La casa que me habita • Wilfredo Carrizales
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XIV

La casa absorbe las aguas contenidas en los rocíos zodiacales. Acontece que un gran acuario se instala en los predios de las tuberías y comienza a fluir pescados peces en busca de mágicas recetas.

Se moviliza la miel y empuja al limón dentro del sartén, donde el oro tiene aletas y escamas, pero carece de agallas para mejor voltearse. Dorado en su nombre, sale del aceite y sube ostentoso al plato. Uvas de mar le custodian el aroma del itinerario recorrido.

La mujer que persiste en llamarse Ayarí entorna los ojos de mirar milagros y esboza una sonrisa hecha de emoción para el paladar. Dentro del pescado voy yo: carne provocativa y dulce, tierna espina, mucho corazón...

Me saborea esta mujer de exquisito apetito. La lleno, la inundo, la dulcifico y amarino su gusto. Nado en su vientre amplio de fluidos y mareas; eyaculo millones doraditos con alas de abeja y sargazos.

Lentamente me exteriorizo en el rojo feliz del rábano jugueteando libre sobre la anchura verde del padre de los berros. Soy ahora bandera vegetal y bicolor en sus labios enarbolados por el viento enamoradizo de la casa que no pretende cesar, ni cejar, en este contundente empeño.