La ciudad enemistada, por Felipe Celesia

Bifurcaciones de la historia posible Mar del Plata, es ya una realidad inapelable, deberá remontar una historia plena en discusiones de forma y no de fondo No hay por qué temer los cambios profundos. Una comunicación veloz con la Cabeza de Goliat (4) —axioma sobre el cual alertaba Ezequiel Martínez Estrada— bien puede ser una bendición para una ciudad que eternamente clamó por contención. También otro axioma —esta vez responsabilidad de Juan Domingo Perón—, advierte la posibilidad de acceder al siglo XXI unidos o dominados. La propuesta, es hoy un tanto críptica porque de hecho cambiaron los dominadores a los que hacía referencia Perón. Los tentáculos de la explotación son ahora más sutiles, imperceptibles diríamos si cada tanto no se recordara con acciones diáfanas quién ejerce y ostenta el poder. La individualización corre por cuenta del interesado.

Pese a todo, la idea aquí no es resumir y sopesar los males que ya todos conocemos, por el contrario, los análisis del ser y del devenir marplatense deben estar ligados a una acción superadora; desprender de una vez y ya, los males y traumas ajenos que desembarcan cada temporada. El ser marplatense debe cambiar, derivar su rumbo con violencia y observar que otros modelos de sociedad son posibles, que existen espejos válidos más allá del Río de la Plata. Las dos ciudades, una por sobre la otra, deben resignar el papel de satélite y buscar una alternativa, si se quiere, en la osadía. Buscar un cambio brusco sin retorno que obligue a modificaciones bruscas pero que también derive, con el tiempo, en una revalorización de los esquemas, en una conducta adquirida ganada a la historia.

La readaptación es inapelable. O de lo contrario, las dos ciudades —cuyo abismo de separación ya no podemos desconocer— caerán en un proceso cíclico de tensión-relajación de los conflictos sociales; con intermitencias temporales pautadas por la economía y los factores externos, las ciudades agudizarán todo aquello que provocó las diferencias entre ambas. Sería ilusorio anticipar que la libertad de elección de los grupos (entrenada por el consumo y la oferta exagerada) logrará una definitiva reconciliación a través de la comprensión entre los individuos y la aceptación de las propias limitaciones.

Mar del Plata, es ya una realidad inapelable, deberá remontar una historia plena en discusiones de forma y no de fondo. Disponer a sus habitantes para el debate profundo no será tarea fácil, más allá que no habrá una responsabilidad única en la derrota o el fracaso: el resultado será compartido y vaya con la paradoja: una ciudad en franca disolución podrá alcanzar su ideal, si y sólo si, se une sin reticencias. Vale aquí un lugar común de la política local: "Otra Ciudad Es Posible". ¿Pero es posible en función del esfuerzo de cuál bando? El peligro de una nueva caída en la necedad, en el egoísmo eterno de la masa (actitud que siempre evitó renacer una ciudad con identidad propia), otorga un punto oscuro, un gran interrogante que no podrá ser contestado hasta tanto no se produzcan cambios sinceros en los dos grupos sociales, principalmente por supuesto, en el dominante.

Es difícil evitar una sentimiento de encono hacia la Mar del Plata siempre favorecida, alimentada y acicalada por el poder político, y mínimamente vapuleada por el temperamento climático de este paralelo. Pero el Centro fue sincero, respondió a su naturaleza; ¿cómo lograr que el halcón no ejecute su presa? ¿cómo evitar que ciertos sistemas propicien la explotación del hombre por el hombre? Al igual que en los ejercicios filosóficos, la pregunta vale más que la respuesta. Tomar revancha por los abusos que tuvieron lugar en Mar del Plata, y castigar a los herederos accidentales de los abusadores, no ayudará al planteo de una hipótesis de solución.

Aventajaremos al estigma de esta ciudad, cuando todos reconozcamos que se accede a la armonía comunitaria a través de la solidaridad entendida como un bien personal, como un progreso propio y cierto. Entregar bienes materiales o tiempo, no es un sacrificio en una sociedad donde la caridad reporta más beneficios a quien la da, que a quien la recibe.

Muy cierto y muy obvio es también que los cambios deben tener un comienzo. Volver a pelear por los mismo intereses clasistas que agobian hasta el hartazgo no provocará el despegue definitivo de la ciudad hacia un cauce armónico. En una sociedad saludable, encender la mecha sería la función de los intelectuales. No los hay aquí, al menos en profusión, y de seguro no acudirán cuando se los llame. Hay que crearlos en un ámbito comunicado con el resto del pensamiento contemporáneo. No se trata de alinearse detrás de modas fútiles o corrientes fósforo, sino de una saludable remoción a través de todo aquello que posee espíritu y una oportunidad de influencia en el mundo. Las claustros producen interesantes prospectos que no tienen más salida aquí que el aeropuerto internacional o la cátedra de sueldo miserable.

