuando conoció a un australiano en la oficina donde fungía de secretaria. “Fui su novia por diez años”, me dice. “Estaba casado” —me aclara cuando le pregunto por qué pelearon—, “yo era su mujer en Indonesia, él tenía esposa e hijos en Australia, viajaba a verla cada dos semanas, y a mí no me importaba, me mudé con él y vivimos juntos por casi diez años”. El último alarido del rock que casi me revienta los oídos no me deja entender la razón de la pelea, pero escucho “viajé hasta a Sydney para aclarar las cosas y volví sola, ya no confío en los hombres”. No hay cólera en sus palabras, ni siquiera decepción o tristeza, sólo indiferencia, la misma indiferencia con la que ve a su amiga —la mono neural aspaventosa que se aburre como un hongo al lado suyo— tratando de devorarse a nuestro amigo que regresa sonriendo.

“Yo que fui a salvarlos de la vergüenza de ser ignorados por la del vestido morado y ellos que ya no estaban”, “¿no estaban?”, “no, resulta que se metieron sin pedir permiso en la conversación y el viejo salió perdiendo”, “¿y, a dónde están ahora?”, “al fondo”, “¿al fondo?”, “sí, al fondo hemos descubierto un ambiente al aire libre donde están dando un concierto, ¡hay un montón de mujeres!, ¡vamos!”. Y fuimos (la elemental renegaba como niña con berrinche, “yo he venido para estar con otras mujeres”, pero igual partió abrazada de mi amigo).

Pasando el comedor, que está en el centro del local, se llega a una zona al aire libre donde una rubicunda añosa, desentonada y con sobrepeso atronaba lo que sospeché que era una canción en una especie de escenario que se alzaba al fondo. La fauna allí era (lo fue por un rato más) diferente.

En la barra, donde un andrógino sujeto lleno de aretes servía cervezas, vi lo imposible. Era un ángel cuyas alas, perdidas tras algún combate contra el mal, la habían condenado a esa Sodoma postmoderna. Era bella, con esa belleza extraña que combina la armonía de las formas, la inteligencia del rostro y la serenidad de la mirada...

Desde la isla de Java, 20 de octubre del 2008