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Viajar a tu través: cómo ubicarse en este tiempo
Confesión a dos voces

Tamuz 5763, Ierushalaim

Hola papi: yo también tengo frío. Yo también te quiero mucho. A la casa del sol hay que ponerle un polo para que ande porque el amuleto de la tía no sirve más. Estamos en la colina, del otro lado del paisaje de la foto.

Éramos tan jóvenes que ni siquiera sabíamos que nuestra juventud no nos disculpaba. Creíamos en la fascinación, que estaba mucho más allá de la culpa. Apenas tomábamos forma y al tomar forma, nos adueñábamos de nuestros nombres. Estábamos solos; éramos titiriteros de nuestros experimentos y no había lluvia capaz de empañarnos el rostro. Nos tejíamos en jugo, en vibración, en senderos lúbricos que amortiguaban el tiempo que se nos escapaba en espuma por la boca, por las sienes, de tanto qué decir. Reír con tanta frecuencia era también rendirnos al llanto fácil.

Naciste una tarde de tormenta, y yo sólo sabía que serías mejor que yo, y eso bastaba para ser pleno. Siempre estaban listas las maletas: en sueños se veía un destino y el camino variaba de continuo, disponiendo paredes donde yacían bellos valles, soltando diques, anegando los desiertos y desplumando nubes de polvo donde sabíamos un panorama despejado. Habíamos de aprender juntos a dibujar los nuevos planos todo el tiempo, que es decir que no debíamos aprender en realidad ningún plano, sino el arte de dibujarlos.

Los caminos se entretejían en las palabras que aprendía, en las que tú me enseñabas a resignificar cada día que no pasaba: el día se hacía en nosotros, al ritmo en que se nos antojara sentirlo, ya como la sangre espesa que circula trabajosamente por las arterias cansadas, ya con la gracilidad del girasol que convierte en instante de alegría cada gota de gracia que le da el regalo de la vida. No podía ser lo mismo cualquier vereda anónima que las que gastaban mis pies para ir a por ti; las cuadras se pintaban de colores vivos que venían en una luz tan lenta que recién se hace patente por completo hoy, hoy que deben haber oscurecido de vuelta, agrisado, porque ya no salimos de sus extremos para encontrarnos en el medio, porque el saltito y el abrazo cotidiano han dejado lugar a este anhelo vertiginoso que ocupa en mis noches el espacio que antes nada amenazaba quitar al sueño. 

 

—Mira por un instante por el hueco del reloj y dime: ¿te fue bien?

—Nos queda ese reloj, papi. No creas que te llevará a ninguna parte, no; sólo te mostrará la salida. Porque tú eres el viaje, y nos toca viajar a tu través.

Y el vértigo se da siempre de a dos: un vértigo aparece primero, y otro le responde para calmar el pavor del primero. La soledad es vertiginosa, y vertiginoso al límite de lo soportable es extrañarte cuanto te añoro. A ello responde el vértigo de la velocidad, como si ésta pudiera vencer a la distancia. A ello responde el vértigo de la psicodelia, cual si las fantasías de la mente pudieran redimir la añoranza y el anhelo que incendian el corazón.

El vértigo nace de la tensión, nace de estar parado a ambos extremos de una recta, en vez de en un único punto. Me dirás: no se puede estar parado en dos lados a la vez. Te diré: eso es el vértigo. Aquí y allá, solo y contigo, en un idioma y en otro, en la religión del tránsito permanente cuanto más rápido mejor aunque no te llevará a ninguna parte, porque los extremos de la recta no son sino símbolos de la errabundez fundamental, de la falta de asidero, de la imposibilidad de ser en más de un tiempo y un lugar... de la imposibilidad de reunir los tiempos y lugares necesarios en una armonía fatal.

La religión del tránsito permanente es el reverso de toda religión. El camino de abajo de un mundo plano para llegar por fin a sus bordes y trepar a la zona luminosa de la vida. Pero no se puede sin redimir la distancia; no, sin hacer de la alegría y la melancolía una única placidez de fuerza contenida que se proyecta y da forma a un mundo nuevo.

La religión del tránsito permanente es una escalera infinita, una cuerda floja circular, una playa a cuyo fin se ven orillas que no hay, una boca que habla y casi dice y siempre casi dice, una paradoja parab(v)olar del bastón chino u de aquiles y la tortuga, una rayuela cortazariana, un abismo sin fondo desde cuyas profundidades se ve cada vez más claro el cielo. Una trampa sin más salida que la dislocación del destino, el quiebre de la lógica causal para abrazarte y bendecir al Creador.

