La televisión convirtió la realidad en un ágora para la política subalterna de cachuchas militares y mesas demagógicas. De igual modo la transformó en un espectáculo de soberana villanía/medianía humana. Los “reality show” desnudan las humillaciones y abyecciones de las que somos capaces en circunstancias determinadas. La realidad degradada a su máxima expresión amarillista para vender detergentes.
La vida diaria no le va a la saga a esos programas de realidad mediática y a veces es tan cruda que uno quisiera escapar por la madriguera del conejo. No es casual que muchos encuentren refugio en la ficción novelesca. La realidad al pasar por el cedazo de la literatura enriquece nuestro mundo de locura corriente. Lo supo Alonso Quijano, quien luego de leer varias veces su biblioteca, y en especial los libros de caballería que pintaban un mundo de heroicidades éticas, decidió armarse caballero para vivir la aventura de su vida y evitar en algo que el crepúsculo de la muerte oscureciera su corazón. Leemos novelas para vivir esa aventura que permita zafarnos de esa estrecha realidad con horarios de oficina y todas esas requisitorias sociales a saber.
Vladimir Nabokov en sus clases de literatura decía a sus alumnos que las novelas estudiadas no iban a enseñarles nada útil para ser aplicado en los problemas de la vida, que no los ayudarían en la oficina ni en ninguna parte, pero que podrían ser beneficiosas para que tomaran conciencia sobre esa textura interior de la vida, “pese a todos los errores y meteduras de pata”, la cual también es materia de inspiración y precisión. La novela como obra de arte inspiradora que permite a nuestra alma no perderse en ese filisteo comercio de sombras a pequeña escala, al decir de Lichtenberg.
Mario Vargas Llosa escribe que los amautas, especie de sabios escribas en el imperio Inca, eran los encargados de reescribir el pasado ante el ascenso de un nuevo emperador al poder. Todas las hazañas, construcciones, etc., que pertenecían al predecesor pasaban a engrosar la historia curricular del recién llegado. Vargas Llosa escribe: “Los Incas supieron servirse de su pasado, volviéndolo literatura, para que contribuyera a inmovilizar el presente, ideal supremo de toda dictadura”.
En nuestro contexto Bolívar (el héroe e incluso la moneda) ha servido a muchos de nuestros gobernantes, en distintas épocas, como muletilla para su quincallería discursiva y con ello legitimar, con el barniz de un pasado heroico, sus desafueros y delirios en tiempo presente. Tratan de reescribir incluso la historia cambiando fechas y dándole significados de nuevo cuño a sucesos históricos para que éstos calcen de manera forzada en el hoy en una reescritura del pasado que los amautas hubiesen envidiado.
La lectura de novelas ofrece una oportunidad al discurso de la imaginación que sigue derroteros contrapuestos al discurso oficial, encargado de maquillar la realidad con cifras y porcentajes, tratando de amoldarla a sus mentiras, intentando que la realidad oficial prevalezca por encima de cualquier opinión contraria ya que la realidad oficial en grandes cantidades y en cadena nacional nos hará libres y felices.
Las sociedades sucumben no por falta de recursos o por el quiebre económico, sino debido a que la imaginación entra en crisis, hace agua por todas partes y el discurso del poder político se instala en todos los resquicios de la vida. La imaginación es ese estrecho tragaluz por el cual asomamos todos los sentidos tratando de respirar un aire menos opresor, buscando escapar de la zarpa de la realidad edificada con palillos de dientes, después de grandes comilonas, sobre los cadáveres de muchos hambrientos y soñadores.
Sin duda en la modesta página de alguna novela existe ese destello que permite iluminarnos a través de esa sabiduría singular escrita con los retazos de la vida cotidiana y esas manchas de la realidad creadas por la imaginación, siempre más trascendente y vital que la realidad ordinaria del día a día y de esa improvisada e inventada sobre la marcha desde el poder. Realidades que no podemos obviar cambiando de canal.