Soy un caso en eso de traspapelar ficción y realidad. Por esa razón don Quijote me resulta a ratos un ser real y Kafka se me antoja como un elaborado personaje de ficción. No soy kafkólogo ni nada parecido, pero las distintas anotaciones biográficas ante su fantasmal figura así lo confirman.
Desde que Max Brod, desechando su propia carrera como escritor, se dedicará durante más de veinte años a no cumplir el último deseo de su amigo y carnal Kafka: “Quema todos mis escritos, sin leerlos antes. Quiero que se me olvide”, sino que en sentido contrario se dedicó en traerlo hacia la luz, preservar su memoria y publicar todo lo que había escrito, desde ese momento tanto la obra como el escritor entraron en ese paraíso perdido del mito, en ese jabonoso laberinto donde la realidad deja de tener peso para darle paso a lo ficticio.
Con Kafka y sus novelas o cuentos (especie de borradores no acabados del todo) el mundo resultaba como frotado de espejos. Novelas como El castillo, El proceso, o ese cuento largo que es La metamorfosis, parecen escritos desde ese paraje donde la literatura se interroga sobre sus posibilidades y sus aportes para retratar la condición humana.
Uno de los libros más singulares sobre Franz Kafka es el de Marte Robert titulado Lo viejo y lo nuevo. De Don Quijote a Franz Kafka. Exploración ensayística de ese empeño quijotesco del hombre por conocer qué tan real es la literatura y qué tan ficticio puede llegar a ser la realidad. Robert escriba: “¿Cuál es el lugar de los libros en la realidad? ¿En qué su existencia es importante para la vida? ¿Son absolutamente verdaderos o de una manera muy relativa, y si lo son, cómo demuestran su verdad? Esas preguntas, y todas las demás relacionadas con ellas, constituyen el punto de partida y el fin de la novela quijotesca que toman esas preguntas no como debate teórico sino como el tema mismo del drama. Pues si los libros son verdaderos, no pueden serlo sin acarrear consecuencias; de una manera o de otra tienen que triunfar su verdad y demostrarlo cambiando la vida. Sin son falsos, su misma seducción los vuelve inútiles o dañinos, y es necesario entonces considerarlos nulos y sin valor, o mejor aun quemarlos”. De manera sorprendente la quema de los libros de don Quijote, efectuadas por el cura y el barbero, se enlaza con ese deseo último de Kafka.
Muchos kafkólogos lo han leído buscando esa parábola (o para utilizar una palabra más rimbombante como alegoría) de la condición del hombre, de su desamparo y su absurdo existencial. Yo lo leí buscando una buena historia, pero con Kafka la literatura depara insospechadas sorpresas y sus novelas (o relatos) conducen al lector por los entresijos de la imaginación salpicada de cotidianidad. El personaje de El proceso se despierta una mañana a la espera que la casera le traiga el desayuno. El protagonista de La metamorfosis es un empleaducho de oficina. Por su literatura cruzan trapecistas, policías, emperadores y una galería de sucesos y hechos bastantes curiosos narrados con un precisión de relojero: “El animal arranca la fusta de las manos de su dueño y se castiga hasta convertirse en el dueño y no comprende que no es más que una ilusión producida por un nuevo nudo en la fusta”. Su escritura es lenta pero efectiva a la hora de urdir pesadillas poco comunes.
Isaac Bashevis Singer, en su relato “Un amigo de Kafka”, habla de su amigo Jacques Kohn, especie de actor derrotado y en declive, que conoció en persona a Kafka: “No hay defecto que se oculte a mi vista. Y esto es impotencia. Los vestidos y los corsés son transparentes para mí. No hay perfume ni colorete que me engañe. No me queda ni un diente, pero cuando una mujer abre la boca veo el más leve empaste. Lo cual, dicho sea incidentalmente, era el gran problema de Kafka en cuanto escritor. Kafka veía todos los defectos, los ajenos y los propios. En su mayor parte, la literatura es obra de plebeyos y chapuceros tales como Zola y D’Annunzio”. Kafka se exigió mucho como escritor, lo que le llevó a estar inseguro sobre lo que había escrito, y si Cervantes motorizó su Quijote echando mano a un género menor como las novelas de caballería, Kafka hizo lo propio con otros géneros. Así, su novela América es una novela juvenil, El proceso es una novela policial y El castillo sugiere las novelas épicas y de aventuras. Con Kafka la literatura pasa por un proceso de revisión, por otra vuelta de tuerca para obtener de géneros menores todas sus posibilidades hasta el paroxismo.
Esto de Kafka personaje de ficción es verificable en un incidente que Elías Canetti escribe en detalle en un texto titulado “El otro proceso de Kafka”. Al parecer a punto de contraer matrimonio con Felice Bauer el compromiso se disuelve. Sus cartas a otra mujer, Grete Bloch, fueron decisivas para que fuese citado en un hotel. Felice, la acusadora, fue fulminante. Kafka apenas pronunció palabra y la culminación de todo fue la anulación del futuro enlace con su prometida Felice. Canetti argumenta que todo este incidente doméstico le proporcionó el incentivo necesario para escribir su novela El proceso.
Con el devenir del tiempo Kafka se ha convertido en un personaje más de su absurda y morosa literatura: nervioso, hipocondríaco, hosco, inseguro como escritor con una existencia grisácea tiranizada por el padre, viene a conformar todo un perfil sicológico ideal para novelar.
Don Quijote se admira y se mosquea al pasar por una imprenta y encontrar que su historia ya se encuentra escrita en un libro. Kafka sentiría un poco de suspicacia si se enterara de que tiene más piel de personaje de ficción. En todo caso el fracaso es para Cervantes escritor, para Kafka escritor y el triunfo es indiscutible para la literatura. Uno de sus aforismos puede darnos la clave de su visión: “Una jaula fue a buscar un pájaro”.