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Discurso providencial

Yo soy Cien (toma cien, amor), y para nombrarte me visto de las rosas que me nombran. Hallarás los pétalos de mi voz hechos letra de trazo rubio, letra de trazo cristalino, letras de retazos de flores roncas y entre ellas el dibujo de glorietas, de senderos trazados por el discurso de todas las flores que son la Flor, desenroscando la alfombra del tiempo con los pies delante tuyo: cuando mueves el primer pie con que vas a dar un paso, hay bajo él un abismo, que merced a tu propio movimiento se cubre de la alfombra de rosa dicha y hecha, hecha porque dicha por tu voz.

Vas a hallar letras con los ojos del rostro y letras con los ojos de la mente y más letras ígneas con los ojos del alma si te atreves a seguirme. Vas a beber fuego y a redimirte de la duda en los manantiales de la rosa cuyo corazón se corona en la manzana que lleva por joya y trofeo la nuez con antenas que dibujan una corona nueva; y todo eso en el centro de la cebolla que creías poblado de vacío (un caso cualquiera de la norma del abismo).

Porque traen consigo un mapa las golondrinas, y otro diverso del suyo las ballenas, y un mapa salmónico es propiedad de los salmones, y toda hormiga superpone el mapa que le legó su maestro a cualquier terreno en que establezca hogar. El abismo debajo de los pies se redime en el relapso del sentido. La pregunta siempre es cómo te llamas, cómo habrás de llamarte un paso después, un verso acto de amor una recreación y la licuefacción del espejo después de reconocerte en las palabras de la rosa, en las palabras que se caminan a sí mismas desenroscándose bajo tus pies, para decirte, para nombrarte, para decirte haciéndote decir tu nombre y así, como lo digas, así será.