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“Orgullo y prejuicio y zombis”, de Seth Grahame-SmithLos zombis devoran los clásicos

Soy poco dado a los apasionamientos de cualquier especie y por ello esas películas de terror serie “B” nunca hicieron menoscabo en mi estoica convicción libertaria que rechaza toda forma de fanatismo. No obstante reconozco que mi educación sentimental se nutrió de esas viejas películas (sin el atractivo del color) que trasmitía la televisión y es así como El Hombre Lobo, con Lon Chaney Jr, el Drácula de Bela Lugosi, Frankenstein de Boris Karloff y El Monstruo de la Laguna Negra, me llevaron de la mano, en la madrugada, a conocer el miedo fabricado por el cine. Más que lector de novelas de miedo y misterio fui un espectador del terror con imágenes de bajo presupuesto, que dejaban ver todos sus artilugios circenses como el cierre del traje de goma y el maquillaje que era una inigualable estética de lo espeluznante, todo eso que salvaban del naufragio una película que buscaba explorar nuestros temores más profundos.

En esta nueva moda de vampiros y hombres lobos vienen también los zombis. Según el diccionario la palabra zombi es de origen africano occidental y se refiere a la “persona que se supone muerta y que ha sido reanimada por arte de brujería, con el fin de dominar su voluntad”. Se asocia con la práctica del vudú en Haití, África y el sur de los Estados Unidos de América.

La palabra se registró por primera vez en el libro de William Seabrook, La isla mágica, y antes de la celebrada película de George Andrew Romero se filmó otra, que se podría catalogar como el preámbulo de esta explosiva y renovada moda por el zombi, titulada Yo anduve con un zombi, cuyo argumento se apoya en el texto de la novela de Charlotte Brontë, Jane Eyre, y que ubica la trama en una isla.

Hoy los zombis han tomado por asalto la literatura plebeyizándolo todo con sus maneras y gustos gastronómicos que no respetan la etiqueta ni a los grandes nombres de la literatura clásica. La idea de esta fórmula extraña de: clásico de la literatura + zombi = éxito de venta, se debe al editor de Quirk Books, Jason Rekulak. Al parecer (según lo relata él mismo) la idea surgió con la estilográfica suspendida indecisa en la hoja de una libreta y entonces Rekulak escribió en una columna clásicos inmortales de la literatura y en otro renglón la temática de algunos subgéneros populares como robots, piratas, indios, aventuras, espadachines, etc. Entrelazó Orgullo y prejuicio (de Jane Austen) con zombis y aquello le sonaba, además de caja registradora, a experimento literario subalterno de largo alcance. Enseguida supo que debía buscar algún plumífero que escribiese la novela para su editorial.

El escritor encargado para el trabajo resultó ser Seth Grahame-Smith, quien, por lo demás, jamás pudo terminar la novela de Austen cuando era estudiante. La leyó como pudo y se lanzó a realizar una versión en la que respeta el estilo, incluso pasajes enteros, de Austen, pero sembrado de zombis con malas intenciones por todas partes.

La temática del zombi en literatura tiene como fuente principal el cine y aquí entra en escena la película independiente de George A. Romero, La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead), del año 1968. Un satélite radiactivo de la Nasa es la causa de que en un pequeño cementerio de un campo en Pensilvania los muertos salgan de sus tumbas y ataquen a los seres vivos para alimentarse.

Luego vinieron una serie de secuelas en la que se iba perfeccionando el ataque contra los zombis y se describían debilidades y fortalezas de los mismos. En el año 2003 se edita Zombi: guía de supervivencia (The zombie survival guide) de Max Brooks. Este manual fresco y con humor es la guía ideal para enterarse sobre los zombis y la manera para combatirlos.

El mercado del libro ha visto una cantera en estos pastiches donde lo truculento intenta llevar lectores hacia obras que para muchos son ladrillos insalvables. Leamos un fragmento de pastiche de Seth Grahame-Smith: “Desde un rincón de la sala, el señor Darcy observó a Elizabeth y a sus hermanas avanzar a través de la habitación, decapitando a un zombi tras otro. Sólo conocía a otra mujer en Gran Bretaña capaz de manejar una daga con semejante destreza, gracia y mortífera precisión. Cuando las jóvenes alcanzaron las paredes del salón de baile, el último de los innombrables yacía inmóvil en el suelo. Aparte del ataque, la velada resultó muy agradable para toda la familia. La señora Bennet había observado que su hija mayor había sido objeto de gran admiración por parte del grupo de Netherfield. El señor Bingley había bailado con ella en dos ocasiones...”.

