Estoy predispuesto a creer que los objetos adquieren las vibraciones de sus dueños, que de cierta forma esconden en su dureza esa blanda esencia de aquellos que los adquieren y los cuales, por lo general, se encuentran cerca en el escritorio, en una repisa especial, en la mesa de la sala o en el velador próximo a la cama. Objetos que uno compra sin saber con exactitud el motivo. Hay otros objetos que aparecen y de los que se desconoce su procedencia y otros que forman parte de esos regalos afectivos de los amigos, también los hay como producto de algún viaje. En fin, objetos que se instalan como huéspedes en tu devenir cotidiano sin otra utilidad que estar allí y darle sentido estético (o de recuerdo) a un pequeño espacio en tu existencia.
Esto de los objetos me trajo a la memoria un texto de Denis Diderot sobre su bata de estar en la casa y las razones de su apego a una prenda algo deteriorada por el uso. “Lamento por mi bata vieja”, según cuenta Savater, es un “grato divertimento” escrito que refleja la intimidad del filósofo. Una amiga a la que Diderot había ayudado como agradecimiento decide renovarle su vestuario y algunos enseres de su mobiliario. Diderot acota: “¿Por qué no haberla guardado? Estaba hecha a mí; yo estaba hecho a ella. Moldeaba todos los repliegues de mi cuerpo sin molestarle; yo estaba pintoresco y hermoso. La otra, rígida, gravosa, me convierte en un maniquí”. En otro párrafo se limita a describirnos su mundo de objetos cotidianos: “Mi bata vieja hacía juego con los otros andrajos que me rodeaban. Una silla de paja, una mesa de madera, una tapicería de Bérgamo, una balde pino que sostenía unos cuantos libros, unas cuantas estampas ahumadas, sin marco, clavadas por las esquinas a esa tapicería; entre esas estampas, tres o cuatro modelos de yeso suspendidos formaban con mi vieja bata la indigencia más armoniosa”.
Coleccionar objetos es una extraña afición. Conozco a una amiga especializada en agrupar elefantes de yeso, madera y de cualquier material inimaginable. Tiene alrededor de 400 paquidermos que ocupan tres estantes completos. También conozco a un individuo que recopila todo lo relacionado con Marilyn Monroe. Posee revistas, fotos, etc. Su afición lo ha llevado por un extraño laberinto y es considerado como el segundo coleccionista más importante en Latinoamérica.
El escritor Truman Capote relata cómo surgió su pasión por esos pisapapeles redondos de cristal, de forma similar a una pelota de béisbol, con una rosa en su interior. De paso por París el escritor (y gracias a los buenos oficios de Jean Cocteau) fue invitado por Colette a tomar té. La descripción de esa gran escritora francesa no tiene desperdicio: “Me recibió en su dormitorio. Me quedé atónito, pues era tal como me la había imaginado. El pelo rojizo, crespo, de aspecto casi africano: unos ojos rasgados de gato callejero perfilados por kohl; un cara bellamente delineada y flexible como el agua..., mejillas con colorete..., labios finos y tensos como el alambre, pero pintado de un escarlata chillón de buscona”.
Como Capote mostraba especial interés por sus pisapapeles, a los que Colette llamaba “copos de nieve”, le explicó que los mejores se hicieron entre 1840 y 1880, que no estaban de moda y que en el mundo apenas quedaban tres o cuatro mil pisapapeles en existencia. Mientras Colette explicaba colocó en las manos de Capote uno que era muy especial para ella a tal punto que le gustaría llevárselo en su ataúd: “Es un Baccarat. Se llama Rosa Blanca”. Luego conversaron sobre qué evocación le producía aquella rosa blanca rodeada de hojas verdes incrustada en aquel cristal de gran pureza y sin burbujas. Capote escribe: “...le dio unos golpecitos al pisapapeles que yo tenía en la mano y me dijo: Quiero que se lo quede. Como recuerdo. Y al hacerlo me labró un destino financieramente ruinoso, pues desde ese momento me convertí encoleccionista, y durante años he realizado una ardua y obligada búsqueda de esos delicados pisapapeles franceses que me ha llevado desde opulentas salas de subastas en Sotheby’s hasta turbios anticuarios de Copenhague y Hong Kong”.
Los objetos que me rodean no poseen ese pedigrí de los pisapapeles de Capote, pero tienen implícito el afecto y el recuerdo de los amigos. Por ejemplo tengo una pequeña figura de alambre y yeso que representa una calavera sentada en su máquina de escribir. Este objeto que me recuerda la fútil y mortal tarea de escribir fue un obsequio traído desde México por mi amigo Yuri Valecillo. También tengo un Quijote y su inseparable Sancho hecho en Toledo obsequio de mi amiga Judit Cedeño. Tengo otro Quijote y otro Sancho en madera recuerdo de mis amigos Céfiro Montenero e Inés Dottor. Mi amiga Josefa Zambrano me obsequió un abrecartas con un tigre borgeseano que hace las veces de mango. Mi amiga Jocabeth Ochoa me mandó desde México un alebrije hecho en madera. Me contó que su creador, Pedro Linares López, tuvo un sueño con animales extravagantesy de muchos colores. En el sueño los animales lo perseguían al tiempo que gritaban: ¡alebrije! ¡alejibre! Linares López se levantó y con rapidez talló en madera su primer animal extraño y después lo pintó con colores vivos. Ana María Marín me regaló una vieja máquina de escribir Remington sin la letra ñ debido a que su padre se la compró a los gringos de la compañía petrolera allá en El Tigre. Todavía funciona y es uno de esos objetos que tengo como un amuleto sagrado.
Escribir sobre objetos tan cotidianos y sin utilidad aparente puede parecer banal y eso lo tuvo claro Jonathan Swift, que escribió esa rica sátira “Meditación sobre el palo de una escoba”: “Este palo suelto que ahora contempláis tendido en ignominia en ese rincón descuidado, yo lo conocí vigoroso en un bosque, lleno de savia, de hojas y de ramas. Pero ahora la diligente habilidad del hombre en vano trata de competir con la naturaleza al atar el marchito haz de ramitas a un palo reseco. En el mejor de los casos se trata de lo contrario de lo que fue: un árbol patas arriba, con las ramas en el suelo y las raíces en el aire...”.
Giorgio de Chirico pintó paisajes endurecidos de rigidez con calles misteriosas y edificios siniestros inyectados de luz donde pasea una niña rodando un aro y entonces Salvador Dalí hace lo contrario: pinta paisajes y relojes gelatinosos, objetos y seres ablandados por el sueño. Neruda escribió una oda a las cosas: No es verdad: / muchas cosas / me lo dijeron todo. / No sólo me tocaron / o las tocó mi mano, / sino que acompañaron / de tal modo / mi existencia / que conmigo existieron / y fueron para mí tan existentes / que vivieron conmigo media vida / y morirán conmigo media muerte.
Ionesco escribió una obra teatral en la cual una pareja vive en un pequeño apartamento y entonces comienzan a llegar objetos. Tratan de tener una vida normal, pero los objetos siguen llegando dejándole poco espacio hasta que son canibalizados por un aparatoso cúmulo de cosas.
Solo entre objetos comprendemos los mecanismos del silencio y la soledad. En los objetos se guarda esa metáfora espeluznante de estar solos, de la ausencia como bien lo escribió Reynaldo Pérez Só en este poema:
esta es una silla
sólo una silla
en ella
se sentó mi padre
mis hermanos
todos
mis mejores amigos