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Más acá de la bruma

—Días hay para la noche en que tu silencio se hace inexplicable.

—Recuérdame una casa vacía.

—Un manantial, y lejos de él, la boca.

—Desolado.

—Mas vacío acaso fuera seco.

—El atardecer, entonces: el tuyo; sin mi brisa.

—¿Y qué habría del tiempo?

—Ocupémoslo en un beso.

—¿Llenarlo de evidencia?

—Al fondo, calla una risa.

—¿De qué habla?

—El pozo está lleno de agua, y sin embargo...

—No debieras aspirar a la falta de consuelo.

—¿De qué se vaciaría la casa?

—Estás fuera de ella. ¿Sabes que está vacía? ¿Tiene ventanas?

—Para el mundo está vacía.

—Con el torrente por dentro.

—Con el torrente por dentro.

 

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—Tu gesto memorable.

—Yo ya no danzo.

—Bajo los pies, la hierba seca.

—Hay un incendio entre las paredes herméticas. Desde siempre.

—¿Y ni una luz?

—Sólo el ruido llega a las memorias del afuera, a veces. El incendio no permite que se abran las ventanas, que si no...

—Ya: si no, no escaparía quien logra percibir los ecos audibles del incendio.

—No; no escaparía.

 

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—Hay un túnel.

—¡Cuidado con el torrente!

—Hay fuego suficiente.

—Ni aún el agua lo ve.

—¿Cuál es el aire que alienta tanto fuego?

—El de siempre.

 

La tempestad sólo logra desparramar los ecos casi silenciosos; golpea ingenuamente las paredes incólumes; hace la historia del afuera, la de la propia tempestad con sabor lejano de fuego y de torrente. Mas sin el fuego. Y sin el torrente. Y el secreto reposa en el abismo de la grieta que nadie ve.

 

—¿Cómo describirías la grieta?

—Fértil.

—¿Está vacía la casa?

—¿Dónde estás?

—Afuera. No veo ninguna grieta.

—Está vacía, sí.

 

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