He tratado de convertirme en escritor por culpa de la ciencia o mejor de un físico, de quien nunca retuve su nombre. No obstante tengo intactos en la memoria sus gestos, su estilo febril al hablar y esa mirada bruñida en la luz de la sabiduría y la imaginación.
Terminaba el último año del bachillerato y como cierre final asistió todo el alumnado a una clase magistral con un físico-matemático. Vestía con cierto desaliñado esmero: chaqueta de paño, sin corbata y pantalón de vestir. Tenía aire de genio desplanchado. Luego de las presentaciones de rigor, el físico tuvo un rato en silencio. Se paseaba delante de la pizarra como caminando por sus pensamientos. Todos en aquel salón estábamos a la expectativa de lo que diría aquel singular personaje.
Por fin se percató dónde estaba y comenzó hablando de Albert Einstein y citó una de sus frases: “La imaginación es más importante que el conocimiento”. La imaginación permite llegar a donde sea, permite ubicarnos en ese abismo de lo posible. Se extendió sobre la contribución teórico-matemática de Einstein para la compresión del universo. Luego fue a la pizarra y escribió algunas fórmulas. Llenó toda la pizarra de números y variables para al final en un recuadro escribir la famosa ecuación: E=MC2, energía es igual a la masa o materia, multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado.
Volvió a dar monserga sobre el universo, Newton y sobre su particular visión de la ciencia. Contó alguna anécdota como científico; por ejemplo que llegaba en volandas a su casa, arrojaba su maletín y se sentaba a resolver complejos problemas matemáticos. No se acordaba de comer, ni de bañarse. Un día sus padres fueron a visitarlo y la casa parecía una trinchera de guerra: papeles, objetos, ropa sucia y desorden por todos lados. Su madre le dijo a su padre: “La inteligencia la heredó de mi, pero este estilo desordenado es bastante similar al tuyo”. Como buen profesor volvió a la pizarra y explicó que ese conjunto de ecuaciones era la misma que escribió Einstein y entonces dijo (sin pedantería ni jactancia ególatra) que su mínimo aporte fue agregarle otra pequeña ecuación al trabajo de Einstein y escribió una ecuación, especie de guinda a ese laberíntico pastel de números y ecuaciones.
Luego agregó que aquel mínimo agregado le tomó años de esfuerzos y desvelos. Que durante esa etapa escribió algunos libros con nombres raros, curiosos y extensos; algunos gordos y otros bastante delgados. Todos ajenos a la enrevesada palabrería de la física, pero de cierta subrayada extravagancia científica, lo cual lo había hecho centro de críticas y polémicas. Finalizó su charla con pasión sobre las posibilidades de ese lenguaje maravilloso de los números, sobre esas metáforas inesperadas de las matemáticas sin las cuales el universo y la vida no se podrían explicar y por ende entender. Como comenzó con una frase de Einstein quería terminar con otra: “Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro”.
También el lenguaje posee una mecánica, una belleza tan complicada y sublime como las matemáticas. Los números comparten con las palabras esa extraña búsqueda de la metáfora irrepetible que pueda permitir al hombre comprender el sutil equilibrio de la vida consustanciada con el universo.
Como aquel físico he tratado que el título de algunos de eso que llamó mis libros estén alejados de lo meramente literario. Pero no de manera deliberada, sino de forma inconsciente. Con los años comprendí la profunda enseñanza de aquel físico que encontró en los números la razón de su existencia.
Quizá aquel físico comenzó intrigándose por la estrellas y de seguro yo (por pura intuición) me fui intrigando por el brillo que despiden las palabras combinadas con elegancia e inteligencia en las páginas de algún libro.
Esta fascinación por las palabras me llevó a la lectura de muchos libros de manera anárquica y por mi mente jamás cruzó esa peregrina idea de escribir. Llegué a la escritura por pura providencia.
A los 18 años comencé a frecuentar a otros vagos lectores como yo. Nos encontrábamos en algún café, un bar o en casa de alguno para beber, no precisamente agua, y hablar de literatura. De estas conversaciones tan infinitas como el universo surgió la idea de editar una revista. No teníamos dinero y mucho menos noción de lo que podría ser una revista. Lo cierto es que nos ingeniamos para conseguir dinero y en un viejo multígrafo imprimimos el primer número.
Comencé a escribir ensayos debido a que en el grupo nadie quería hacer ese trabajo desprovisto de ángel en comparación con la poesía o el cuento. En mis primeros textos había mucha escatología, mucha rabia y mucha falta de oficio. Tenía algo de lectura, pero no dominaba la lectura y mi vocabulario barriobajero ayudaba muy poco a conseguir belleza y coherencia en las frases. Tenía que aprender sobre la marcha y por esa razón tecleaba en la máquina de escribir por horas (las computadoras se estaban construyendo a años luz de mi barrio). Lo escrito por Alberto Manguel viene exacto: “El proceso de aprender a escribir es descorazonador porque es inexplicable. Ningún grado de esfuerzo, propósitos espléndidos, buenos consejos, documentación implacable, experiencias sobrecogedoras, conocimiento de los clásicos, oído para la música y gusto para el estilo garantiza una buena escritura”.
Después de muchos forcejeos con el lenguaje, de plagios absurdos que dejaban ver todas sus costuras, decidí darme por vencido y me olvidé de la escribidera (la palabreja preferida de mamá para recriminarme mi insensatez de no dedicarme a un trabajo serio y responsable). Durante varios años guardé la máquina de escribir y me dediqué a trabajar en los empleos más insufribles.
Las razones por las cuales volví a la escritura no las tengo claras, o sí, pero no vienen al caso. Al final de muchos antioficios y de algunas mudanzas toqué puerto en Ciudad Guayana. Recuerdo que un día lejano de barras y prostitutas recorridas con el poeta Francisco Arévalo, éste me dijo en son de reclamo: “En literatura escribir siempre es la norma. Escribir pese a todo, pero también publicar. Conozco a muchos que pulen, corrigen y vuelven a reescribir. Quieren estar seguros antes de publicar y al final quedan secos, estériles y jamás enfrentan al lector. Sólo el lector sabe cuándo una frase, un poema, tiene esa capacidad de conmover a través de la belleza de las palabras, lo demás es paja”.
El acto de escribir a conciencia mató a las musas y cuando uno comienza a manipular ese mecano insólito que es el lenguaje descubre que la inspiración no existe, que sólo hay un trabajo obstinado, una búsqueda llena de ansiedad por construir un objeto bello con las palabras sin saber cuál es su utilidad última, si es que en realidad sirve para algo. Roland Barthes lo ha expresado con más precisión: “...el acto de escribir carece de causa y de fin porque precisamente está privado de toda sanción: se propone al mundo sin que ninguna praxis acuda a fundarlo o a justificarlo: es un acto absolutamente intransitivo, no modifica nada, nada lo tranquiliza”.
Nunca supe del físico después de la charla, pero creo que lo expresado aquella mañana en el aula de clases se quedó grabado en los huesos de mi espíritu. Sus palabras me han permitido no pertenecer al coro de la estupidez y tener la imaginación como una posibilidad de pensar este universo más allá de sus límites matemáticos e incluso atravesar los espejos y llegar a nuevos universos. Como escritor me gustaría, al igual que el físico, estar con un grupo de alumnos y explicarles mi pequeño aporte a la literatura o en todo caso convertirme en un simple encantador por aquello escrito por Vladimir Nabokov: “...sobre todo, un gran escritor es siempre un gran encantador...”. Como resultó, después de todo, aquel físico y su inigualable lección de vida y la cual me acompañará siempre en el duro equipaje de los días.