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“El hacedor (de Borges), Remake”, de Agustín Fernández MalloPierre Menard censurado

La censura a determinados libros (e incluso a ciertos autores) se sigue ejerciendo de una manera sutil, pero efectiva. Para ello se esgrimen artilugios que van desde lo legal a lo religioso pasando por los dudosos parámetros éticos y morales. Sobre el legado literario de algunos autores familiares, tías culturales y demás guardianes del legado ejercen una tiranía férrea que busca por cualquier medio preservar la memoria impoluta de unos deudos a los cuales se les puede seguir sacando algún jugo literario para repartirlo con sus lectores.

La lectura de un autor o de un libro siempre tiene niveles bastante diversos. Conozco a un escritor por la red obsesionado por Witold Gombrowicz y toda su obra se escribe en función de rendirle culto y analizar en detalle la obra del escritor polaco. Hay escritores que imitan, de manera consciente o no, a un autor admirado en sus textos, otros se apropian de sus escritos realizando plagios redomados y existen otros que les rinden un homenaje abierto en el que se mezcla juego, plagio, reverencia y ese deseo secreto de siempre sepultar al padre, de superar al maestro en su propio juego. Algo de eso hizo con Jorge Luis Borges el escritor Agustín Fernández Mallo. El libro es El hacedor, editado en el año 1960. Mallo hace otro libro, El hacedor (de Borges), Remake, que es el mismo, pero con ese sello inconfundible de travesura intelectual que Borges practicó en su propia obra. Los herederos de Borges, para más señas su viuda María Kodama, que en este caso queda como la bruja mala del cuento, han obligado a la editorial, a través de abogados y callejones legales, la retirada del libro.

Benjamín Prado se pregunta: “¿Dónde acaba en estos casos el homenaje y empieza la apropiación indebida? ¿hasta qué punto se pueden retomar los personajes o las historias de otros para crear las propias?”, y enumera el ejemplo de Brecht, que hizo una secuela de El buen soldado Svejk, de Jaroslav Hasek, titulada Svejk en la II Guerra Mundial. Pound, quien publicó poemas en los que parafrasea a Dante, Propercio, James Joyce, Baudelaire, Yeats, etc., menciona a los imitadores de Cervantes, en el que sale a relucir Alonso Fernández de Avellaneda que publicó el segundo tomo del Ingenioso Hidalgo don Quijote de La Mancha y hasta el propio Borges, autor de Pierre Menard.

Quisiera retomar todo esto desde la literatura como rompecabezas en la que cada autor, grande o pequeño, va recortando una pieza para contribuir con el ensamblaje final.

Los personajes creados por Borges en algunos de sus relatos tienen un toque quijotesco al emprender proyectos un tanto fuera del alcance de la realidad. El bibliotecario del relato “La biblioteca de Babel”, que se afana buscando el libro de los libros. El dueño del libro de arena que se cree poseedor de un objeto portentoso y al borde de la locura se deshace del libro en una biblioteca pública. El escritor y erudito que quiere escribir el Quijote punto por punto. En algunas de sus historias Borges plagia, retoma, hipertextualiza a los autores que rondan por su cabeza y también trata de disolver los parámetros del ensayo en las arenas movedizas de la ficción y así sus relatos como “Examen de la obra de Herbert Quain”, “Pierre Menard, autor del Quijote” o “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, se valen de la nota bibliográfica, la necrología literaria o del ensayo de reflexión científica, para hacer girar los engranajes de la ficción jugando con esos géneros hasta moldearlos y darles un contorno real, por lo que la situación que narra se acerca mucho a lo verosímil, pero en el fondo no es más que una bien tramada invención plena de esa imaginación que se apoya en las muletas de la erudición lectora.

Borges, en “Pierre Menard, autor del Quijote”, narra la peripecia de un escritor que emprende la tarea de escribir el Quijote de Cervantes. No de reescribirlo como hace Mallo, sino de escribir el mismo Quijote sin perder detalle. Borges narra esta historia desde el formato de reseña literaria haciendo malabares, de manera velada, con referencias literarias reales bastante deformadas, e incluso Menard parece ser calcado a partir del escritor Louis Nicolás Ménard.

