
Tercera parte
sesión de terapia
me esfumo en mí mismo
visito al chico
el adolescente
La reafirmación de que está solo para siempre. El amor es la debilidad que
no se atreve a dar la cara.
Pérdida de Memoria = Protección. Caer en un agujero negro y nunca más
sentir el ascenso de los recuerdos.
Paulatinamente se había puesto en contacto con lo acumulado en su cuerpo;
le resultaba imposible pensar en otra cosa. No tenía recuerdos precisos de
las distintas ocurrencias, pero sabía que había sido más de una, muchas. De
noche siempre cerraba la puerta de su cuarto con llave. De pibe dormía
despatarrado boca abajo, pero ahora lo hacía con la espalda pegada a la
cama, con las piernas apretadas. Intentaba dormir con los ojos abiertos
(durante ese otro tiempo había visto todo a través de ojos cerrados), y era
como si estuviese observando los sueños de otro. Con tinta roja se trazó
una línea de puntos en las muñecas, desafiándose a cortarse. Además, sentía
que había alguien parado al pie de la cama, tocándolo; estaba en el aquí
ahora, en la compañía de fantasmas. Un instante antes de adormecerse, se
tranquilizaba: no podrían ya hacerle daño, era abogado.
Unas veces se sentía afectado por todo lo que ocurría alrededor suyo, otras
por nada. Su analista le había advertido que las emociones descontroladas
causan regresión, no progreso, y que además está el riesgo de quedarse
empantanado en el pasado. La depresión era asfixiante, el dolor quemaba,
pero la ira era una brisa renovadora que se sentía bien —después de jugar
al tenis destrozaba la raqueta en mil pedazos. No sabía cómo confrontar a
la sociedad con la noción de que los que lo habían cicatrizado andaban
sueltos, listos a actuar nuevamente. Los veía todos los días, prepotentes,
dueños de las calles, en mil caras de bulldogs en los parques, marchando en
desfiles. Y ahora que había llegado el momento de enfrentarlos, no podía
compartirlo con nadie. No con su abuela, frágil, ni con su compañera, que
lo había abandonado. Tampoco podía contar con el apoyo de extraños, porque
entonces los expondría a esa terrible realidad: la verdadera fundación de
los gobiernos a través de la historia había sido el abuso, la agresión y el
sadismo. El ruido de rotas cadenas no había provenido de las suyas.
Su analista le explicó que el tratamiento representaba un ascenso a lo
largo de una espiral, no un recorrer de círculos cerrados. Si bien él
enfrentaba situaciones semejantes a las de meses atrás, éstas ocurrían en
otra rama de la espiral. De acuerdo a su analista, había adquirido la
destreza que le permitiría hacerles frente cada vez más fuerte; a la larga
las memorias que lo sofocaban se desprenderían de su cuerpo en las
circunvoluciones de la espiral. Y de repente su vida se había acelerado en
direcciones inesperadas, la incertidumbre de adónde las memorias lo
abandonarían se había tornado insostenible y, en un remolino furioso, se
sintió arrojado al espacio sin compasión.
Cisma. Fractura. Voces al unísono, cada uno con su identidad. Nos ponemos
al día conversando; discutimos, y no siempre nos llevamos bien.
Comprendemos el lenguaje de los niños, de los adolescentes, de los adultos.
Pasamos algunos días juntos, otros compartimos sólo unos instantes.
Distribuimos las responsabilidades, así la carga no es demasiado pesada
para ninguno. Tenemos una personalidad amplia pero no profunda, rellena de
angustia. Nuestro analista hurga lo que escondemos de todos. Tratamos de
recordar, pero no demasiado. Queremos neutralizar el pasado, no
abandonarlo. Estamos cansados de los sueños, de los flashbacks. De ese olor
acre de paredes sudorosas, que quedó impregnado en nuestras narices. De ese
chirrido como el de hojas secas arrastrándose en el parque.
Al principio nos sentimos extraviados en un laberinto de huesos y órganos
que no pudimos reconocer. Nos negamos a aceptarnos en un mismo cuerpo. Nos
dio miedo, ese cuerpo no se sentía correcto, no se veía bien. Avergonzados,
lo tocamos y lo tocamos, tratando de conocerlo, pero no se sentía como
nosotros. Uno de nosotros transforma el dolor emocional en algo físico,
manejable; se corta y nos sumerge en un estado agradable. Otro sabe que es
mejor que no hable; su único aliado es el miedo. El otro es poderoso, como
una roca de cristal que irradia un aura de calma y gruñidos de odio. Está a
cargo de esa cosa negra lisa metálica que nos atraviesa desde el estómago
al pecho. No debe permitir que se expanda, atorándonos.
En el fondo, voces sin nombre. Es excitante saber que otros solamente
existen, parloteando incesantemente, sin demandar nada. Compartimos con
ellos una fuente común de memorias que nos delinea. Estamos intentando
crear a uno fuerte que enfrente al mundo, así todos podremos sobrevivir.
Prendemos velas en nuestros aniversarios; nos fundimos en la cera, todos
para/en uno.
La gente nos asigna rótulos. Abogado, lo aceptamos. Víctima, iracundo, a
esos los rechazamos. El chico es un sobreviviente; alcanzamos lo que nunca
pudimos aceptar como propio. Con el adolescente damos los primeros pasos
hacia un pasado no tan irrevocable como el presente. El proceso es
tortuoso, pero estamos satisfechos. Resignados.
con los brazos inmovilizados a los lados
no podemos llamar por ayuda
atrapados
vienen en silencio con la noche
nos han quitado algo nuestro
cada vez hacen más de ellos nuestro momento
nos pegan
siempre fuimos independientes
vivimos en una confusión permanente
nadando en aguas barrosas lóbregas
Las cadenas subyugan el cuerpo y liberan el espíritu.
Una mirada en un espejo a través de la sala repleta, el goce del secreto
compartido.
La Santísima Trinidad: el jurista, la víctima, el victimario.
fácil
(disociado)
sin control sobre su vida
apartado del dolor
se corta
El chico se acerca a la línea con trepidación; una serpiente, una cadena
atada al brazo izquierdo, lo sujeta a la cama. Cuando nadie lo mira, baila;
roza la línea con las puntas de los dedos de los pies, pero no la cruza. El
carcelero le trae una cebolla para que llore; con el cuchillo que le pasa
un adolescente corta unas rodajas y se las introduce en los oídos para así
acallar los gemidos que piden agua. El dolor es cada vez más opaco. El le
acaricia el pelo largo y enmarañado al chico, pero no puede hacer nada.
no podemos movernos
no podemos respirar
estamos atrapados
para siempre
pero no sabemos bien qué es
somos una masa de tensión dolorosa
con tanto cuidado
que no dejan
marcas
pero nunca libres
a la vez realidad e ilusión
en círculos cerrados