La biografía de algunos escritores descubre, para el lector acucioso,
facetas insospechadas sobre esa profesión de andar y desandar el lenguaje hasta
llegar a esos parajes de la memoria y la imaginación. Cuando a literatura se
refiere, fracasar o alcanzar el éxito como escritor es algo muy distinto a
estar acabado, a hundirse sin remedio en las aguas de la adversidad, a quedarse
varado en el fondo cenagoso de la dispersión depresiva más aparatosa. El
éxito se vuelve algo relativo y bastante resbaladizo cuando el creador
literario en su interior tiene hecho polvo el espíritu.
El escritor Juan Manuel De Prada escribía que el fútbol, para muchos de sus
exegetas, era la metáfora de la vida, la cual nunca alcanza mayor grado
expresivo en ese trance en el que jugador idolatrado se convierte, de la noche a
la mañana, en un jubilado al que se recluye en el desván de los trastos
inservibles. Estas reflexiones lo llevan a escribir: “Si uno prefiere la
literatura como metáfora de la vida es, entre otras razones, porque el escritor
en la edad de su acabamiento suele disfrutar, a diferencia del futbolista, de
las honras y agasajos que le fueron negados mientras parió sus mejores
páginas. Esta forma de misericordia o mala conciencia tardía, que consagra al
escritor cuando ya sólo es una caricatura pálida de sí mismo, compensa las
incomprensiones y sumarios desdenes que le fueron dispensados en la plenitud de
su brío creativo”.
Pero no siempre el escritor se convierte en una momia a la que se exhibe en
las actividades culturales para proporcionarle borla y boato intelectual a la
camarilla política de turno que organiza el sarao, paga las mesas y las
bebidas. Por un endiablado azar muchos escritores muerden el polvo a pesar de
sus logros artísticos y del éxito comercial de sus libros.
Truman Capote se convirtió en un escritor acabado luego de publicar su magna
obra A sangre fría. Parece algo ilógico, pero Capote con dicha novela
demostraba a sus detractores y sus otros colegas de tinta e insidia su enorme
capacidad creativa. Sin contar que él estaba convencido de haber creado un
género nuevo, o por lo menos de asumir la novela desde otro enfoque renovador.
No obstante sus contemporáneos (Norman Mailer y algunos otros) no le dieron
crédito alguno, pero utilizaron el método a sangre fría de escribir para
crear algunas novelas de enorme éxito y mucho mérito literario.
La novela le reportó dinero y reputación más de la requerida. No obstante
el libro a Capote no le proporcionó el respeto y reconocimiento del ambiente
cultural que tanto anhelaba. Los jurados del Premio Pulitzer y el National Book
Award obviaron por completo la novela. Dos años después Mailer obtenía ambos
premios por Los ejércitos de la noche, novela que le debía mucho al
estilo de A sangre fría. Lo histórico es que Capote no escribió otra
novela. Esbozó los capítulos de una novela inconclusa (Plegarias
atendidas), precipitándose luego a los paraísos artificiales de las drogas
y el alcohol. Capote estaba en el foso y aunque en el ínterin publicó Música
para camaleones, un libro excepcional que reúne relatos y crónica de una
calidad inmejorable. Este libro lo devolvió a la palestra cultural y social.
Sus visitas a hospitales y sanatorios se convirtieron en rutina. En su cuaderno
de notas escribió: “Apenas podía recordar otros tiempos. La felicidad
deja muy tenue huellas; son los días negros los que están prolijamente
documentados”. La sobredosis con la cual concluyó todo se convirtió en la
comidilla eterna de los suplementos culturales en domingo.
Otro escritor exitoso fue F. Scott Fitzgerald. Con apenas 21 años obtuvo
fama y fortuna con su novela This side of Paradise (A este lado del
Paraíso). Él y su esposa Zelda Sayre decidieron vivir a todo lujo. Viajes,
fiestas dispendiosas y grandes cantidades de alcohol fueron los ingredientes con
los cuales condimentaron su éxito. Eran jóvenes, bellos e inteligentes, o al
menos esa era la imagen que publicitaban. Pero esta fiesta existencial duró
poco. Para mantener su nivel alto de vida Fitzgerald tuvo que escribir cuentos
para el Saturday Evening Post. Cuentos rimbombantes, plagados de artificialidad
y escritos con algunos trucos del oficio de escritor a destajo.
