El abogado, por Alberto Torchinsky

Segunda parte

Además, nadie podría ayudarlo; aun rodeado de gente, estaba solo. No siempre había sido así. Caminando por Florida había encontrado un cuaderno. Interesado en la letra, atrevida y segura, había leido unas notas que discutían el perfil del torturador. Sin pensarlo había agregado, con una intensidad que lo había sorprendido, unos comentarios. Algunas palabras nunca podría escribir, por ejemplo, sol--dado, siempre le salía sombra--dado. Había llamado a la chica —su nombre estaba escrito en el interior de la tapa— y después de varias conversaciones, cada vez más intensas, se habían encontrado en un restaurant céntrico. Entonces la chica le había tomado la mano entre las suyas para mostrarle una toma de karate, que ella practicaba asiduamente. Pese a que había sido un contacto ligero que había roto la electricidad que había circulado entre ellos desde el instante que se habían encontrado, lo había afectado muchísimo, y más tarde no había podido tomarle la mano, que ella había abandonado invitándolo a que lo hiciera.

Pese a que cuando hablaban por teléfono intuía que el cariño de ella estaba floreciendo en algo magnífico, desconectaba sus sistemas emocionales. Muchas noches, al acompañarla a su casa, se escapaba corriendo apenas se cerraba la puerta detrás de ella. Después de una serie de salidas desarticuladas, la chica, que insistía que el amor no es solamente una ocupación intelectual, lo había llevado a un hotel. Aunque diferían acerca de lo que acarrea una relación —ella le había hablado de la necesidad de acercamiento y de un sentimiento de plenitud, y él no creía que fuese posible sustituir la intimidad por el sexo—, pasaron tres horas de exploración y de placentero contacto físico. Aprendió entonces que todos los besos son distintos, algunos muestran afecto y otros son un preludio.

Habían vuelto al hotel cada miércoles, cuando se suponía que él, un abogado adulto que todavía le explicaba a su abuela cómo pasaba las noches, debía prepararse para un caso importante al día siguiente. A veces había gozado del acto del amor y otras, en medio de la escaramuza, comenzaba a temblar, sudaba y sentía escalofríos al mismo tiempo. Leía entonces el desencanto en los ojos de su compañera, y también (pese a que ella lo negaba) enfado. Sabía que él mismo era su peor enemigo, pero no podía hacer nada; angustiado, en ese momento quería más que nada congelarse en invisibilidad.

Esa noche habían ido al cine; en la película un hombre, perseguido por asesinos, encuentra refugio en un sótano húmedo y frío. Su angustia había sido tan aparente que la chica había decidido que pasaran la noche juntos. En el hotel les habían dado la habitación de siempre y mientras ella se desvestía tarareando, él se había cubierto con la sábana en un intento de congeniar con su cuerpo, que pronto habría de cederle a ella. De repente, miles de aletas pegajosas le toqueteaban el cuerpo. Algo grande y liso se expandió en su boca; no pudo respirar. Era como si la garganta y la boca estuviesen separadas del resto de la cabeza. Uno por uno todos sus orificios fueron llenados, cada vez más violentamente, por objetos suaves y grandes; pedazos de su cuerpo se desprendían y él no podía prevenirlo. El flashback lo transportó a otro cuarto oscuro con sus padres rodeados por s-o-l-dados, estaba seguro que habían sido s-o-l-dados. había rescatado otro pedazo de su niñez.

Todo entre ellos había terminado. Y él que tenía tantas cosas que decirle, no pudo abrir la boca. Y cuando ella había cerrado la puerta del cuarto suavemente al salir, él, devastado y aliviado, se había... Preocupada, ella le había pedido que le contara de una vez por todas lo ocurrido, pero él no quería desencadenar otra angustia. Ella era paciente con él, le había dicho, porque él estaba tratando de resolver sus cosas, pero ya estaba cansada. En esos momentos él la percibía como a una agresora, como la persona más temible del mundo. Ella decía que lo quería, pero también le había sujetado los brazos contra la cama y lo había abusado. El le había explicado que ya no sentía nada cuando estaba adentro de ella, que era como si sus nervios estuviesen muertos. Y había gritado "¡No! ¡No!" cuando ella lo había acariciado, y en un acto que no había sido suyo la había rechazado, empujándola con violencia, y la había amenazado con la hoja del cortaplumas. Después, cuando el cortaplumas yacía tirado en el piso con la hoja plegada como el ala de un pájaro muerto, ella había llorado y ya calmados ella le había dicho que no quería sufrir más por cosas que jamás comprendería. Todo entre ellos había terminado. Y él, que tenía tantas cosas que decirle, no pudo abrir la boca. Y cuando ella había cerrado la puerta del cuarto suavemente al salir, él, devastado y aliviado, se había duchado con agua caliente, tan caliente que le había quemado la piel donde ella lo había tocado, purificándolo.


llueve todavía

las paredes de mi celda son finas
                                    (transparentes)

de mera piel

cadena perpetua
                              sin posibilidad de indulto


El chiquilín no quiere ir a la cama, no bien lo acuestan se escapa. Corre; no va lejos porque no sabe a dónde ir. Pasos pesados se escuchan cada vez más cerca; unas manos velludas lo sujetan. El es abogado y ha prometido protegerlo; increpa a los perseguidores, que se desintegran frente a sus ojos. En su lugar aparece un adolescente con un cuchillo en la mano y le demanda una gota de sangre al chiquilín. Después se torna hacia él y desde las sombras, con movimientos precisos, con el cuchillo ahora chorreante de sangre, le talla el alma.


La fuga de su prisión lo lleva a la prisión que otros han erigido para él.

Cansado y sólo lleva en su corazón todas las heridas, una fresca, otras a través de la distancia.


Pese a que no era su día habitual, había ido a lo de su analista; en la sala de espera, guiado por la imaginería de la música suave en el fondo, había creado una atmósfera de conciencia. Estaba entumecido, había tanto rondando por su mente que no podía enfocarse. Su compañera lo había dejado; él no había podido satisfacer las necesidades de ella, de todas maneras las suyas eran más urgentes. Su analista le comentó con excitación que había estado esperando por algo como lo ocurrido en el hotel. "Su cuerpo finalmente ha adquirido una memoria propia", le dijo. "Por mucho tiempo no supe si lo suyo habían sido pesadillas o flashbacks; ahora todo está validado".

Si, pudieron haber sido pesadillas, pero no tenían la textura adecuada. Los recuerdos eran vívidos, tan claros como si los eventos hubiesen ocurrido el día anterior, los resquicios abarrotados con trazas de terror; siempre había considerado esos incidentes como algo propio. Y ahora la desesperación ejercía sobre él una atracción macabra, algo casi agradable, como una experiencia fuera de su cuerpo ligada a la muerte. Y envolvía también al alma, porque cuando iba allí de la mano de esa experiencia, no encontraba nada. No se iba a suicidar, pero si el suicidio del cuerpo es el no definitivo a la esperanza, el del espíritu es el recogimiento de los sentimientos. Por primera vez se forzó a reconstruir una memoria para su analista y resultó ser una versión tridimensional de una pesadilla que había tenido unos días atrás. Los uniformes y las caras, haciéndoles cosas. Se estremeció de pies a cabeza. Después se sentó y respiró hondo; había aclarado mucho y estaba agotado.