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Ilustración: LopetzPing pong (dos)

“No le invites nada a nadie, sólo mira el show” fueron las indicaciones de Joe y yo las seguí al pie de la letra. El lugar estaba deliberadamente mal iluminado pero alcanzaba la poca luz para poder darse una idea del territorio. Una barra a la izquierda estaba atendida por una mujer que superaría la cuarentena (aunque es muy difícil calcularle la edad a una mujer asiática que bien puede “comerse” diez o quince años sin ningún problema).

A la derecha se levantaba una especie de escenario sin paredes, como la pista de un circo donde desde todos los lados se puede ver lo que sucede. Al centro había un tablado a un metro del suelo. Alrededor se habían acomodado sillas como si de una platea se tratase y, más allá, en otro alrededor más alejado, se distribuían tablas largas que, a modo de mesas, contenían las botellas y los vasos de los muchos que allí se hallaban sentados en bancos más elevados.

En el lugar habría un centenar de personas. Entre los clientes vi dos tipos bastante diferenciados; por un lado los “turistas”, los curiosos que, acompañados de sus parejas, se hallaban allí porque la guía de viajeros recomienda no perderse el espectáculo; y, por el otro, los “clientes”, también turistas, también extranjeros, también atraídos por las noticias, pero —además— ávidos, sedientos, interesados en hacer de ese momento sólo el comienzo de una larga jornada de aventura.

El “sólo agua” fue suficiente congelante como para desanimar el primer avance de las que a mi alrededor pululaban. Alguien que en un bar pide agua es sospechoso en cualquier parte del mundo, allí no fue una excepción. Sin embargo, dos o tres mujeres, entusiastas, distraídas o desesperadas, se me acercaron, me sonrieron y me dijeron algo que supuse que era un “¿te acompaño?” al que, cada vez —fiel a los consejos de Joe—, respondí con el “no, gracias” mata-pasiones. Al poco rato se desanimaron por completo y pude apreciar el espectáculo sin distracciones.

En el centro del escenario había una muchacha que se movía —con poca sensualidad y menos ritmo— mientras se iba desprendiendo de la escasa ropa que la cubría. Un detalle interesante fue que, al quitarse la breve tanga no la puso en el suelo, previsora y profiláctica la amarró a uno de sus muslos y siguió con el espectáculo. Después de unos cuantos movimientos pélvicos comenzó a hurgar entre sus piernas y sacó de entre ellas la primera porción de una cuerda que me pareció interminable. Era de esos materiales que brillan frente a la poca luz, como los collares o brazaletes que usan los jóvenes en las discotecas cuando se ponen a realizar esos frenéticos movimientos del “trans”. El espectáculo duró unos cinco minutos, el movimiento era más o menos reiterativo y la artista iba girando sobre sí misma para que todos, desde todos los ángulos, pudiéramos observar su desempeño. Los grupos de turistas se reían entre animados y nerviosos; los hombres aplaudían y pedían “más” y las mujeres se decían cosas entre ellas que generaban más comentarios y más risas.

Todo lo que siguió fueron variaciones de lo mismo. Entendí que la idea era demostrar todo lo que estas mujeres eran capaces de almacenar en el útero al mismo tiempo que realizaban algunas proezas pélvicas. Ignoro si había algún truco, la luz era poca y los actos lindaban con los artificios circenses de un mago.

Después de la muchacha de la interminable cuerda sicodélica, pasaron por el escenario media docena más de chicas con diferentes “especialidades útero-vaginales”. El espectáculo era —al comienzo— más o menos el mismo; un par de minutos de contorsiones que pretendían ser sensuales al mismo tiempo que se quitaban las ropas y amarraban la pieza inferior del bikini en uno de sus muslos, como si de una especie de cábala o amuleto se tratase. Luego venían las variaciones y cada una se empeñaba en realizar un acto más complicado. Así, una se sacó unos muñequitos de papel, otra pañuelos de colores, otra apagó una vela con el aire que —no sé cómo— acumuló en la matriz, otra se introdujo un plumón en salva sea la parte que de inmediato utilizó (la parte sosteniendo el plumón) como si de una mano diestra se tratara y fue capaz de dibujar en un papel una especie de diablo que decía “bienvenidos” en inglés.

