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Herejes quemados en la hogueraHereje

Para la frialdad léxica del diccionario, el hereje es un contumaz, alguien que, en materia de fe, se aferra tercamente a un error y, en un sentido más amplio, se incluye a quien se atreve a sostener una opinión rechazada por la autoridad.

Hereje, y toda su familia correlativa (como tantas palabras del castellano), nos ha llegado del griego mediante un paso previo por el latín. La etimología más remota nos remite al verbo helénico hairéo, que significa “tomar con la mano”, “agarrar” y, por extensión metafórica, “elegir personalmente”.

Al fin y al cabo, la herejía es una opción personal frente a una tesis aceptada o generalizada.

Los dirigentes de cualquier organización religiosa, política o cultural no sólo desaprueban esa opción libérrima sino que consideran enemigo a quien ha desafiado y roto la uniformidad ideológica. El miedo indisimulado de los dirigentes genera el sentido de obstinación y de insubordinación que arrastra en pos la palabra herejía. Cuando el dirigente no puede disfrazar la alarma, agranda el simple acto de autodeterminación del que disiente y le hace tomar una conciencia hiperbólica del propio valor hasta hacerle creer que es el único dueño de la verdad. Hace más de 15 siglos, Agustín de Hipona había detectado que la soberbia es la madre de todos los herejes: Superbia mater omnium haereticorum. Con tales antecedentes, acaso la mejor forma de combatir una herejía podría ser no registrarla, y así se habrían evitado tantos crímenes y guerras como han originado las opiniones de los hombres a lo largo de la historia.