Por otro lado, y a contrarreloj, escribía una novela donde tenía cifrada
todas sus esperanzas para renacer cual Ave Fénix. Cuando El gran Gatsby salió
al mercado fue un éxito indiscutible de crítica, pero no llegó a venderse tan
bien como esperaba su autor. Aunado a esto se presentó la enfermedad de su
esposa que se había vuelto psicótica, además de alcohólica perdida.
La fama de Fitzgerald fue disminuyendo de manera vertiginosa. Acosado por el
fantasma de escribir una gran novela se desvelaba y tomaba más de la cuenta.
Para pagar los gastos por la enfermedad de su esposa confeccionaba trabajos de
poco valor literario. Cuando concluyó su novela Tierna es la noche
creyó haber escrito un gran libro. La crítica también lo recibió con
beneplácito, pero el público respondió con indiferencia.
A este aparente fracaso se unió la tragedia privada de su esposa, quien, con
algunos suicidios frustrados, entra al sanatorio psiquiátrico Highlands. Allí
moriría 10 años después, dejando una novela, Save me the waltz, en la
que deja entrever que sus trastornos nerviosos y síquicos fueron ocasionados
por las ansias de triunfo de su esposo. Fitzgerald quedó abatido y pronto se
hundió en el desánimo y la bancarrota. Sin dinero y con un ratón moral enorme
estuvo obligado a trabajar en Hollywood para la MGM como escritorzuelo a sueldo.
Emil Cioran ha escrito un excelente trabajo sobre el hundimiento de este
escritor, subtitulado “la experiencia pascaliana de un novelista”. El
filósofo rumano escribe: “¿Qué le sucedió a Fitzgerald? Había vivido
la embriaguez del éxito, había deseado la felicidad a cualquier precio, había
aspirado a convertirse en un escritor de primer orden. En sentido propio y en
sentido figurado, había vivido en el sueño. Pero el sueño de repente le
abandona, comienza a velar y lo que descubre en sus vigilias le horroriza. Una
esterilidad clarividente le sumerge y paraliza”.
En un pequeño libro de anotaciones póstumas, titulado The crack-up,
Fitzgerald desmenuza toda su ansiedad por la gloria y el éxito, desnuda su
vigilia ante el espejo riguroso de la escritura. Volvió a intentar la gran
novela, pero un paro cardíaco no le permitió concluirla.
Oscar Wilde supo que su relación con Lord Alfred Douglas (Bosie) no tendría
un buen final, no era una de sus obras teatrales, era su vida tensada en la
tragedia. No obstante confiaba que su fama de escritor le salvaría de la
hipocresía vengativa de la sociedad victoriana de su tiempo. En su primer
encuentro con André Gide, éste le escuchó decir: “¡No a la dicha!
¡Sobre todo, no a la dicha! ¡El placer! Es preciso desear siempre lo más
trágico…”.
Luego de un proceso judicial en el que fue acusado de pederasta y corruptor,
fue detenido en la cárcel de Reading (mayo de 1895). Liberado en 1897, Wilde
abandona de manera definitiva Inglaterra y se refugia en un pueblo costero en
Francia.
Ahora es sólo una desaliñada sombra, un dandi venido a menos, un ser
marcado por el escarnio y cuyo espíritu creador rebelde fue doblegado hasta el
eclipse. La cárcel mató su talento y siempre se reconoció como un perezoso a
la hora de escribir. Su exilio en París es desgarrado. Arruinado desde todo
punto de vista, con la salud tambaleante y la miseria como fiel compañera, sabe
que su hora final se ha consumado en vida. Quiere escribir un nuevo drama, pero
el talento ya no le ilumina los ojos. Gide lo visita y así lo describe: “Wilde
iba bien vestido; pero su sombrero ya no era tan brillante; su cuello postizo,
aunque conservaba la forma, ya no estaba tan limpio; las mangas de su levita se
veían ligeramente gastadas”. Wilde le confesó a Gide su tragedia íntima:
“He puesto todo mi genio en mi vida; en mi obra sólo he puesto mi
talento”.
Un escritor acabado antes de empezar quizá sea Joe Gould. El tal Gould era
un vagabundo pintoresco y bohemio que se la pasaba escribiendo cuadernos tras
cuaderno en el banco de alguna plaza o en la mesa de uno que otro café.
Concentrado en su tarea como un poseso le proporcionaba a la zona intelectual
del Village un toque de inesperada magia citadina. Gould aseguraba estar
escribiendo un libro monumental y de gran envergadura titulado La historia
oral, al que comparaba, sin el menor recato, con el libro Historia de la
decadencia y caída del Imperio Romano de Gibbon.
