
Segunda parte
Además, nadie podría ayudarlo; aun rodeado de gente, estaba solo. No
siempre había sido así. Caminando por Florida había encontrado un cuaderno.
Interesado en la letra, atrevida y segura, había leido unas notas que
discutían el perfil del torturador. Sin pensarlo había agregado, con una
intensidad que lo había sorprendido, unos comentarios. Algunas palabras
nunca podría escribir, por ejemplo, sol--dado, siempre le salía
sombra--dado. Había llamado a la chica —su nombre estaba escrito en el
interior de la tapa— y después de varias conversaciones, cada vez más
intensas, se habían encontrado en un restaurant céntrico. Entonces la chica
le había tomado la mano entre las suyas para mostrarle una toma de karate,
que ella practicaba asiduamente. Pese a que había sido un contacto ligero
que había roto la electricidad que había circulado entre ellos desde el
instante que se habían encontrado, lo había afectado muchísimo, y más tarde
no había podido tomarle la mano, que ella había abandonado invitándolo a
que lo hiciera.
Pese a que cuando hablaban por teléfono intuía que el cariño de ella estaba
floreciendo en algo magnífico, desconectaba sus sistemas emocionales.
Muchas noches, al acompañarla a su casa, se escapaba corriendo apenas se
cerraba la puerta detrás de ella. Después de una serie de salidas
desarticuladas, la chica, que insistía que el amor no es solamente una
ocupación intelectual, lo había llevado a un hotel. Aunque diferían acerca
de lo que acarrea una relación —ella le había hablado de la necesidad de
acercamiento y de un sentimiento de plenitud, y él no creía que fuese
posible sustituir la intimidad por el sexo—, pasaron tres horas de
exploración y de placentero contacto físico. Aprendió entonces que todos
los besos son distintos, algunos muestran afecto y otros son un preludio.
Habían vuelto al hotel cada miércoles, cuando se suponía que él, un abogado
adulto que todavía le explicaba a su abuela cómo pasaba las noches, debía
prepararse para un caso importante al día siguiente. A veces había gozado
del acto del amor y otras, en medio de la escaramuza, comenzaba a temblar,
sudaba y sentía escalofríos al mismo tiempo. Leía entonces el desencanto en
los ojos de su compañera, y también (pese a que ella lo negaba) enfado.
Sabía que él mismo era su peor enemigo, pero no podía hacer nada;
angustiado, en ese momento quería más que nada congelarse en invisibilidad.
Esa noche habían ido al cine; en la película un hombre, perseguido por
asesinos, encuentra refugio en un sótano húmedo y frío. Su angustia había
sido tan aparente que la chica había decidido que pasaran la noche juntos.
En el hotel les habían dado la habitación de siempre y mientras ella se
desvestía tarareando, él se había cubierto con la sábana en un intento de
congeniar con su cuerpo, que pronto habría de cederle a ella. De repente,
miles de aletas pegajosas le toqueteaban el cuerpo. Algo grande y liso se
expandió en su boca; no pudo respirar. Era como si la garganta y la boca
estuviesen separadas del resto de la cabeza. Uno por uno todos sus
orificios fueron llenados, cada vez más violentamente, por objetos suaves y
grandes; pedazos de su cuerpo se desprendían y él no podía prevenirlo. El
flashback lo transportó a otro cuarto oscuro con sus padres rodeados por
s-o-l-dados, estaba seguro que habían sido s-o-l-dados. había rescatado
otro pedazo de su niñez.
llueve todavía
las paredes de mi celda son finas
de mera piel
cadena perpetua
El chiquilín no quiere ir a la cama, no bien lo acuestan se escapa. Corre;
no va lejos porque no sabe a dónde ir. Pasos pesados se escuchan cada vez
más cerca; unas manos velludas lo sujetan. El es abogado y ha prometido
protegerlo; increpa a los perseguidores, que se desintegran frente a sus
ojos. En su lugar aparece un adolescente con un cuchillo en la mano y le
demanda una gota de sangre al chiquilín. Después se torna hacia él y desde
las sombras, con movimientos precisos, con el cuchillo ahora chorreante de
sangre, le talla el alma.
La fuga de su prisión lo lleva a la prisión que otros han erigido para él.
Cansado y sólo lleva en su corazón todas las heridas, una fresca, otras a
través de la distancia.
Pese a que no era su día habitual, había ido a lo de su analista; en la
sala de espera, guiado por la imaginería de la música suave en el fondo,
había creado una atmósfera de conciencia. Estaba entumecido, había tanto
rondando por su mente que no podía enfocarse. Su compañera lo había dejado;
él no había podido satisfacer las necesidades de ella, de todas maneras las
suyas eran más urgentes. Su analista le comentó con excitación que había
estado esperando por algo como lo ocurrido en el hotel. "Su cuerpo
finalmente ha adquirido una memoria propia", le dijo. "Por mucho tiempo no
supe si lo suyo habían sido pesadillas o flashbacks; ahora todo está
validado".
Si, pudieron haber sido pesadillas, pero no tenían la textura adecuada. Los
recuerdos eran vívidos, tan claros como si los eventos hubiesen ocurrido el
día anterior, los resquicios abarrotados con trazas de terror; siempre
había considerado esos incidentes como algo propio. Y ahora la
desesperación ejercía sobre él una atracción macabra, algo casi agradable,
como una experiencia fuera de su cuerpo ligada a la muerte. Y envolvía
también al alma, porque cuando iba allí de la mano de esa experiencia, no
encontraba nada. No se iba a suicidar, pero si el suicidio del cuerpo es el
no definitivo a la esperanza, el del espíritu es el recogimiento de los
sentimientos. Por primera vez se forzó a reconstruir una memoria para su
analista y resultó ser una versión tridimensional de una pesadilla que
había tenido unos días atrás. Los uniformes y las caras, haciéndoles cosas.
Se estremeció de pies a cabeza. Después se sentó y respiró hondo; había
aclarado mucho y estaba agotado.
Preocupada, ella le había pedido que le contara de una vez por todas lo
ocurrido, pero él no quería desencadenar otra angustia. Ella era paciente
con él, le había dicho, porque él estaba tratando de resolver sus cosas,
pero ya estaba cansada. En esos momentos él la percibía como a una
agresora, como la persona más temible del mundo. Ella decía que lo quería,
pero también le había sujetado los brazos contra la cama y lo había
abusado. El le había explicado que ya no sentía nada cuando estaba adentro
de ella, que era como si sus nervios estuviesen muertos. Y había gritado
"¡No! ¡No!" cuando ella lo había acariciado, y en un acto que no había sido
suyo la había rechazado, empujándola con violencia, y la había amenazado
con la hoja del cortaplumas. Después, cuando el cortaplumas yacía tirado en
el piso con la hoja plegada como el ala de un pájaro muerto, ella había
llorado y ya calmados ella le había dicho que no quería sufrir más por
cosas que jamás comprendería. Todo entre ellos había terminado. Y él, que
tenía tantas cosas que decirle, no pudo abrir la boca. Y cuando ella había
cerrado la puerta del cuarto suavemente al salir, él, devastado y aliviado,
se había duchado con agua caliente, tan caliente que le había quemado la
piel donde ella lo había tocado, purificándolo.
(transparentes)
sin posibilidad de indulto