El abogado, por Alberto Torchinsky

Primera parte

"Diga, don...". Estaba reclinado en un banco del parque con las manos en los bolsillos y la mirada en blanco; la pelota se acercaba en su dirección picando suavemente. La tomó con las manos y se la tiró a un pibe mugriento de polvo y de sudor. De repente, un flashback: el regalo de cumpleaños que habrían de darle sus padres al día siguiente, una número 5 marrón (no como esta, de gajos multicolores), rodando en la oscuridad, las gotas de lluvia repiqueteando en las ventanas. Ultimamente, una parte de su persona armonizaba la trama del momento con escenas con las que sentía una conexión, como un asunto no resuelto.


quiero correr
                          detrás
                                        de la
                                                    pe    ta
                                                        lo

no treinta
sino cinco
                    finalmente cinco

rabia
          —conmigo mismo

quiero patearla
                              pero no puedo...


La Santísima Trinidad: el jurista, la víctima, el victimario. Ilustración de José Angel Tovar. Cagua, Venezuela, 1997 Un gato blanco peludo se revuelca en el pasto. Una voz plañidera pregunta una y otra vez "¿Por qué..?". Sentado en cuclillas, con la cara hundida en las manos, un chico lloriquea. Intenta confortarlo; le pone sus brazos alrededor de los hombros y le susurra: "No te preocupes, yo te protejo. Nadie podrá lastimarte...". Pero no sirve de nada. A lo lejos se escuchan pasos pesados y el chico, inconsolable, llora.


La traición de la memoria, que lo sorprendió con la furia de un blitzkrieg, sin darle tiempo para prepararse.

El percatarse de que, cuando el dolor viene de adentro, no hay dónde esconderse.


Pese a que no confiaba en su analista (a menudo fantaseaba que mandaba un robot a las sesiones en su lugar), estaba de acuerdo en que ese sueño recurrente representaba una memoria reprimida que pugnaba por manifestarse, ya que si bien era capaz de crear en su imaginación alguien de acuerdo a sus especificaciones, era incapaz de dotarlo de emociones. Ese era su problema: la caparazón que su mente analítica había erigido para esconder su cuerpo, y ese pequeño guijarro resonando adentro que era su alma. Pero ahora que esos sucesos convergían a su vida cotidiana, debía retornar para reconocer las circunstancias. Para fortalecerse —el hombre poderoso de hoy extendiendo su mano al niño indefenso de ayer.

No a ese chico travieso de cuatro años que esperaba a que sus padres regresaran de los interminables mitines gremiales y recién entonces se dormía, ya entrada la noche, en el sofá que se abría en cama en el comedor, sino al chico huraño de cinco años que vivía con unos abuelos doblados y gastados. Los viejecitos nunca hablaban de sus padres, ni de su lucha por la causa, y la voluntad popular y los valores humanos eran temas tabú en su casa. No pudo sino creer que solamente él estaba dispuesto a enfrentar los demonios de un mundo endurecido y cínico, y decidió que él sería el paladín de la justicia social: sería abogado.

En un rincón de su pieza apilaba las cajas que traía de la tienda de sus abuelos. En una de zapatos, herméticamente cerrada, guardaba las pesadillas. Los problemas pequeños cabían adentro de otras, pero los grandes no cabían en ninguna. En una sin tapa, entremezclado con bolitas y figuritas, guardaba un cortaplumas, siempre abierto en la hoja más filosa. La caja más linda, una de cigarros, contenía una flor seca. A los once años había jugado a las escondidas en una fiesta de cumpleaños, y una chica lo había llevado de la mano a un lugar apartado donde se habían escondido de los otros, que trataban de besuquearla; más tarde la chica le había dado la flor que guardaba en la caja. Desde ese día había evitado hablarle, no había encontrado las palabras adecuadas para explicarle que ese contacto suave le había dado escalofríos.

Con los pantalones largos pudo esconder de los demás las rodillas, siempre cubiertas de costras. Mantenía esas cicatrices visibles para convencerse a sí mismo de que el dolor que sentía era real, y cuando las pelaba lo nocivo rezumaba de su cuerpo con la sangre espesa. También se mordía las manos y los brazos y se rasguñaba el cuerpo; a veces se pinchaba con agujas.

La primera foto del álbum de la familia, a los siete años, conservaba el reproche de su abuela por haber mojado ese día, como muchos otros, la cama. Las fotos de adolescente le producían una tensión en el pecho y la espalda. En una se veía incómodo en su saco holgado; sus abuelos se los compraban grandes para que le duren más de un año. En otra, con el saco abierto flotando al viento, tenía una expresión ida; esa foto lo alteraba. Se preguntaba cuán real era todo; ese joven que ya no lo era, y que tampoco ahora sonreía.


imágenes blanquinegras
me llevan de la mano

un caudal
                  de sangre caliente
                                                      (bienaventurado lubricante)
entre
            los
                    dedos


El adolescente lleva puesto una campera negra de cuero y pantalones cortos blancos. La hoja del cortaplumas refulge en un rayo de luz. Está, y no está, allí. Con deliberación, primero araña y después corta la piel blanda sobre la rodilla. Después otro corte. Y otro. Fascinado, mira y admira su obra. El sigue las trazas que dejan las gotas de sangre sobre las alfombras, y el títere que lleva en sus manos repite "Jo'eputa...".


La sangría terapéutica, el flujo de la vena abierta que entumece el dolor del alma.

Cortarse de la garganta a la pelvis y pelar la piel, para así liberar al yo real.


Esa sesión, pese a que estaba agitado, exhibía una imagen calmada; el torbellino era interno. Le explicó a su analista que estaba poseído por algo tan absorbente que le resultaba difícil aun imaginar el rayo de luz que le indicaría la salida de ese pozo negro. Su analista lo animó a proyectar los sueños en otros escenarios. Súbitamente, en un flash, lo vio todo. Es de noche pero no está ni claro ni oscuro. El murmullo sordo de la luz de la luna se filtra por entre las nubes, exhaustas de lluvia. El aire inmóvil, no es ni cálido ni fresco; todos los atributos naturales están suspendidos en ese espacio. Los extraños los llevan a los empujones al coche verde, y su padre clama por el abogado del sindicato. Por qué misterio, por qué designio, todo era ahora tan familiar, tan fiel. El retornar finalmente a ese lugar todavía sin nombre donde pasarían un tiempo que no se puede medir en unidades temporales. No quería, ya no necesitaba, recordar. Todo dolía; quería, más que nada, desaparecer de la faz de la Tierra.