Gould procedía de un pueblo de Massachussets y se vino a Nueva York para
convertirse en escritor. Llevaba un año redactando crónicas intrascendentes
para un periódico cuando una mañana, tratando de sobrevivir a una resaca, un
fogonazo de inspiración le iluminó la mirada. Decide dejarlo todo y
convertirse en vagabundo con la idea de escribir la historia oral de
Norteamérica.
El escenario ideal para su debut, en su nuevo rol de historiador itinerante,
fue la zona del Greenwich Village, lleno de artistas, cafeterías, bares y
tugurios. Así pasó alrededor de 30 años llenando cuadernos y viviendo como
vagabundo profesional. Cuando murió, otro periodista descubrió algunos de los
cuadernos. Los revisó y constató algo sorprendente. Todos los cuadernos
comenzaban una y otra vez con la misma historia. Con algunas variantes los
cuadernos contenían la misma historia.
Quizá Gould se vio sobrepasado ante semejante propósito y no estuvo a la
altura de las exigencias de tamaña empresa intelectual. Luego decidió vivir de
su cuento que quizá el también se creyó y su gran obra fue el camelo más
grande en la historia de la literatura. Al igual que Wilde, derrochó todo su
genio y talento para vivir como un mendigo intelectual, como un bohemio
literario cuya mejor obra de imaginación fue él mismo y esa colosal historia
oral que estuvo en su cabeza y de la que apenas garrapateó unas cuantas
páginas.
Rafael Bolívar Coronado es el acabado emblemático de la literatura
venezolana. Hizo todas las marranadas y trapacerías posibles en el ámbito
literario, pero a diferencia de Gould el autor del Alma llanera tenía
talento y escribía a destajo, sólo que escribía sus obras para después
atribuírselas a escritores reconocidos, realizó varias antologías de poesía
hispanoamericana con muchos poemas producto de su inspiración y firmados por
Rubén Darío, Amado Nervo y los demás.
Autoexiliado en España se desempeñó como corresponsal de guerra, pero
jamás estuvo en el frente. Se disfrazaba de mendigo y se iba a los muelles y
los bares frecuentados por soldados, o marineros, y con el oído atento
escuchaba los pormenores de la guerra. Sus textos informativos eran exactos.
Escribía 25 artículos a la semana para diferentes periódicos con seudónimos
distintos y, como él explicaba, lo hacía para quitarle la telaraña a las
muelas. Escribía siempre para ganar dinero. En una oportunidad Andrés Eloy
Blanco ganó un premio importante en España. Con prontitud Coronado redactó
varios textos alabando la obra del excelso poeta cumanés, pero el poeta nada
que se comunica con él. Entonces, en un alarde de temeridad literaria, le
escribió una escueta nota en el hotel donde se hospedaba el poeta: “Los
astros brillan, los astros giran. Andrés Eloy Blanco, eres un astro; gírame
algo”.
En vida Coronado sólo publicó Memorias de un semibárbaro, libro
editado por Blanco Fombona como venganza y ante la imposibilidad de meterle una
bala entre ceja y ceja debido a una estafa editorial que Coronado urdió,
acosado por la malaventura, cuando Fombona coordinaba la edición de una
colección de clásicos españoles. A pesar de todas sus tretas, de su escritura
copiosa para espantar los monstruos de la miseria, Coronado no logró
convertirse en un gran nombre de las letras nacionales, en un poeta laureado y
reconocido, no pudo, a pesar de su talento, vencer las adversidades y se dejó
ganar siempre por otras urgencias y prioridades que ocuparon su vida de
saltimbanqui literario.
Hay muchos escritores que antes de morir ya estaban acabados como creadores
literarios. Así tenemos por ejemplo a Rimbaud, Artaud, Lowry, De Quincey,
Coleridge. No siempre el crepúsculo del escritor es una tragicomedia de alcohol
y locura. Voltaire viejo y achacoso logró condensar una inmensa fortuna,
además de obtener reconocimiento y los honores deseados luego de tanta
persecución y crítica. Estar acabado es también que al escritor lo premien
con homenajes, tesinas y mesas redondas; es que le coloquen su nombre a una
escuela, una calle; es que todo el mundo lo cite sin haberle leído.
El escritor protegido de la gloria y la caída es aquel que permanece a la
sombra, escribiendo una obra que luego de concluida es entregada al fuego. Kafka
ya lo había presentido, sólo que Max Brod también quería convertirse en
escritor, pero al igual que muchos otros ya estaba acabado desde el inicio y no
quemar las obras de su amigo fue su obra más importante. Así de irónica es la
literatura.