“No hay nada más hambriento
que el Estado contemporáneo,
y un Estado hambriento es más aterrador
que un hombre hambriento”.
Osip Mandelstam
En el país de las maravillas socialistas, marxistas y bolivarianas, llamado a veces Pillajelandia, escritores y malabaristas de las palabras que vivieron, e incluso hicieron una obra, a expensas de la frondosa sombra del árbol de la ciencia (no confundir con el Samán de Güere) llamado Inciba, Conac, etc., plantado por la Cuarta República, hoy se rasgan las vestiduras por los cambios profundos, estilo sepulturero, que se vive, para qué negarlo, en este inconfundible país de las maravillas.
En una película antológica Cantinflas está jugando barajas con otros tres tipos, con caras de pillastres redomados, y de repente uno de ellos se levanta molesto contra Cantinflas y le recrimina que está haciendo trampas. Cantinflas, para defenderse de la acusación, aduce: “Vamos a jugar como caballeros o como lo que somos”. Este argumento desarmó a todos los involucrados al punto tal que los otros tres jugadores a coro concluyeron: “Juguemos como lo que somos”. En el país de las maravillas los escritores quieren ser caballeros andantes cuando todo el mundo sabe, o intuye, que juegan en el mundillo cultural como esos inefables compañeros de Cantinflas.
Si de pillos se trata el más genial fue sin parangón Rafael Bolívar Coronado. Sus trapacerías y vagabunderías literarias iban de colocarle el nombre de otros escritores, con relativa fama o reconocimiento, a cuentos, libros o poemas suyos. Vender manuscritos coloniales fingiendo que los descubrió en una perdida y oscura biblioteca en España. Preparar antologías de poetas hispanoamericanos, para editoriales españolas, en la que muchos poetas, e incluso algunos poemas, eran producto de su efervescente imaginación. Todas estas trampas literarias, urdidas en volandas y con mucha escritura de por medio, tienen la marca del buscón picaresco. Todos estos pecados, incluyendo la letra de El alma llanera, fueron realizados con el hambre mordiéndole los talones o, como él escribió en una carta: “He hecho eso y más... y todo lo hice sólo para sacarle las telarañas a las muelas”.
El escritor novel, que ha descubierto en carne propia aquella máxima de Quevedo que alega: “quien escribe para comer ni come ni escribe”, se va por la vereda del funcionariato cultural (en la cuarta o en la quinta los apuros y estrecheces económicas del escritor no varían) y anda de kafkiano subalterno en las oficinas del Estado o de policía cultural para figurar como gran revolucionario. Unos y otros, de alguna manera, van haciendo ese trabajo sucio del papeleo y la burocracia artística para que el Estado se jacte de los bienes culturales. En la cuarta beneficiaban a sus otros carnales de caña y muerte, para evitar el mote de vendidos al statu quo, e incluso les publicaban, los becaban o les gerenciaban un premio literario y hasta les permitían salir en la foto de las prebendas y beneficios estatales. En la quinta andan tachando a tal o cual escritor de escuálido si éste no se amolda a las fórmulas del socialismo del siglo XXI, fórmulas que ni sus auspiciadores más conspicuos saben de qué se trata. Su trabajo en este periplo es vigilar a esos poetas que no cantan a los pueblos oprimidos ni aplauden los adquerir y las líneas del líder supremo. En todo esto hay en el escritor una picaresca para sobrevivir y domesticar el hambre. Claro que los escritores somos unos pillastres de postín que deseamos con fervor obtener el premio nacional de literatura o entrar a la academia y aquellos escritores que piensan que las academias de conducir son más importantes no pasan de ser unos facinerosos, o peor unos anarquistas a los cuales la historia (o el partido) se encargará de borrar.
Visto así el panorama literario se equipara con ese basural que etiquetan como mundo político. No sin razón Mario Puzo hace decir a Don Corleone: “La política y el crimen son la misma cosa”. Equiparados los escritores con los vivianes de la política nacional vamos sincerando un país de requiebros y sutilezas.
En ese rasero de todos pillos los escritores van quedando como esos antiguos bufones de la corte que cantaban, recitaban, realizaban maromas y contaban malos chistes para espantarle el tedio al rey. Pero entre el pillo y el bufón uno prefiere quedarse en la orilla del buscón picaresco, quien acosado por el hambre se ingenia trampas y triquiñuelas para llegar al día siguiente y ya no tanto para sacarle telarañas a las muelas, sino para crear Repúblicas del Este y de otros puntos cardinales.
J. M. Coetzee escribe que en los estados paranoicos los escritores que apoyan las paranoias del Estado comienzan primero descalificando a sus otros colegas y después (por ojeriza, envidia, retaliación y todas esas bajas pasiones nada literarias) hacen causa común creando sutiles aparatos de regulación y control que crecen y se consolidan como suele hacer toda burocracia.
En la República de Pillajelandia los escritores afectos al poseso viven sus cinco minutos de protagonismo, raro en ellos que son como la carcoma que roe entre bastidores y a la sombra, y lo que en otros tiempos gozaron en migajas ahora lo hacen a manos llenas y convierten en realidad aquella utópica metáfora de Ludovico Silva: “Y se vuelven de oro las palabras”.
Y para cerrar está Alicia en el País de las Maravillas:
“—¿Otra vez pensando? —preguntó la Duquesa, incrustándole el agudo y pequeño mentón.
—Tengo derecho a pensar —dijo cortante Alicia, que empezaba a sentirse incómoda.
—Más o menos tanto derecho —dijo la Duquesa— como los cerdos a volar; y la mo...
Pero en ese instante, para gran sorpresa de Alicia, la voz de la Duquesa se extinguió en mitad de su palabra favorita, ‘moraleja’...”.
Ah, sí, la moraleja de todo esto es que los pillos y pícaros literarios le colocan un poco de sabor a ese desabrido mundo de la literatura, donde algunos escritores se desdibujan hasta convertirse en portadores de un orden intelectual donde no hay cabida para posiciones intermedias. Eran preferibles como pillastres de la burocracia cultural, durmiendo a pierna suelta en sus oficinas mientras los políticos escribían los derroteros del país con ese inigualable estilo de paranoias y mentiras.