En ocasiones, al estar solo en el departamento y con el tedio corroyendo mis huesos, busco un matamoscas y me entrego a ese ritual ancestral de cazar moscas. Más que un cazador furtivo, o un guerrero de mil batallas, semejo un loco lanzando golpes en un enfrentamiento con la nada y que de antemano reconozco infructuosa ya que las moscas volverán para iniciar sus vuelos rasantes e incordiar toda tranquilidad doméstica.
El escritor mexicano Hugo Hiriart afirma en un texto que la literatura se mueve en dos extremos. En uno está El apocalipsis, de San Juan de Patmos, y en el otro se encuentra El elogio de la mosca, de Luciano de Samosata. También se podría parafrasear y asegurar que tiene ciertamente dos extremos. En uno está el Ulises, de Joyce, y en el otro lado los libros de Paulo Coelho, sin mencionar que el escritor brasileño cada vez que puede despotrica del Ulises.
El poeta Francisco Arévalo (en una de sus epifanías recurrentes) ha constatado que la literatura es un amplio abanico de sutiles matices, grados y perspectivas creadoras. Para él un galeronista trabaja tanto la palabra como el docto practicante de las letras y en tono conciliador me dice: “Escribir mal es tan peliagudo como hacerlo bien. Escribir con sencillez en este mundo tan complejo es una tarea de titánico asombro”. Arévalo ha entendido que detrás de toda escritura lo que se mueve es el engranaje de la tradición.
Hiriart, al escribir del texto apocalíptico, o del retórico elogio, acota que ambos escritos responden al género en boga, ambos autores responden a los parámetros de la moda literaria del momento y de la tradición literaria que de manera transversal toca a sus respectivos autores. Hiriart escribe: “El género apocalíptico, propio de nuestro libro, tuvo gran éxito en ciertos ambientes judíos (...). A partir del siglo II a.C. comienza una gran floración de apocalipsis, la mayor parte de ellos apócrifos...”. De Luciano escribe: “...nacido en la provincia siria de Samosata, fue orador ambulante y conocía perfectamente los secretos de la retórica...”. Todo escritor interesado en realizar aportes (críticos, creativos o irónicos) a la literatura debe de alguna manera imbuirse de la escritura de su tiempo y de eso que forma parte del canon literario occidental.
Augusto Monterroso escribió: “Hay tres temas; el amor, la muerte y las moscas. Desde que el hombre existe, ese sentimiento, ese temor, esas presencias lo han acompañado siempre. Traten los otros los dos primeros. Yo me ocupo de las moscas, que son mejores que los hombres, pero no que las mujeres (...), donde uno pone el ojo encuentra la mosca. No hay verdadero escritor que en su oportunidad no le haya dedicado un poema, una página, un párrafo, una línea; y si eres escritor y no lo has hecho te aconsejo que sigas mi ejemplo y corras a hacerlo...”.
Esto me lleva a un texto de Enrique Vila-Matas sobre una serie televisiva gringa, Breaking Bad, y su episodio titulado “Fly” (“Mosca”), décimo de la tercera temporada y el 30 de toda la serie. Un resumen de Breaking Bad, cuyo equivalente en español sería “echarse a perder”, sería algo así: un profesor de instituto (Walt), a pesar de no ser fumador, descubre que padece un cáncer de pulmón terminal. Contacta con un ex alumno (Jesse), un vago drogadicto, y juntos inician un negocio con metanfetamina. Walt, cuya área es la química, fabrica una bastante buena. A Jesse le interesa el dinero, pero Walt busca asegurar que su esposa (embarazada) y su hijo adolescente (aquejado de parálisis cerebral) tengan el dinero suficiente después de que él muera. El episodio (de 45 minutos) transcurre con Walt y Jesse tratando de cazar una mosca que amenaza con contaminar el laboratorio donde se procesa la droga. Durante la cacería afloran miedos, fobias y obsesiones. Los guionistas se esforzaron por escribir un episodio shakesperiano cómico-trágico. Por eso Vila-Matas escribe: “Asombra la cantidad de personas incapaces de ver que en ‘Mosca’ los guionistas, cansados del corsé narrativo de tantas semanas de narración estándar, se liberaron de las presiones comerciales y en un vuelo artístico magistral lograron adentrarse en la esencia misma de la historia que cuenta la serie”. Por Internet lo refutan algunos blogueros. Al parecer hay una expresión, “bottle show”, a la que recurren los productores para abaratar costos. El episodio termina luego de que, de un golpe mortal, la mosca cae en cámara lenta.
