
"Los lobos marinos están en la quiebra. Aquéllas que alguna vez fueran las imperceptibles junturas de las estatuas construidas por José Fioravanti hoy son enormes grietas en la postal por excelencia de Mar del Plata. Los lobos necesitan la urgente intervención de la Provincia para recuperar su forma original y no caer hechos pedazos".
Es pesado, poco ágil, desconfiado y de cuero grasiento. Parasita en las lanchas de pesca, jamás se aleja de la costa y vive en manadas de hábitos feudales. Se apiña en las rocas empetroladas del puerto y puede ser agresivo con los humanos. Entonces ¿por qué ese particular apego a un animal escasamente sorprendente y sin carisma? ¿Llevarlo en las postales o colocarlo en pedestales de granito asegura un perfil de ciudad original? ¿O da lo mismo identificarse con cualquier individuo de la naturaleza? Y si es así ¿por qué no encarnar un besugo? ¿Qué tal una nutria? ¿O la exigencia no es que sean seres acuáticos? Definitivamente entiendo que el lobo marino no es un buen animal, por más que aquí se los encontrará en cantidad a principio de siglo.
El encanto del lobo puede que esté en su simpleza estoica y su vida cansina. Sobre la escollera Sur, presenta continuamente un particular y nauseabundo espectáculo. Basta verlos pisotearse y mostrarse los colmillos para llegar a la irreprochable conclusión que el lobo marino —a pesar de su altar en la última Rambla— no es figura correcta para una ciudad tan pretendidamente progresista como Mar del Plata.
El lobo marino perdió su condición de símbolo de una ciudad en progreso romántico desde la nada absoluta. Pionero de los mares, ícono idealista para los pescadores inmigrantes, el lobo sureño ya es un animal domesticado, vicioso, apegado a la bahía segura del puerto y sus desechos de pescado. Su espíritu salvaje dejó de enfrentar al mar furioso y se refugió en los recovecos marítimos.
¿No le ocurre algo similar a la ciudad? ¿Los marplatenses no se han retraído a sus ámbitos históricos sin atender a las modificaciones sociales? ¿El nivel de debate público no se ha estancado en una retórica manoseada y sin sentido? Los lobos ya no acechan los cardúmenes, Mar del Plata perdió el aprecio por la innovación.
Si debemos enfrentarnos a una dirigencia política chata que sólo discute sus intereses particulares, ha llegado el momento de exigir espacios de poder pero a través de una anarquía organizada, si vale la contradicción. Las demandas sólo parecen cobrar sentido, y ganar espacio, cuando tambalea el estado de poder de cierto grupo. El desafío para ambas ciudades está planteado en agudizar el ingenio y derruir así los cimientos de ese dominio constituido que Mar del Plata siempre detestó, pero nunca pudo evitar.
La gaviota, como símbolo, podría significar una actitud adecuada para la ciudad sin rumbo. Costumbres austeras, dieta amplia y vuelo inteligente (come lo que sea y aprovecha el viento). No obstante, la gaviota es un animal mezquino, por momentos, pero también mágico y carismático. Su vuelo es majestuoso y no se lo puede dejar de ligar al océano de la aventura, del naufragio épico y de la pesca.
Pero bien ¿también la gaviota puede corresponder al devenir del Gran Mar del Plata? Es lógico que este grupo reclame su propio animal; el símbolo de su existencia siempre exigida. Con ánimo de imaginar, podríamos endilgarle al Conurbano un animal tempestuoso, curtido, inclusive carnívoro, un poco despiadado y algo tramposo, pero básicamente sufrido. Los perros cimarrones que deambulaban por los campos de la zona, reúnen estas condiciones.
Seguramente, los marplatenses tierra adentro prefieren un perfil paradigmático de su alegoría, y el cimarrón la tiene: no es muy difícil entrever un romanticismo salvaje en estos perros, ya parte de la historia gaucha porque también fueron símbolo y analogía de la existencia errática del resero, del peón, del domador, de todos aquellos habitantes de la llanura que nunca pudieron ganar la historia pública.
El perro indómito, que se alimentaba de carroña pero que hipnotizaba con su libertad intransigente, sigue cautivando a el Gran Mar del Plata. Por tanto, no es necesario, ni mínimamente, que la ciudad menos favorecida acepte el símbolo impuesto por extraños a estas tierras que sólo pretendían hacer gala de un folklore barroco.
Basta una mirada prolija para descubrir que el lobo marino jamás abandonó el Centro. Puede que la afirmación sea subjetiva (¿acaso no es un ensayo pretendidamente subjetivo?), pero no menos cierto es que la proposición adquiere visos de realidad cuando contraponemos que el perro salvaje siempre estuvo por fuera de la vida cotidiana de la ciudad constituida.
Imperativo del balneario, el lobo marino trascendió los límites del Partido de General Pueyrredón como personaje icónico de la Mar del Plata Turística. Seguramente las dos reproducciones en piedra que adornan la salida al mar de la Plazoleta Almirante Brown, se encuentran en varios miles de cuadernos fotográficos familiares.
En cierto modo, la comparación entre ambos animales no encuentra asidero más que en una propuesta imaginativa: la idiosincrasia de ambos animales semblantea las personalidades sospechadas de las dos Mar del Plata, pero no las define. Uno, por su destino de mascota boba sin más protagonismo que la presencia inevitable. Otro, por su perfil de sobreviviente, de obstinado, de peleador, de inmoral por obligación, de malvado que se regocija en su condición.
Una comparación en principio hueca, puede ser el punto de partida de una reflexión profunda que descubra torturadores y castigados de ambos bandos, en ambas ciudades. Muchos de los traumas vividos en las Mar del Plata aún no tienen explicación.