Voltaire por correspondencia

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Francisco María Arouet, Voltaire El filósofo más altisonante de la ilustración francesa —aparte de poeta, autor teatral, historiador y panfletista consumado— es sin duda alguna Francisco María Arouet, conocido como Voltaire, el primer gran pensador y polemista, aunque Diderot haya dicho de él que era el segundo mejor en todo.

Fernando Savater es a su vez filósofo, novelista, autor teatral, panfletista feroz y efectivo; trae de nuevo a Voltaire (ya hace algún tiempo había realizado una traducción, selección y notas de un libro del peculiar filósofo, Cartas filosóficas), pero en esta oportunidad lo hace en estuche de novela dieciochesca.

Hombre fascinante, personaje de novela. Dotado de una inteligencia caprichosa, filósofo rimbombante y escritor pendenciero, Voltaire es a veces más su leyenda que su obra filosófica, poética, teatral o histórica. Su fama de provocador perseverante le sobrevive más que muchos de sus versos. Para los espesos manuales de filosofía es más un diletante con un considerable cúmulo de anécdotas picantes que un pensador al servicio de la tolerancia y la justicia. A pesar de todo a Voltaire se le admira (o se le desprecia sin miramientos) como un funámbulo ilustrado, que no ilustre, del arte de vivir con delirante intensidad, sin perder de vista la creación literaria. Él sólo con su ingenio, y cierto caradurismo que muchos han confundido con coraje, supo desenmascarar toda una época en la que tuvo rol protagónico la intolerancia política, el fanatismo religioso y una burguesía ahogada de frivolidad, carente de ideas, y que hacía como suyas las ideas filosóficas en boga.

Como ningún otro espíritu de la Ilustración vivió en carne y alma ese mundo del buen vino, las creativas y suculentas viandas dispensadas en los salones de la gran burguesía con pedigrí; salones que se alimentaban del chisme, la ocurrencia sarcástica y la ironía inteligente, donde las pasiones más viles se entremezclaban con la música más sublime o con los lances y ocurrencias de escritores, poetas o diletantes de todo pelaje, quienes merodeaban por allí tratando de amortiguar el hambre haciendo gala de su ingenio, su único bien de fortuna, su único abolengo. Voltaire fue uno de esos ilustres merodeadores de salón, sólo que jamás consintió en guardar su lugar, nunca se interesó en domesticar suficiente su manera de pensar y actuar, razón por la cual sufrió exilio, cárcel, persecuciones y golpiza de todos los calibres.

Savater siente por Voltaire una abierta simpatía; nunca le han regateado una transparente admiración. Admira al espíritu inquieto, decidido y a contracorriente. Con su novela, El jardín de las dudas, finalista del premio Planeta, Savater le rinde entusiasta homenaje a este caballero y príncipe de las letras, quien al igual que él mismo ha sorteado a esos enemigos, siempre al acecho, del pensar sin ataduras (o enmiendas) como lo son el fanatismo clerical, la intolerancia política y el dogmatismo/conformismo académico. Que ha tenido que hacer frente con sus escritos, lo mismo que Voltaire, a la mediocridad con alardes disfrazada de metodología cientificista. En una palabra, Savater se ha jugado el pellejo, igual que su admirado colega, por intentar hacer de la inteligencia, crítica y heterodoxo, una respuesta contra la intolerancia en cualquier ámbito de la vida.

El jardín de las dudas se estructura a partir del intercambio epistolar entre Voltaire y una dama francesa radicada en España. A través de este cruce de cartas un Voltaire, ya viejo y como en la recta final de su convulsa trayectoria intelectual, va confesando su soliviantada existencia. Con enorme sutileza Savater va prestándole al estrambótico filósofo sus criterios sobre el mundo y su propia obra, demostrando que sabe sacarle el jugo a lo que domina con inigualable soltura: la filosofía, y ese conocimiento extenso y de piel que tiene con respecto a Voltaire escritor, pensador y buscabulla profesional.

Savater explica el método empleado para escribir la novela: “Siempre que me fue posible, he reproducido en las cartas que preceden las palabras mismas de Voltaire, para evitar el ridículo de pretender superar lo inimitable. En el resto de los casos me he atenido a la norma volteriana de la claridad y la precisión, la única del todo imprescindible para evocar su tono”.

En determinado pasaje, Savater deja en claro el irónico estilo de Voltaire con el aparte “El horrible peligro de la lectura”; especie de decreto que enumera lo pernicioso que puede ser para el Estado leer, y donde encontramos cuestiones como ésta: “Y, para prevenir cualquier infracción de nuestra ordenanza, les prohibimos expresamente pensar, bajo las mismas penas; exhortamos a todos los verdaderos creyentes para que denuncien ante nuestra oficialidad a cualquiera que haya pronunciado cuatro frases bien coordinadas de las que pudiera ingerirse un sentido claro y neto”.

El jardín de las dudas es una novela rica en humor y en frases inteligentes como esta: “Una terrible amenaza resuena en muchos idiomas a lo largo de la historia: ¡piensa como yo, o muere! Ningún filósofo puede sumarse a ella sin deshonrarse para siempre ante la humanidad”. O esta otra: “No siempre coincidimos en el resultado de nuestros razonamientos, pero todos aceptamos que deben ser discutidos razonablemente: ninguno está tan seguro de su verdad como de que no se deba perseguir a nadie por no compartirla. Los errores se refutan o se ignoran, pero nunca se decapitan o se queman”.

Para Roland Barthes el caballero Voltaire fue el último escritor feliz, ya que él, como ningún otro, supo darle a la lucha de la razón aires de una fiesta. Enseñó que debe tomarse a broma todo lo pastoso, sagrado y profundo. Asumió la filosofía por ese motivo sin método alguno, pero con un enorme ánimo libertario. El jardín de las dudas es un reencuentro con Voltaire personaje y Voltaire filósofo. Así mismo, es un reencuentro con el pensamiento abocado a la tolerancia, dispuesto siempre a combatir el fanatismo religioso, político o étnico, o como lo especifica el propio Savater: “Concluido el libro se produjo el secuestro por ETA del industrial Julio Iglesias Zamora. Muchos defectos y miserias tuvo Voltaire, pero al menos dejó claro al lado de quienes nunca hubiese estado: cada vez que asistí a una manifestación donostiarra contra ese secuestro y contra los terroristas estuve seguro de contar con su aprobación e incluso de representarle”.