Dos de los actos más aplaudidos fueron el de la que destapó una botella a fuerza de contracciones pélvicas para después introducirse en el útero el contenido de una célebre gaseosa y expulsarlo delicadamente —y sin derramar—, dentro de otra botella transparente; y el de la más audaz —o imprudente— de todas, que retiró de entre sus piernas unas tres docenas de cuchillas de afeitar atadas sucesivamente a una cuerda delgada que iba sacando con más cuidado que gracia mientras los turistas miraban pasmados y las otras chicas la ignoraban más preocupadas en conseguirse un cliente que en ver esa presentación de la que son parte cinco o seis veces cada noche.

El penúltimo acto fue el de las pelotas de ping-pong (y es de allí de donde toma el espectáculo su popular nombre). Una joven, que cumplió con todo el ritual previo, despidió, sacó, expelió y desalojó de su cuerpo media docena de pelotas de ping-pong. Pero ese sólo fue el comienzo, luego se dedicó a jugar a “mete la bolita en el vaso” (introduciéndolas nuevamente y expulsándolas del susodicho espacio corporal) y anduvo un buen rato afinando la puntería hasta que logró llenar el bendito vaso con las seis esferas blancas.

La última presentación fue el “sexo en vivo” y acá ocurrió algo digno de ser mencionado. Cuando la chica de las bolas de ping-pong había terminado, dos jóvenes pasaron al escenario y se dedicaron, por algunos minutos, a realizar lo que debía ser un lujurioso, sensual y excitante baile lésbico. Al rato, como dejando a la clientela con la miel en los labios, una de ellas se retiró entre miradas matadoras y cedió el terreno al único hombre que se apareció en el tabladillo. Estaba como su madre lo parió, absolutamente desnudo, mostrando, arrogante, su virilidad a tope cubierta solamente con un transparente preservativo de plástico (dicho sea de paso, Tailandia es uno de los países donde la prevención y control del sida a través de las distribución masiva de condones ha permitido la disminución significativa de esa y otras enfermedades de transmisión sexual).

Lo que siguió fue el más aburrido espectáculo de sexo en vivo que se pueda imaginar y, sin embargo, a pesar de su nulo erotismo, fue una demostración espectacular de malabarismo y control muscular. El sujeto y la mujer se acoplaron y, así, como si de un solo cuerpo se tratara, empezaron a realizar una serie de movimientos que casi nada tenían de sexual y sí mucho de equilibrismo, colocándose en cuanta posición pudiera uno imaginarse con el detalle de que en ningún momento separaron las respectivas pelvis.

Lo singular para mí no estuvo en el desempeño de esta pareja sino en las que se hallaban entre los espectadores. Todas las mujeres occidentales reaccionaron con risas nerviosas cuando el individuo en traje de Adán entusiasmado se paró exhibicionista en medio del escenario, luego, cuando el acto comenzó se fueron haciendo comentarios, volteaban donde sus novios (maridos o amantes, vaya uno a saber) y rápidamente abandonaban el lugar. Al final de los diez minutos de la presentación sólo quedábamos en la sala los solteros y las muchachas solícitas y de faldas diminutas.

Al parecer a las jóvenes (y a las no tanto) que allí se divertían viendo a las muchachas introducirse y sacarse a través de la vagina cuanto objeto estrambótico se les pudiera ocurrir, les afectó o les ofendió ver al hombre desnudo y el sexo acrobático que desarrolló con su pareja de turno. Encontré cierta majadería, mucho de doble moral y algo de cinismo en esa actitud ambivalente que se divierte frente a la mujer y su sexualidad convertidas en espectáculo circense pero que rechaza con cierto mohín de dignidad ofendida al hombre orgulloso y erecto que se les pasea por la cara.

Cinco minutos después terminaba el espectáculo y entraban nuevos clientes, algunos solos, otros en pareja, se sentaban alrededor del escenario y volvían las mismas chicas a repetir, una vez más, la misma rutina.

Debo confesar que el asunto —después de la sorpresa inicial— se hizo monótono y empalagoso, que el vaso de agua —a precio infame— se me terminó, que estaba cansado y que me fui a comer una hamburguesa porque tenía hambre y al día siguiente debía levantarme temprano porque nos íbamos, con Eddie y Julieta, de viaje a Pattayá...

Desde la isla de Java, miércoles primero de abril del 2009