Entonces nos toca, más que ser otros, distintos, ser otra cosa. Despojarme del sujeto que viaja y ser tu viaje. Desistir de religarme por llegar a ser la ligazón. Descansar los brazos un instante dejando que los cabos de cuerda crean que se liberan, y levantarme haciendo más fuerza que nunca y riendo a carcajadas por saber que soy el nudo, y que entonces, con esa trampa no podrán.

 

—¿Estás diciendo que porque amamos, es necesario que creamos y creemos?

—Recuerda: sonaba una música y en ella nos parecía que los árboles se decían. Por momentos, la música nos hacía acordar aquel gospel polifónico que llevábamos en el auto, y se alternaban en ella el cedro digno y el ébano exquisito, el amable limón y la acacia calla, el pino, el eucaliptus, aún el junco y la hiedra, y la memoria de todos los troncos de la tierra disertando al unísono sus silencios eternos que se rompían.

—Sí, me acuerdo: era cuando cerrábamos los ojos y jugábamos a aprender el lenguaje de las cotorras y los benteveos, de los pájaros carpinteros y las gallinetas.

—Era cuando sabíamos de qué hablaban, amor, porque hablábamos de lo mismo.

El tiempo no dice nada. El reloj por cuyo agujero aprendo que soy el viaje porque tú me lo has dicho, en cambio, señala el transcurso, no cesa de mudar sus dígitos avanzando del cero al nueve y de derecha a izquierda: no habla y dice todo. Que el combustible se acaba y la botella se termina y las cuerdas se rompen y la memoria se cansa y el humo evanesce y la voz se agota y la mirada se pierde y la velada culmina y el anhelo se escribe y el día que pasa y la semilla germina y el sueño te vence. Y al cabo, mientras duermes soñando letras que saben ajenas porque responden a tus preguntas, amanece un nuevo día.

Y cuando amanece, ayer ya no se puede pensar como antes, como se pensaba ayer. Ayer, ahora forma parte de hoy, es el cimiento de hoy. Y hoy no debe ser como ayer. Ay el vértigo otra vez, la urgencia, la velocidad, saber que hoy no tiene que ser ayer porque de lo contrario el tiempo habrá pasado en vano, y que pase en vano nos hará mal.

 

Estamos en la colina, del otro lado del paisaje de la foto. Dala vuelta, papi, o no te quejes. Yo sé que quema, pero el mundo entero cambiará si das vuelta la foto. Si vas a otro lado, a donde eres. A donde se juntan los putos extremos de la cuerda, como dices cuando pierdes la paciencia con la filosofía que nos retiene donde no debemos estar. Deja de pensar, papi, y pregunta a la liebre que murió bajo el silenciador del auto aquella noche, cómo resolver el problema del tiempo. Pregunta a las memorias del viento. Estamos en la colina, papi, del otro lado del paisaje de esa foto que guardas en el segundo cajón del escritorio y te atormenta cada día. Viaja por los intersticios de tus letras, papá, hasta donde nos puedes encontrar.

El problema no es qué paisaje hay del otro lado de la foto, sino qué paisaje habrá allí cuando me atreva a darla vuelta, a darme vuelta. Ya no soy tan joven como cuando no nos preveníamos ni aún de lo indefectible, que es la circunstancia bajo la que más inocentemente uno se previene. Mas no parece haber más redención del vértigo que tras haber dado vuelta la foto, enfrentado el vacío vertiginoso por el instante eterno en que se te dilatan las pupilas y no puedes leer nada más que la luz que te invade y te decide, y por fin, adviertes que tus ojos ven, aún en el probablemente mundo de siempre, un mundo nuevo.

Y que te toca viajar a mi través, implica mi capacidad de decir innúmeros no que quieren decir sí; implica que debo teñir mi realidad de los colores que acaso le son propios, pero que sólo por ti me es dado advertirlo. Se termina el vértigo si reina la fórmula correcta del rigor. Resta una innúmera pena, redimible si se aviene al más acá. Que el amor no sabe de fronteras es un enunciado que deberé elaborar de nuevo tal vez, pues las fronteras que contempla no pueden ser sino nuevas puertas, a un mundo que no hemos aprendido aún, del que habré de contarte si no sucede —como debiera— que tú te me adelantas.

Hola papi: yo también te quiero mucho. ¿Hace frío quien estás? Aquí la colina se hace más fácil cada día de trepar. No, no he mirado el horizonte últimamente, porque hay que ir hasta arriba del todo para verlo. Pero desde aquí se ve igual tan lejos, tan lejos, que creo que debes estar donde te veo.