“Lazarillo Z. Matar zombies nunca fue pan comido”, de Lázaro González-Pérez de TormesEn España le ha tocado el turno al Lazarillo de Tormes en su versión zombi: Lazarillo Z. Matar zombies nunca fue pan comido. La versión corre a cargo de Lázaro González-Pérez de Tormes. El relato se inicia en un hospital psiquiátrico en el que ingresa un individuo de nombre Lázaro González Pérez de Tormes. Por la noche ocurre una escena de canibalismo y al día siguiente aparece un manuscrito donde se cuenta una historia que intenta ser fiel a la verdad.

Otro clásico llevado al quirófano zombi es la obra teatral de Federico García Lorca, La casa de Bernarda Alba”. La nueva versión es La casa de Bernarda Alba zombi, edición de Jorge de Barnola e introducción de Roberto Bartual y Miguel Carreira. En esta versión, Adela, Angustias, Martirio y el resto de sus hermanas están confinadas en la casa por el luto y porque al caer la noche todo se atiborra de muertos vivientes. Los autores con esta obra de Lorca llevan el juego y el pastiche más lejos. En la introducción, al mejor estilo de Nabokov, convierten a Pepín Bello como el autor: “La participación de Pepín Bello en el texto que presentamos queda, a nuestro parecer, fuera de toda duda. En cuanto a la fecha de redacción, no podemos estar tan seguros. Aunque Gibson parece pisar terreno firme al fijarla después del 68...”.

“La casa de Bernarda Alba zombi”, de Jorge de BuenolaCoincido con lo escrito por Edmundo Paz Soldán: “Me imagino que, en el futuro, habrá varios adolescentes confundidos: ‘¿Orgullo y prejuicio? ¿No es la novela con zombies? La tal Austen, una precursora de George Romero’. A prepararse, porque esta moda sólo acaba de comenzar. Después de los zombis, seguro que vendrán otras novelas con criaturas de muy mala reputación: La ciudad y los perros con vampiros, Pedro Páramo con hombres lobo (¿pero Rulfo no la escribió ya con zombis?)... Se acercan días interesantes para la gran literatura”.

Quizás los puristas y defensores de la literatura en mayúscula verán en estos refritos y pastiches no un malabarismo enriquecedor, sino una profanación falaz o mercantilista. En lo personal lo veo como un juego, en el sentido cortaziano, que vivificará unos clásicos que se iban quedando rezagados sólo para especialistas; de obras clásicas atascadas en formas estilísticas algo mohosas. Estas parodias a eternas novelas de la literatura espero estimulen la curiosidad de estos nuevos lectores ansiosos de vampiros y zombis. Aspiro que intenten ir más allá de la truculencia y descubran ese arte literario perfecto que encierra todo gran clásico por aquello escrito por Italo Calvino: “Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad”.

 

“Doña Bárbara devoradora de zombis”, apócrifoDoña Bárbara, devoradora de zombis

Mister Danger ha comercializado con una sustancia nueva que ha despertado a los muertos vivos en el inmenso llano. A la llegada de Santos Luzardo se comenta de ataques esporádicos en pueblos e incluso doña Bárbara se ha enfrentado con algunos muertos vivientes demostrando fiereza y valentía. Para salvar al llano Santos Luzardo y doña Bárbara tendrán que dejar de lado su forcejeo de civilización y barbarie para combatir a un enemigo común. A todas estas Marisela ha conformado una brigada juvenil para acabar con los muertos vivos que poco a poco van ganando en número, y como lugarteniente tiene al bachiller Mujiquita.

 

Fragmento de un capítulo apócrifo

VII. El familiar

Noche de luna llena, propicia para los cuentos de muertos vivos. Bajo los techos de los caneyes o encaramados en los tramos de las puertas de los corrales, siempre hay entre los vaqueros alguno que hable de los muertos vivos que han enfrentado.

La ambigua claridad del satélite, trastornando las perspectivas, puebla de seres monstruosos la llanura. Son las noches de las pequeñas cosas que de lejos se ven enormes, de las distancias incalculables, de las formas disparatadas. De las sombras blancas apostadas al pie de los árboles, de los jinetes misteriosos, inmóviles en los claros de sabana, que desaparecen de pronto cuando alguien se queda mirándolos. Noches de viajar “con el escalofrío de capotera y la Magnífica en los labios” —según decía Pajarote. Noches alucinantes en que hasta las bestias duermen inquietas.

En Altamira, siempre era Pajarote quien contaba los casos más espeluznantes. La vida andariega del encaminador de ganados y la imaginación vivaz suministrábanle mil aventuras que narrar, a cual más extraordinaria.

—¿Muertos vivientes? Salen de sus tumbas para alimentarse de los vivos desde el Uribante hasta el Orinoco y desde el Apure hasta el Meta, les conozco sus pelos y señales —solía decir—. Y si son los otros espantos, ya no tienen sustos que no me hayan dado.

