El abogado, por Alberto Torchinsky

Tercera parte

sesión de terapia
fácil
          (disociado)

me esfumo en mí mismo

visito al chico
sin control sobre su vida

el adolescente
apartado del dolor
                                  se corta


Cortarse la garganta a la pelvis y pelar la piel, para as¡ liberar al yo real. Ilustración de José Angel Tovar. Cagua, Venezuela, 1997 El chico se acerca a la línea con trepidación; una serpiente, una cadena atada al brazo izquierdo, lo sujeta a la cama. Cuando nadie lo mira, baila; roza la línea con las puntas de los dedos de los pies, pero no la cruza. El carcelero le trae una cebolla para que llore; con el cuchillo que le pasa un adolescente corta unas rodajas y se las introduce en los oídos para así acallar los gemidos que piden agua. El dolor es cada vez más opaco. El le acaricia el pelo largo y enmarañado al chico, pero no puede hacer nada.


La reafirmación de que está solo para siempre. El amor es la debilidad que no se atreve a dar la cara.

Pérdida de Memoria = Protección. Caer en un agujero negro y nunca más sentir el ascenso de los recuerdos.


Paulatinamente se había puesto en contacto con lo acumulado en su cuerpo; le resultaba imposible pensar en otra cosa. No tenía recuerdos precisos de las distintas ocurrencias, pero sabía que había sido más de una, muchas. De noche siempre cerraba la puerta de su cuarto con llave. De pibe dormía despatarrado boca abajo, pero ahora lo hacía con la espalda pegada a la cama, con las piernas apretadas. Intentaba dormir con los ojos abiertos (durante ese otro tiempo había visto todo a través de ojos cerrados), y era como si estuviese observando los sueños de otro. Con tinta roja se trazó una línea de puntos en las muñecas, desafiándose a cortarse. Además, sentía que había alguien parado al pie de la cama, tocándolo; estaba en el aquí ahora, en la compañía de fantasmas. Un instante antes de adormecerse, se tranquilizaba: no podrían ya hacerle daño, era abogado.

Unas veces se sentía afectado por todo lo que ocurría alrededor suyo, otras por nada. Su analista le había advertido que las emociones descontroladas causan regresión, no progreso, y que además está el riesgo de quedarse empantanado en el pasado. La depresión era asfixiante, el dolor quemaba, pero la ira era una brisa renovadora que se sentía bien —después de jugar al tenis destrozaba la raqueta en mil pedazos. No sabía cómo confrontar a la sociedad con la noción de que los que lo habían cicatrizado andaban sueltos, listos a actuar nuevamente. Los veía todos los días, prepotentes, dueños de las calles, en mil caras de bulldogs en los parques, marchando en desfiles. Y ahora que había llegado el momento de enfrentarlos, no podía compartirlo con nadie. No con su abuela, frágil, ni con su compañera, que lo había abandonado. Tampoco podía contar con el apoyo de extraños, porque entonces los expondría a esa terrible realidad: la verdadera fundación de los gobiernos a través de la historia había sido el abuso, la agresión y el sadismo. El ruido de rotas cadenas no había provenido de las suyas.

Su analista le explicó que el tratamiento representaba un ascenso a lo largo de una espiral, no un recorrer de círculos cerrados. Si bien él enfrentaba situaciones semejantes a las de meses atrás, éstas ocurrían en otra rama de la espiral. De acuerdo a su analista, había adquirido la destreza que le permitiría hacerles frente cada vez más fuerte; a la larga las memorias que lo sofocaban se desprenderían de su cuerpo en las circunvoluciones de la espiral. Y de repente su vida se había acelerado en direcciones inesperadas, la incertidumbre de adónde las memorias lo abandonarían se había tornado insostenible y, en un remolino furioso, se sintió arrojado al espacio sin compasión.


Cisma. Fractura. Voces al unísono, cada uno con su identidad. Nos ponemos al día conversando; discutimos, y no siempre nos llevamos bien. Comprendemos el lenguaje de los niños, de los adolescentes, de los adultos. Pasamos algunos días juntos, otros compartimos sólo unos instantes. Distribuimos las responsabilidades, así la carga no es demasiado pesada para ninguno. Tenemos una personalidad amplia pero no profunda, rellena de angustia. Nuestro analista hurga lo que escondemos de todos. Tratamos de recordar, pero no demasiado. Queremos neutralizar el pasado, no abandonarlo. Estamos cansados de los sueños, de los flashbacks. De ese olor acre de paredes sudorosas, que quedó impregnado en nuestras narices. De ese chirrido como el de hojas secas arrastrándose en el parque.

Al principio nos sentimos extraviados en un laberinto de huesos y órganos que no pudimos reconocer. Nos negamos a aceptarnos en un mismo cuerpo. Nos dio miedo, ese cuerpo no se sentía correcto, no se veía bien. Avergonzados, lo tocamos y lo tocamos, tratando de conocerlo, pero no se sentía como nosotros. Uno de nosotros transforma el dolor emocional en algo físico, manejable; se corta y nos sumerge en un estado agradable. Otro sabe que es mejor que no hable; su único aliado es el miedo. El otro es poderoso, como una roca de cristal que irradia un aura de calma y gruñidos de odio. Está a cargo de esa cosa negra lisa metálica que nos atraviesa desde el estómago al pecho. No debe permitir que se expanda, atorándonos.

En el fondo, voces sin nombre. Es excitante saber que otros solamente existen, parloteando incesantemente, sin demandar nada. Compartimos con ellos una fuente común de memorias que nos delinea. Estamos intentando crear a uno fuerte que enfrente al mundo, así todos podremos sobrevivir. Prendemos velas en nuestros aniversarios; nos fundimos en la cera, todos para/en uno.

La gente nos asigna rótulos. Abogado, lo aceptamos. Víctima, iracundo, a esos los rechazamos. El chico es un sobreviviente; alcanzamos lo que nunca pudimos aceptar como propio. Con el adolescente damos los primeros pasos hacia un pasado no tan irrevocable como el presente. El proceso es tortuoso, pero estamos satisfechos. Resignados.


con los brazos inmovilizados a los lados
no podemos movernos

no podemos llamar por ayuda
no podemos respirar

atrapados
estamos atrapados

vienen en silencio con la noche

nos han quitado algo nuestro
                                          para siempre
pero no sabemos bien qué es

cada vez hacen más de ellos nuestro momento
somos una masa de tensión dolorosa

nos pegan
                  con tanto cuidado
que no dejan
            marcas

siempre fuimos independientes
pero nunca libres

vivimos en una confusión permanente
a la vez realidad e ilusión

nadando en aguas barrosas lóbregas
en círculos cerrados


Las cadenas subyugan el cuerpo y liberan el espíritu.

Una mirada en un espejo a través de la sala repleta, el goce del secreto compartido.

La Santísima Trinidad: el jurista, la víctima, el victimario.