Mis manos te cubrieron
como blancas piezas de lino
bordadas de ternuras.
De los tábanos protegieron tus llagas,
de soledades resguardaron tu alma;
y ahora,
me las devuelves
convertidas en mortajas,
frías como la nieve,
eternas como el alba.
Con ellas cubriré mi propia muerte,
con ellas habré de cerrar mi casa.