El fotógrafo Yuri Valecillo, residenciado en México, me obsequió como
souvenir una calavera sentada a su máquina de escribir. Tiene una cabellera de
anaranjado intenso y en su pequeño escritorio, en la cual trabaja con
laboriosidad, a izquierda y derecha, un fajo de hojas, unas escritas y otras en
blanco. La figura en cuestión, elaborada en yeso y alambre, trasmite la
estética de lo artesanal sin pretensión, no obstante interconecta materiales
humildes con ese enorme fervor de los mexicanos hacia la muerte.
La figura me acompaña a todas partes. La tengo cerca de la computadora donde
ahora escribo. Me recuerda, con su presencia de objeto mudo y afectivo, lo
relativo de la vida y el arte. Además me hace tener presente aquella famosa
frase:“La vida es corta, el arte es largo”. Así mismo me remite a
ese gran artista llamado Guadalupe Losada. Pintor, dibujante y maestro
excepcional de grabado que hizo de la calavera una estética crítica y
política.
Para escribir hay que ser en cierta medida un poco calavera. Un poco
tarambana, un disperso, un bohemio desencuadernado. El calavera que uno es a
veces escribe lo mejor que puede y casi nunca lo que uno quisiera. Además uno
siempre tiene presente aquello que escribió Borges:“Me considero
esencialmente lector; pero creo que lo que he leído es mucho más importante
que lo que he escrito. Pues uno lee lo que quiere, pero no escribe lo que
quisiera, sino lo que puede”.
La literatura es el lenguaje en una situación especial, es idioma tratando
de magializar la vida y procurando en la medida de lo posible en aplazar la
muerte. Cuando leemos cualquier gran libro lo que se lee entrelíneas es la vida
tejiendo y destejiendo el gran tapiz del amor.
La literatura va de eso. O sea, de la vida en un sentido subrayado donde no
faltan imaginación, belleza y poesía. La vida fuera de lo literario adquiere
ribetes de bostezo prolongado; bostezo que viene acompañado de su gran drama
respectivo. Los mejores momentos de mi perra vida se los debo a la literatura y
a las caricias de algunas mujeres lejanas y cercanas como una metáfora. Del
resto voy al papel para ver hasta dónde me lleva también ese amor que en
definitiva siento por las palabras.
Con respecto al discurso literario existen errores reiterativos. Muchas veces
se le confunde con un mero hecho comunicacional. Lo cierto es que mientras la
literatura selecciona sus materiales lingüísticos la comunicación común
busca el coloquialismo irreflexivo, trata de ser un discurso utilitario y
masivo. Ya George Steiner lo escribió hace tiempo:“La complejidad y la
delicadeza del material usado por la literatura son tan grandes que ni la
lógica formal ni la lingüística han contribuido mucho a nuestra compresión
de las obras literarias”. La literatura despierta la emoción y la pasión,
rasga la niebla del silencio para descubrir nociones de vida inéditas.
Lo literario toma la palabra para oponerse al discurso de los politicastros
de oficio, para saldar cuentas con esos discursos que se tensan en la melodía
discordante y sanguinaria del poder. Lo literario abre fisuras en la realidad
compacta y cotidiana para que los delgados hilos de luz de lo imaginativo salgan
a la superficie y lo iluminen todo.
En las novelas ejemplares de Cervantes se encuentra la historia exquisita,
con toques surrealistas y con muchas hebras de realismo mágico, del Licenciado
Vidriera; como no tengo el libro a la mano, trataré de recordar la historia de
manera dispersa y a fogonazos. El Licenciado Vidriera ha perdido la razón y en
consecuencia se piensa todo de vidrio. Vive atrapado en el temor de fragmentarse
en miles de pedazos. A pesar de ello la gente reconoce su inteligencia locuaz y
certera. Además lo consultan y solicitan su opinión sobre los tópicos más
variados. El Licenciado hace siempre alarde de razonamientos alejados del común
y dotados de una lógica aplastante, de metáforas que rozan la perfecta locura
de la poesía. Así, por ejemplo, si le preguntaban al Licenciado Vidriera,
luego de viajar, que cómo había estado el camino, respondía:“Ningún
camino hay malo, como se acabe, sino es el que va a la horca”. Un
estudiante le preguntó si era poeta y Vidriera contestaba:“No he sido tan
necio que diese en poeta malo ni tan venturoso que haya merecido serlo
bueno”. Sobre los poetas se expresa el Licenciado Vidriera con gran
puntillismo y mucha verdad. Otro estudiante le preguntó a qué se debía que
los poetas pasaran tantos sacrificios y fuesen tan pobres. La respuesta del
Licenciado es inmejorable:”...porque ellos querían, pues estaba en su
mano ser ricos si se sabían aprovechar de la ocasión, que por momentos traían
entre las manos, que eran las de sus damas. Que todas eran riquísimas en
extremo, pues tenían los cabellos de oro, la frente de plata bruñida, los ojos
de verdes esmeraldas, los dientes de marfil, los labios de coral, y la garganta
de cristal transparente; y que lo que lloraban eran líquidas perlas; y más que
lo que sus plantas pisaban, por dura y estéril tierra que fuese, al momento
producía jazmines y rosas; y que su aliento era de puro ámbar, almizcle y
algalia; y que todas estas cosas eran señales y muestras de su mucha
riqueza”. Los escritores y poetas (muchos han ido a parar al manicomio o al
hospital) tienen esa fragilidad del famoso licenciado cervantino y su discurso,
muchas veces, algo desquiciado e irreverente trata de encontrar la belleza
oculta del mundo a través de la poesía. Félix de Azúa escribió:“La
poesía está loca porque su alucinación no coincide con la locura de quienes
somos razonables. O, más exactamente, estamos instalados en una locura
incompatible con la locura de la poesía. Respetamos las leyes de nuestra
alucinación para poder conducir un auto, pero la poesía propone otras leyes
para una alucinación que, de momento, no tiene teléfono móvil, ni carnet de
identidad, y ni siquiera puede seguir el debate parlamentario”.
Claudio Magris asegura que la escritura no salva la vida, aun cuando permite
que algunos de sus instantes sobrevivan en palabras y quizá por esa razón uno
deja el cómodo sillón del lector y encara ese trabajo arduo, y a veces sin
sentido, con las palabras.
Debajo de mi piel la calavera que soy también escribe sin cesar, las hojas
escritas se acumulan. La calavera escribe para armarse de carnes, nervios y
sangre, para leer/escribir entrelíneas el amor, los sueños y la locura que nos
salvan de ser sólo calaveras andantes sin pizca de poesía alguna.