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Aeropuerto Internacional ChangiVacunas en Tailandia

Llegué tan temprano al aeropuerto que la señorita aquella del moño ceñido y los ojos licenciosos me preguntó, entre coqueta e incrédula, “¿seguro que no desea viajar en el vuelo de la mañana?, estamos aún a tiempo...”. Dije que sí porque me es complicado decirle no a las chicas buenas que parecen malas y porque ese “estamos”, tan plural y tan falso, me encantó. Además —la feroz verdad sea dicha—, dije que sí porque tengo una vieja y escatológica fijación con los baños y, entre los de Yakarta (viejos, escasos y sucios) y los de Singapur (nuevos abundantes e impecables), “no hay dónde perderse”, como solía decir mi amigo Pedro.

La espera en el Aeropuerto Internacional Changi de esta ciudad/isla/estado fue plácida y pasteurizada. Singapur es el ejemplo de cómo una sociedad odiosamente punitiva —que multa todo y por todo, con leyes que se cumplen o vas preso— funciona porque los seres humanos seguimos siendo unos patanes, más o menos simpáticos, con arranques bárbaros que hay que contener a punta de gendarmes (que, claro, también son salvajes pero con uniforme y autorizados por el gobierno por eso del “monopolio estatal de la violencia” que estudié hace veinte años en la Facultad de Derecho y que nunca terminé de creerme porque eso de que “las bestialidades son exclusividad del Estado” me sigue sonando ligeramente fascista). Con todo —y perdóneseme la previa y melancólica digresión—, la gente amable, los servicios impecables, la comida sabrosa, las ofertas llamativas y las mujeres hermosas hacen de la espera en el terminal aéreo singapurense un buen momento para relajarse y comprarse (con tarjeta de crédito) esas mentiras deliciosas del progreso y el “confort”.

El vuelo a Tailandia fue cómodo y amable como las azafatas de la línea aérea más célebre del sudeste asiático (con sus metro setenta, sus piernas infinitas y esos inolvidables vestidos —al mismo tiempo sensuales y elegantes— que hacen olvidar al más asustadizo —mea culpa— el natural temor que nos causa volar con alas prestadas). Noventa minutos son suficientes para gozar de una atención amable e impecable y llegar al moderno y frío aeropuerto tailandés.

Lo que sigue es la rutina (en infinitivos —por lo interminable—) de tratar de ser admitido en un país como el turista simpático y endeudable que uno pretende ser ante los encargados de migraciones que en casi cualquier parte del mundo (no en Singapur donde hasta caramelitos te regalan) nos odian un poquito.

Avanzar por largos pasadizos, arrastrar el maletín de mano (que siempre pesa demasiado), revisar los papeles, ignorar la tienda de chocolates, llegar a la fila de espera y escuchar a la señorita encargada (que, por no parecer débil, nunca sonríe) que debo ir no sé a dónde —porque no entiendo su inglés tan mascado como el mío—, verla desesperarse tratando de explicarme lo que no comprendo y saber que no me va a dejar pasar, que debo hacer algo —no sé qué— que no hice antes, allá, por donde vine, a la izquierda.

Dar media vuelta, buscar al uniformado más cercano, explicarle lo que no tengo claro, verlo pensar, oír pedirme el pasaporte, dárselo y observar cómo descubre lo que sucede, cómo se le ilumina el rostro con el acierto, cómo sabe ya que es indispensable que presente un certificado de haber sido vacunado contra no sé qué odiosa enfermedad tropical (nadie entiende que Lima no es Iquitos) contra la que mi neurosis me vacunó hace meses justamente porque venía al Asia y allá (en América) son ellos (los asiáticos) los posibles infectados que se libran de la cuarentena indignante después de la propina respectiva con la que el de migraciones se hace que vio, aunque no viera, el certificado correspondiente (pero ese es otro cuento y es largo como la corrupción que tan emotivamente nos hermana).

Entender, aceptar, regresar, encontrarse con el cartel ignorado, leerlo (“relación de países que requieren certificado de vacunación contra la fiebre amarilla”) y acercarse al mostrador que dice algo así como “control médico” para darse cuenta —ingenuo inútil— de que a la media noche no hay nadie que atienda, nadie que ponga el sello indispensable, nadie que demuestre que no tengo fiebre amarilla, nadie que decida que me encuentro lo suficientemente sano como para compartir mis días (y mis noches) con la tremendamente amable población tailandesa.

Esperar, dar vueltas, aprender cada uno de los carteles que anuncian cualquier cosa, zapatear aburrido, silbar un valsecito nostálgico, retar a la paciencia, empezar a maldecir quedito, como quien no quiere, preguntarse dónde diablos está “el doctor”, dar más vueltas, y entender que cuando el encargado de otro mostrador dice “toque” es por voluntarioso y no porque piense que soy tarado y que aún no he golpeado la puerta del cubil donde los burócratas suelen esconderse para hacernos creer que hacen algo importante mientras duermen o dormitan su flojera.

Aceptar como válidas las caras de “no sé” y los “espere” de cualquier uniformado que pasa por el corredor y verificar, media hora después, que el médico regresa caminando pacientemente de la cafetería, del baño o de donde fuera que se fue, que no pide disculpas, que no mira a los ojos, que se sientan en el trono de su silla reclinable, que se escuda tras el poder efímero del mostrador que lo protege, que me entrega aburrido un formulario, que me dice “llénelo” sin explicación alguna y que se pone a leer quién sabe qué revista en un alfabeto incomprensible.

Poner “no” en todas las casillas, jurar que soy más sano que un atleta adolescente, que no he estornudado en el viaje ni porto en mis venas bacteria alguna que ponga en peligro la seguridad nacional, ver cómo al tipo no le interesa lo que escribo, observar cómo ignora mi certificado de vacunación, cómo me dice “firme”, cómo detesta estar allí a esa hora, cómo pone el sello y dice “vaya” como quien dice “déjeme en paz” y enterarme (en el desayuno de la mañana siguiente) que “no se necesita ninguna vacuna ni certificado, eso de la vacuna obligatoria lo dicen los carteles pero como necesitan más turistas basta con llenar la ficha donde declaras que estás sano y te dejan pasar”.

Volver por donde fui (y de donde me devolvieron), hacer otra cola, encontrarme (¡malditas coincidencias! —“señales” las llamaría mi amigo Boris—) con la misma antipática encargada de Migraciones, fraguar otra vez una sonrisa, repetir “turismo”, “una semana”, “gracias” y pasar a buscar una maleta roja que —¿señales, anuncios, premoniciones?— da vueltas en la banda sin fin, abandonada e inútil, como la prostituta que espera —ya sin esperanza—, en la calle infinita, al cliente trasnochador de presupuesto exiguo que anda pidiendo descuentos a las cuatro de la mañana.

Desde la isla de Java, 2 de marzo del 2009