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HaitíEn contra de la esperanza

Cuando Pandora cerró el ánfora y logró retener a la Esperanza dejándonos a los mortales con los bienes en estampida y los males infestando el mundo a su antojo, ¿nos hizo un favor o cumplió —total, los griegos eran predeterministas— con un macabro plan que el incontinente Zeus había trazado, rencoroso y enfurecido con la generosidad de Prometeo para con los humanos? Eso no está claro, pero muchos siglos después de que esa creencia se hiciera mitología, José Zorrilla escribió “la esperanza es de los cielos / precioso y funesto don” y bien pueden esos versos servir de respuesta.

Recuerdo que en mi casa había, cuando éramos chicos, un hermoso libro cuyas tapas estaban forradas en pan de oro. Alguien, ya no sé quién, se lo regaló a mi hermano. El libro, que no era tal sino un montón de hojas en blanco bellamente empastadas, contenía, escritas a mano, una serie de frases y refranes. “El que vive de esperanza, muere desesperanzado”, decía una de sus páginas y siempre me he preguntado qué tan cierto es aquello.

En Haití, por ejemplo, y esto me lo contaba Giori que se ha ido allí a ayudar de verdad a los que lo necesitan y no se queda, como nosotros —en nuestras cómodas casas— o como los periodistas mercenarios —atrincherados cobardemente en los hoteles—, veinte mil personas han quedado mutiladas después del terremoto, y otros miles de niños, también, se han quedado sin padre sin madre o sin ambos, mutilados de familia. ¿Debieran ellos tener esperanza?

Las generalidades no ayudan; el sufrimiento de muchos no es el sufrimiento de nadie en concreto y bien podemos soslayarlo distrayéndonos con en el ruido ensordecedor de las ciudades. Pongámosles cara y nombre y lugar y espacio y preguntémonos, entonces, si esas personas deben abrigar esperanzas o si hacerlo sólo prolonga su sufrimiento.

Cindy, la chiquilla filipina que dejó los estudios y emigró y terminó vendiendo helados en Macao para tener un permiso legal de residencia. Cindy, que se la pasa parada todo el día soportando los avances de todos los chinos corruptos y nuevos ricos que van allí a gastarse lo que no pueden gastarse en Pekín o Shangai. Cindy, que después de su jornada se queda hasta la una o dos de la mañana limpiando casas —ilegalmente— para tener un poco más de efectivo para enviárselo a su madre que cría a la hija que tuvo con ese novio flamígero que desapareció apenas escuchó la palabra embarazo. ¿Debe Cindy tener esperanza?

Obdulia, la provinciana peruana que limpia casas de ricachones en Miami y vive en un cuarto con sus dos hijos. Obdulia, la del marido al que ella ayudó, con sus ahorros, a llegar hasta “el sueño americano” y que luego, porque él no regresaba, fue a buscarlo para tener a toda la familia junta y lo encontró con la querida. Obdulia, cuyo marido ya tiene la residencia porque se casó con una cubana para sacar los papeles y que, divorciado ya, no le da la gana de casarse con ella (porque era su marido y no su esposo) y más bien la amenaza, cada vez que se atreve a reclamarle lo de la amante, con que la va a denunciar para que la deporten y le va a quitar a los hijos (que sí tienen residencia porque llevan el apellido del padre). ¿Debe Obdulia tener esperanza?

Lucy o Susy o Wendy o como se llame en realidad la prostituta tailandesa que emigró a Singapur y que espera a sus clientes sólo a dos cuadras del centro de Orchard Road. Lucy, que vive lejos de su aldea y que sólo aguarda ahorrar un poco para regresar. Lucy que debe, antes, pagarle al que tramita las visas, al agiotista que le prestó para el pasaje, al dueño del cuarto en donde duerme con otras tantas Lucys en las mismas condiciones. Lucy, que sabe que será prostituta toda la vida o, al menos, hasta que el cuerpo alcance o la mate el sida o vengan otras, mismas Lucys pero más jóvenes, a quitarle el sitio. ¿Debe Lucy tener esperanza?

Josefina, la mujer que limpia las habitaciones en ese hotel barato para largas estadías en La Condesa, en México. Josefina, que trabaja todo el día, todos los días, que descansa una vez a la semana y dedica ese domingo a ordenar su casa para que no se venga abajo. Josefina, a quien el marido engaña con otra y no quiere irse y no paga nada y vive de ella y más de una vez le ha levantado la mano. Josefina la de la hija quinceañera que, abotargada por la propaganda, la imbecilidad reinante y los líos entre sus padres, cree que está gorda y ha practicado tanto la bulimia que su cuerpo ha convertido el vomitar en una costumbre que ahora es automática y ya no retiene alimentos y la desnutrición la está matando. Josefina, que no tiene el dinero para la operación indispensable y que sabe que la hija se le muere en cualquier rato. ¿Debe Josefina tener esperanza?

Nacemos solos y morimos solos. A veces, muchas veces, vivimos solos. Hagamos lo que hagamos allí está el fin, la muerte, la última soledad, vigilando —acechando— nuestra existencia como la espada de Damocles. ¿Deberíamos tener esperanza?

¿No es la esperanza —como la fe— ese “opio del pueblo” tantas veces denunciado? ¿No nos adormece la esperanza? Dante colocó un letrero en las puertas del infierno, “el que entre aquí abandone toda esperanza” y a veces dan ganas de creer que eso habría que escribir en los portales de todas las maternidades. Sin embargo, quiero creer que los que se tientan a pensar como yo se equivocan, quiero creer que —una vez más— estoy equivocado.

Giori, aquel que dejó la comodidad de su oficina para irse a cargar sacos de harina y repartirlos entre los desamparados de Haití, me envía, desde ese infierno, donde ciento cincuenta mil cadáveres se pudren y un millón de personas lo han perdido todo, unas fotos maravillosas de unos niños sonriendo, con los ojos de luna llena, como diciéndole el “no pasarán” a la desesperanza y a la muerte que los cercan.

Quizá allí esté el secreto, en la alegría de esos niños, en su sonrisa, en eso tan humano. Esa misma sonrisa que, por instantes —luminosos instantes— he visto aparecer en los rostros de las Cindys, las Lucys, las Obdulias y las Josefinas que han cruzado por mi vida.

Quién sabe si la alegría sea la verdadera cara de la esperanza.

Desde la isla de Java, 31 de enero del 2010