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Georg Christoph LichtenbergEl pensador de pararrayos

Mi amigo Pedro Téllez, bibliófilo, siquiatra y escritor, aparte de arriesgado explorador de baratas y remates de libros, tuvo la amabilidad de dibujarme un mapa de esos lugares en los cuales los libros, luego de pasar por muchos ojos y manos, se amontonan como desangelada mercancía a precios irrisorios. Con dicho mapa descubrí los remates de libros más insólitos e inesperados, los cuales eran conocidos por un selecto grupo de lectores. En uno de ellos descubrí el libro de aforismos de Georg Christoph Lichtenberg.

En el esplendido prólogo escrito por Juan Villoro, éste cuenta su afición por las tormentas eléctricas, lo que lo llevó a convertirse en todo un experto con respecto a los pararrayos. Villoro escribe que Lichtenberg se dedicaba días y semanas enteros estudiando planos de ciudades, edificios y espacios urbanos. Esta afición por el estudio, esta concentración puntillosa por determinado tema es uno de los rasgos característicos de una personalidad intelectual fuera de serie. El interés de Lichtenberg fue siempre en varias direcciones al mismo tiempo. Le atraían la moda, las matemáticas, la física, la química, los sueños, la literatura, la filosofía, daba clases en la universidad y además redactaba el “Almanaque de bolsillo de Gotinga” en el que mezcló temas frívolos con los tópicos de último momento en ciencia, filosofía y literatura. Cuando murió su casero encontró en su habitación una buena porción de cuadernillos, de esos que utilizaban los tenderos y comerciantes para llevar los saldos de las ventas. En ellos anotaba sus observaciones, sus ocurrencias y sus pensamientos siempre el filo de la extravagancia y el asombro. Al hermano del singular personaje y a uno de sus alumnos correspondió la tarea de organizar las anotaciones que le darían fama como pensador, filósofo y escritor. Bastante acertada la observación de Villoro: “Los cuadernos arrojaban los saldos de una mente”, y vaya mente.

Así como un autor te lleva a otro, un siquiatra puede llevarte al manicomio o a otro siquiatra. Leí, mucho tiempo después, un excelente ensayo del también escritor, humanista y médico en la clínica siquiátrica donde estuvo recluido el célebre Antonin Artaud, el doctor José Solanes, quien indaga sobre esa extraña coincidencia (o conexión) del ingenio de Lichtenberg con un personaje de Rómulo Gallegos. El aforismo “El cuchillo sin hoja, al que le falta el mango” sirve a Solanes como pista para recordar al personaje de Doña Bárbara, Pajarote, cuando busca trabajo como peón. Le dan trabajo con caballo incluido si él se consigue el apero, es decir todas las herramientas ecuestres. A lo que el personaje responde: “Yo tengo apero, me falta el arricés, el guardabastos se me perdió, el fuste me lo robaron y la coraza no sé que se me hizo, pero me queda el sufridor”. Todo esto le permite escribir a Solanes sobre nuestra condición de seres pensantes a pesar de las distancias y que pensar es tan natural como llover o como él escribe: “En una cierta aunque inadvertida intemperie estamos viviendo, en la que resulta posible observar cómo en mí está pensando del modo que se observa cómo en la ciudad está lloviendo”.

Otro texto del poeta y sin igual ensayista Eugenio Montejo de nuevo enlaza al pensador de Gotinga con nuestro país. En el texto Montejo escribe sobre Solanes, recorre la suerte de los aforismos y aporta algunos datos sobre Lichtenberg y por supuesto también cita a Villoro, no obstante su texto centra su atención en la afición del filósofo de fumar en pipa y su pequeña anotación: “Nada mejor que una taza de café y una pipa de Varinas”. Montejo escribe: “Desde la soleada llanura venezolana hasta Gotinga era trasportado el tabaco cuya picadura hacia las delicias del impar meditador alemán”.

Lichtenberg nunca estuvo interesado en elaborar un majestuoso sistema filosófico, tampoco se preocupó en escribir gruesos tomos para ocupar un anaquel en la posteridad. Sus observaciones y pensamientos curiosos los escribió para su propio deleite. Su curiosidad por el saber y la ciencia lo empujó siempre por los caminos menos trillados del conocimiento y no por nada su casa era sitio obligado de peregrinaje de la mentes privilegiadas de su tiempo como Kant, Humboldt, Goethe. Fue un precursor de los ismos conocidos en filosofía y literatura, pero por sobre todo está su fino y delicado humor que salta como chispas vivas desde sus aforismos:

El amor es ciego, pero el matrimonio le restaura la vista.

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Sí, las monjas no sólo tienen un estricto voto de castidad sino también fuertes rejas en sus ventanas.

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Eso que ustedes llaman corazón está bastante más abajo del cuarto botón del chaleco.

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Por más que se predique las iglesias siguen necesitando pararrayos.

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Está bien que los jóvenes enfermen de poesía en ciertos años, pero por el amor de Dios, hay que impedir que la contagien.

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Siempre he visto que la ambición voraz y la desconfianza van juntas.

En el año 1795 la biblioteca de Gotinga entrenó un pararrayos diseñado por Lichtenberg, lo que le produjo gran satisfacción y uno puede imaginarlo al momento en el que se desataba una tormenta. Verlo como quizá se apresuraba, tratando de sostener su sombrero a pesar del viento, para ubicarse en un área cercana a la espera que algún relámpago probara la efectividad de su creación.

Sus aforismos en el fondo son sutiles, finos y exquisitos pararrayos contra esos rayos de la estupidez y el desamor por el estudio o la insensibilidad hacia la sabiduría que campea hoy más que nunca en todos los estratos de nuestra vida.