Las almas en pena que recorren sus malos pasos por los sitios donde los dieron; la Llorona, fantasma de las orillas de los ríos, caños o remansos, y cuyos lamentos se oyen a leguas de distancia; las ánimas que rezan a coro, con un rumor de enjambres, en la callada soledad de las matas, en los claros de luna de los calveros, y el Ánima Sola, que silba al caminante para arrancarle un padrenuestro, porque es el alma más necesitada del Purgatorio; la Sayona, hermosa enlutada, escarmiento de los mujeriegos trasnochadores, que les sale al paso, les dice: “Sígueme”, y de pronto se vuelve y les muestra la horrible dentadura fosforescente, y las piaras de cerdos negros que Mandinga arrea por delante del viajero, y las otras mil formas bajo las cuales se presenta, todo se le había aparecido a Pajarote.

Nada tenía, pues, de sorprendente que aquella noche, abandonado de pronto el cuatro que punteaba, anunciara que había visto al “familiar” de Altamira.

Según una antigua superstición, de misterioso origen, bastante generalizada por allí, cuando se fundaba un hato se enterraba un animal vivo entre los tranqueros del primer corral construido, a fin de que su “espíritu”, prisionero de la tierra que abarcaba la finca, velase por ésta y por sus dueños. De aquí veníale el nombre de familiar, y sus apariciones eran consideradas como augurios de sucesos venturosos. El de Altamira en vez de un animal fue un enemigo que, según la tradición, enterró don Evaristo Luzardo en la puerta de la majada, que intentó asesinarlo una madrugada.

A pesar de que allí no era costumbre tomar muy en serio las visiones de Pajarote, a un mismo tiempo dejaron de oírse las maracas que sacudía María Nieves, y se enderezaron en sus chinchorros Antonio y Venancio. Sólo Carmelito permaneció indiferente.

—Echa el cacho, Pajarote, a ver si te lo podemos creer. ¿Cómo fue la cosa?

—A la tardecita, cuando venía recogiendo los mautes, caté de ver por el boquerón de La Carama, allá en Médano, un muerto vivo saliendo de la tierra en medio de un espejismo de agua. Era como oro molido el polvero que levantaba, y no podía ser otro sino “el familiar”, que había regresado como muerto viviente para vengarse. Me armé de valor y ajilaíto, conteniendo la respiración, saqué el machete de su funda y éste relumbró como una serpiente de plata. Sudando frío bajé del caballo y me escondí entre los matorrales. Me sudaba la mano que sostenía el arma y un sudor frío me subía por la espalda. El muerto vivo traía la ropa raída, toda jirones. En algunas partes del cuerpo se le veían huesos al aire y la boca negra dejaba ver unos dientes filosos y hambrientos. Avanzó hacia donde estaba escondido y sin darle chance lo ataqué con violencia. El primer machetazo cortó el brazo derecho de un tajo. Escuché cómo se quebraron los huesos. El muerto vivo gritó de furia y trató de cogerme por el cogote al tiempo que abría su boca podrida y nauseabunda. Giré con velocidad y asesté otro golpe justo en la mano izquierda que saltó en la arena como un animal vivo. El muerto vivo giró con torpeza tratando de agarrarme y fue entonces que asesté un machetazo justo en la cabeza que salió disparada hacia los matorrales. El cuerpo tembló un instante y luego cayó inerte entre el polvo.

Venancio y María Nieves cambiaron miradas, con las cuales cada uno exploraba la credulidad del otro, y Antonio se quedó pensativo:

—Nada le falta al cuento: entre dos luces en medio de un espejismo de aguas. Así es como dice el viejo que y que siempre se aparecía el familiar... Pero este Pajarote no cobra por decir mentiras... Sin embargo, ¡quién quita!... Además, las cosas son verdad de dos maneras: cuando de veras lo son y cuando a uno le conviene creerlas o aparentar que las cree.

—Diga, vale Pajarote: ¿eso lo vivió usted, o se lo han contado?

—Claro que lo viví y lo miré con estos ojos que se han de comer los zamuros —prorrumpió el interpelado, con su hablar a gritos—. Porque lo que es a mí no me entra el gusano ni después de muerto, ni tampoco soy de los que se van a pudrir, como Dios manda, quietecitos dentro del hoyo, según me lo tiene anunciado don Balbino, que ahora también se las está echando de brujo, por no quedarse atrás de la mujer, y asegura que voy a morir de mala muerte, en un paso de mata, y todo porque sabe que le estoy llevando la cuenta de lo que manotea, en una tarja que ya está cuajadita de rayas.

En realidad Pajarote sí vio todo lo que contó, pero fue Santos Luzardo quien se enfrentó con el muerto vivo.