Agustín Fernández Mallo debe tener algo del Menard creado por Borges. Fernández Mallo lleva su admiración por Borges al borde de lo quijotesco y elige El hacedor, que no es uno de los mejores libros del escritor argentino, pero en el que combina poemas, breves cuentos y ensayos, y al igual que Menard su tarea tiene algo de quijotesco, pero él emprende el camino del remake. Sus intenciones, tendientes más al homenaje que al plagio, lo hacen decir en una entrevista: “Algo que yo aprendí de Borges es la idea de que la literatura es siempre una reelaboración. El propio Borges hizo reelaboraciones de literaturas anteriores y yo, cuando estaba escribiendo mis otras obras, también sentía que estaba reescribiendo algo que ya había leído antes. Una forma de crear es reescribir, porque a partir de una base de otro autor creas cosas totalmente nuevas. En este caso, del original de Borges me quedo con la metáfora final que cada cuento me comunica y yo la reelaboro a mi manera”.

Y en esto llego yo y plagio de manera entrecomillada algo del cuento de Borges.

“Es una revelación cotejar El hacedor de Fernández Mallo con el de Borges. Éste, por ejemplo, escribió (El hacedor, prólogo, párrafo final, la dedicatoria es a Lugones):

”Lugones se mató a principios del 38. Mi vanidad y mi nostalgia han armado una escena imposible. Así será (me digo) pero mañana yo también habré muerto y se confundirán nuestros tiempos y la cronología se perderá en un orbe de símbolos y de algún modo será justo afirmar que yo le he traído este libro y que usted lo ha aceptado.

”Redactado en el año 1960, redactado por el “ingenio ciego” de Borges, ese juego con el tiempo y la muerte es un mero recurso retórico de la literatura al servicio de una escena imposible, pero de gran efectismo. Mallo, en cambio, escribe (párrafo final del prólogo, la dedicatoria esta vez es a Borges):

”Borges se murió a mediados de los años 80 del siglo 20, el mismo día en que yo tiraba a una hoguera [negra y blanca] mi primer disco de Joy Division [blanco y negro], y pocos días después de que Juan Pablo II publicara su encíclica Dominum et Vivificantem. Mi vanidad y mi nostalgia han armado una escena imposible. Así será, me digo, pero mañana yo también habré muerto y se confundirán nuestros tiempos, y la cronología se perderá en un orbe de símbolos premodernos y de algún modo será justo afirmar que yo le he traído este libro y que usted lo ha aceptado.

”No hay efectismo retórico; eso es lo asombroso. Mallo, contemporáneo de Fernando Savater, busca más bien situar los hechos como una indagación de lo real y así fijar el origen de su tributo y admiración. Claro, la muerte y el tiempo, para él, también se confundirán; la tiranía de la cronología hará lo suyo donde quizá todo tiende a la confusión”.

Fernández Mallo la hace de Menard así como el Quijote la hace de lector de su propia historia y Hamlet autor y actor de su propia representación dentro de su drama. Todas las piezas encajan en su lugar y todo se torna excesivamente borgesiano para mi gusto. Juan Villoro ha escrito algo que encaja a la perfección: “La suerte de una literatura depende de la forma en que es leída. Sujetos a las consideraciones de la época, los libros modifican su contenido sin cambiar de forma. El exagerado Pierre Menard escribe otro Quijote con idénticas palabras. Italo Calvino encontró una sencilla definición de clásico: un libro que no cesa y “nunca termina de decir lo que tiene que decir”.

Los lectores al final siempre tienen la última palabra y cada libro (o cada autor) es leído por un gusto tan cambiante como caprichoso. Borges, a quien le gustaban mucho esos juegos intelectuales, escribió en su cuento: “Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas. Esa técnica de aplicación infinita nos insta a recorrer la Odisea como si fuera posterior a la Eneida y el libro Le jardin du Centaure de madame Henri Bachelier como si fuera de madame Henri Bachelier. Esa técnica puebla de aventura los libros más calmosos. Atribuir a Louis Ferdinand Céline o a James Joyce la Imitación de Cristo, ¿no es una suficiente renovación de esos tenues avisos espirituales?”.

Sin duda en un futuro lejano El hacedor de Fernández Mallo respire con más vitalidad en la lectura electrónica e incluso se convierta en una curiosidad interactiva, pasando Borges a ser un autor menor que ha plagiado a Mallo o viceversa. Además el libro de Mallo ya tiene ese atractivo aditivo de haber sido censurado en su momento. Todo es posible en ese juego de espejos que a fin de cuentas es la literatura. Censores abstenerse.