
Primera parte
"Diga, don...". Estaba reclinado en un banco del parque con las manos en
los bolsillos y la mirada en blanco; la pelota se acercaba en su dirección
picando suavemente. La tomó con las manos y se la tiró a un pibe mugriento
de polvo y de sudor. De repente, un flashback: el regalo de cumpleaños que
habrían de darle sus padres al día siguiente, una número 5 marrón (no como
esta, de gajos multicolores), rodando en la oscuridad, las gotas de lluvia
repiqueteando en las ventanas. Ultimamente, una parte de su persona
armonizaba la trama del momento con escenas con las que sentía una
conexión, como un asunto no resuelto.
quiero correr
no treinta
rabia
quiero patearla
La traición de la memoria, que lo sorprendió con la furia de un blitzkrieg,
sin darle tiempo para prepararse.
El percatarse de que, cuando el dolor viene de adentro, no hay dónde
esconderse.
Pese a que no confiaba en su analista (a menudo fantaseaba que mandaba un
robot a las sesiones en su lugar), estaba de acuerdo en que ese sueño
recurrente representaba una memoria reprimida que pugnaba por manifestarse,
ya que si bien era capaz de crear en su imaginación alguien de acuerdo a
sus especificaciones, era incapaz de dotarlo de emociones. Ese era su
problema: la caparazón que su mente analítica había erigido para esconder
su cuerpo, y ese pequeño guijarro resonando adentro que era su alma. Pero
ahora que esos sucesos convergían a su vida cotidiana, debía retornar para
reconocer las circunstancias. Para fortalecerse —el hombre poderoso de hoy
extendiendo su mano al niño indefenso de ayer.
No a ese chico travieso de cuatro años que esperaba a que sus padres
regresaran de los interminables mitines gremiales y recién entonces se
dormía, ya entrada la noche, en el sofá que se abría en cama en el comedor,
sino al chico huraño de cinco años que vivía con unos abuelos doblados y
gastados. Los viejecitos nunca hablaban de sus padres, ni de su lucha por
la causa, y la voluntad popular y los valores humanos eran temas tabú en su
casa. No pudo sino creer que solamente él estaba dispuesto a enfrentar los
demonios de un mundo endurecido y cínico, y decidió que él sería el paladín
de la justicia social: sería abogado.
En un rincón de su pieza apilaba las cajas que traía de la tienda de sus
abuelos. En una de zapatos, herméticamente cerrada, guardaba las
pesadillas. Los problemas pequeños cabían adentro de otras, pero los
grandes no cabían en ninguna. En una sin tapa, entremezclado con bolitas y
figuritas, guardaba un cortaplumas, siempre abierto en la hoja más filosa.
La caja más linda, una de cigarros, contenía una flor seca. A los once años
había jugado a las escondidas en una fiesta de cumpleaños, y una chica lo
había llevado de la mano a un lugar apartado donde se habían escondido de
los otros, que trataban de besuquearla; más tarde la chica le había dado la
flor que guardaba en la caja. Desde ese día había evitado hablarle, no
había encontrado las palabras adecuadas para explicarle que ese contacto
suave le había dado escalofríos.
Con los pantalones largos pudo esconder de los demás las rodillas, siempre
cubiertas de costras. Mantenía esas cicatrices visibles para convencerse a
sí mismo de que el dolor que sentía era real, y cuando las pelaba lo nocivo
rezumaba de su cuerpo con la sangre espesa. También se mordía las manos y
los brazos y se rasguñaba el cuerpo; a veces se pinchaba con agujas.
La primera foto del álbum de la familia, a los siete años, conservaba el
reproche de su abuela por haber mojado ese día, como muchos otros, la cama.
Las fotos de adolescente le producían una tensión en el pecho y la espalda.
En una se veía incómodo en su saco holgado; sus abuelos se los compraban
grandes para que le duren más de un año. En otra, con el saco abierto
flotando al viento, tenía una expresión ida; esa foto lo alteraba. Se
preguntaba cuán real era todo; ese joven que ya no lo era, y que tampoco
ahora sonreía.
imágenes blanquinegras
un caudal
El adolescente lleva puesto una campera negra de cuero y pantalones cortos
blancos. La hoja del cortaplumas refulge en un rayo de luz. Está, y no
está, allí. Con deliberación, primero araña y después corta la piel blanda
sobre la rodilla. Después otro corte. Y otro. Fascinado, mira y admira su
obra. El sigue las trazas que dejan las gotas de sangre sobre las
alfombras, y el títere que lleva en sus manos repite "Jo'eputa...".
La sangría terapéutica, el flujo de la vena abierta que entumece el dolor
del alma.
Cortarse de la garganta a la pelvis y pelar la piel, para así liberar al yo
real.
Esa sesión, pese a que estaba agitado, exhibía una imagen calmada; el
torbellino era interno. Le explicó a su analista que estaba poseído por
algo tan absorbente que le resultaba difícil aun imaginar el rayo de luz
que le indicaría la salida de ese pozo negro. Su analista lo animó a
proyectar los sueños en otros escenarios. Súbitamente, en un flash, lo vio
todo. Es de noche pero no está ni claro ni oscuro. El murmullo sordo de la
luz de la luna se filtra por entre las nubes, exhaustas de lluvia. El aire
inmóvil, no es ni cálido ni fresco; todos los atributos naturales están
suspendidos en ese espacio. Los extraños los llevan a los empujones al
coche verde, y su padre clama por el abogado del sindicato. Por qué
misterio, por qué designio, todo era ahora tan familiar, tan fiel. El
retornar finalmente a ese lugar todavía sin nombre donde pasarían un tiempo
que no se puede medir en unidades temporales. No quería, ya no necesitaba,
recordar. Todo dolía; quería, más que nada, desaparecer de la faz de la
Tierra.
detrás
de la
pe ta
lo
sino cinco
finalmente cinco
—conmigo mismo
pero no puedo...
Un gato blanco peludo se revuelca en el pasto. Una voz plañidera pregunta
una y otra vez "¿Por qué..?". Sentado en cuclillas, con la cara hundida en
las manos, un chico lloriquea. Intenta confortarlo; le pone sus brazos
alrededor de los hombros y le susurra: "No te preocupes, yo te protejo.
Nadie podrá lastimarte...". Pero no sirve de nada. A lo lejos se escuchan
pasos pesados y el chico, inconsolable, llora.
me llevan de la mano
de sangre caliente
(bienaventurado lubricante)
entre
los
dedos