Hay dos relatos insoslayables con moscas. El primero es de ciencia ficción, titulado “Moscas”, escrito por Robert Silverberg. El año 2347. Richard Henry Cassiday, astronauta y técnico de combustibles, luego de un accidente espacial es rescatado por unos seres de Iapetus llamados “las doradas”; le salvan la vida, pero alteran su genética para hacerlo más sensible. Las doradas quieren estudiar las emociones humanas. A todas estas Cassiday había tenido tres relaciones estables. De vuelta en la tierra visita a sus ex esposas. Está interesado en hacer sufrir e infligir dolor. A la primera esposa, drogadicta que trata de recuperarse de su adicción, sufre horrores y Cassiday le consigue droga. Trasmite a las doradas los espasmos agónicos de horror, placer y sufrimiento. La segunda se ha casado de nuevo y vive a todo lujo, ha engordado y está encariñada con una mascota de Ganímedes, que le interesa más que nada en el mundo. Cassiday pide ver la mascota y antes de destriparla con sus manos le solicita repita esa frase de Shakespeare del drama El rey Lear: “Lo que las moscas son para los chicos traviesos, eso somos nosotros para los dioses. Nos matan para divertirse”. Su tercera ex está embarazada. La golpea con brutalidad en el vientre, no mata a la criatura, pero de seguro nacerá con algún defecto. Las doradas lo dotaron con el poder de trasmitir las emociones de los demás, pero para ello tuvieron que bloquear las emociones de Cassiday. Lo traen de vuelta a Iapetus para hacerle ajustes. Le devuelven la conciencia y ahora será él quien informará sobre sus sufrimientos. En la mesa de operaciones grita: “Me están torturando... como se tortura a una mosca...”.
El cuento de Cortázar “Los testigos” es una humorada absurda. Trata de tres moscas, el inquilino de una pensión y su amigo. De las tres moscas hay dos que vuelan normales, pero la tercera lo hace de espaldas. Para el inquilino esto es un gran hallazgo. Quiere comunicarlo a un museo, al mundo, pero como sabe que no le creerán decide hacer la observación científica él mismo. Una de las moscas que vuelan normal se escapa y “a la otra la aplasté implacablemente contra un cenicero”. Luego decide reducir su cuarto con cartón comprimido; el inquilino explica que al reducir el tamaño de la habitación solo la mosca y él quedarían incluidos en un espacio reducido, “condición científica imprescindible para que mis observaciones fuesen de una precisión intachable (llevaría un diario, tomaría fotos, etc.)”. Al final comparte su descubrimiento con un amigo (Polanco), pero los dos concluyen que nadie les creería y la lógica aplastante de Polanco coloca ese punto sobre la i como una mosca: “...en realidad esa mosca sigue volando como cualquier mosca, sólo que le tocó ser la excepción. Lo que ha dado media vuelta es todo el resto —dijo Polanco—. Ya te podés dar cuenta de que nadie me lo va a creer, sencillamente porque no se puede demostrar y en cambio la mosca está ahí bien clarita. De manera que mejor vamos y te ayudo a desarmar los cartones antes de que te echen de la pensión, no te parece”.
Después de todo lo que más me sorprende es que Joyce en su Ulises le dedica una líneas, pero Paulo Coelho jamás ha escrito algo sobre tema tan superficial como una mosca.