Para Jean-Paul Sartre, (5) "el escritor (intelectual arquetípico) podría preceder o acompañar a los cambios de hecho" puesto que para él allí se encuentra "el sentido profundo que hay que dar a la noción de autocrítica". Con algo de utopía fervorosa, el filósofo francés da la clave de un frente factible para la paulatina solución de la fragmentación social marplatense. Estamos de acuerdo con que la Francia del '50 no es ni similar a la Mar del Plata del '96, pero el postulado de Sartre exuda un cierto idealismo nunca ni mínimamente visto por estos lares, que haría bien a los andamiajes críticos de la universidad anquilosada.

Supongamos que una generación espontánea de intelectuales reaviva el sentido crítico de la ciudad y comienza una etapa de prédica y práctica del análisis social. Los traumas aflorarían y las crisis golpearían a los sonámbulos de pies pesados y mirada banal, pero paralelamente al sufrimiento de algunos habría movimiento intelectual, las ideas de seguro fluirían entre las nuevas generaciones de dirigentes y se produciría al fin la eugenesia tan ansiada.

Las disputas públicas frágiles desaparecerán por el peso propio de los temas que se debatan. La tribuna de doctrina volverá a las calles y cafés, a las playas y bulevares; un sentimiento romántico invadirá el ser marplatense que, sin más dudas, se arrojará en brazos de una nueva existencia.

Tamaña perspectiva no podrá menos que superar la abulia tradicional del ser marplatense. El marplatense apático, se construyó en el servilismo veraniego, en la imposibilidad de un espacio completamente propio. Aquí se vive de prestado en los sitiales claves, en los grandes lugares, porque con criterio mercadotécnico los terrenos son utilizados en la modalidad use-y-tire. Se instala el circo, se agota la comparsa y el espectáculo queda en residuos que la naturaleza se encargará de barrer, pero en tanto, el hombre afincado en esta tierra, observa la decadencia de los desperdicios humanos y, para su desgracia, cae en la ira sin rumbo ni resultado. Tiene algo de irresponsabilidad no prever que los mercaderes volverán año tras año a usufructuar la tierra, los emplazamientos privilegiados y la energía de un pueblo que aún no se convence de serlo.

Mar del Plata saldrá del atolladero no con el tiempo, sino con el convencimiento de ubicarse entre los grupos protagonistas de un proceso histórico. La aparente fragilidad que puede atribuirse al postulado en la sociedad ligth, no es tal si la propuesta de cambio es sólida, si las metas pueden imaginarse y si involucran al conjunto de los interesados, sin falsos líderes ni entrometidos.

Martínez Estrada, en su paseo delicioso por la Buenos Aires que ya no existe, señala a las muchachas porteñas empleadas como seres abnegados y pudoroso en la pobreza, con un sentido de la economía sorprendente. El ensayista nos asegura que cuando éstas acuden a los comedores familiares "miran los precios de la lista antes que los platos" (6) y que "piden lo que corresponde al precio, que casi siempre coincide con algo que estaban dispuestas a comer". Las mujeres —insiste el autor—, "son capaces de conformarse con su destino más heroicamente" que el hombre. ¿Qué duda cabe?, si observamos en la vida cotidiana del Gran Mar del Plata como las mujeres apuntalan la supervivencia, fabrican remedos para la miseria, ejecutan malabares de racionalización, empujan a su gente, y trabajan ellas mismas, en fábricas y comercios. El heroísmo no es un bien suntuario entre las mujeres marplatenses, es una característica ya olvidada como tal, de tanto tiempo transcurrido. Desde las primeras trabajadores del saladero hasta las fileteras y cajeras de supermercado, toda esa casta benefició a los marplatenses con un pragmatismo valeroso y certero.

Las mujeres pueden manejar cierta influencia social superadora, tal vez en mayor medida que los hombres. La clase media marplatense —articulación colectiva entre ambas ciudades— responde todavía a esquemas maternalistas. La madre o las mujeres continúan teniendo un sitio preponderante en las decisiones de peso dentro de la familia. Este aspecto puede significar un reflujo de actitudes, opiniones y juicios que prenderían en la sociedad de cara al cambio de ciertas normas. El individuo debe confiar en una fuente que le traduzca el mundo y le indique cómo debe moverse y responder en toda la maraña de alternativas.

Los indicadores en el caos pueden no estar visibles pero una instrucción correcta puede develarlos. Es una obligación buscarlos y activar el proceso de modificación de las realidades que en forma general se juzgan en oposición a la ciudad pretendida. El camino aquí, de hecho está librado de escollos que en otras partes significarían precipicios insalvables. Querer otra Mar del Plata es sin duda el primer movimiento, la actitud correcta. Una Mar del Plata responsable y consciente de su propia vida, que integre a los desfavorecidos y actualice, de una vez por todas, sus enmohecidos códigos sociales. Esa es la clave de nuestro bienestar futuro.

Una teoría generalmente aceptada sostiene que esta ciudad funciona como prototipo de los cambios nacionales. Si así fuera la responsabilidad es doble y el desafío casi insoportable. Pero la historia, así de irremediable, nos demanda esa inmolación.