
"Aprendí de la cultura del pobre... la actividad de mi parroquia, a veces, tiene poco que ver con lo religioso y mucho más con lo social. Es mucho más lo que nos une, que lo que nos separa" (padre Luis María Ocampo).
La aparición puntual de los llamados curas sociales, contestatarios a ultranza del modelo liberal y defensores de un socialismo progresista; y su trabajo en las parroquias barriales del Gran Mar del Plata, alejó del Centro a los fieles con raíces en la ciudad, que años atrás se mezclaban los domingos en coloquios intimistas, en un puro juego social que hoy ya no tiene lugar. En los asuntos del alma, los creyentes volvieron grupas hacia la seguridad de los espacios propios que, muy astutamente, la iglesia católica supo crear.
Si bien no es mentira que la mayor acción social en los barrios la promueve la iglesia, no puede soslayarse que existe una utilización política de la adhesión del Gran Mar del Plata. Extrañamente, o tal vez no tanto, las franjas sociales desprotegidas siempre han sido público cautivo del dogma católico. La influencia sobre el desarrollo de estos sectores, también es claro, pero no logra su pretendido cometido de contención. Quienes se encuentran por fuera de los pactos y convenciones sociales, no encuentran sentido (y por el contrario sí lo encuentran en la agresión y repulsa abierta) a la participación en la fe colectiva. Los chicos en la calle y de la calle, con su sentido práctico inobjetable, utilizan la estructura de las parroquias para continuar su eterna carrera de supervivencia. Como meta existencial, en términos generales, la propuesta católica ya no sirve para el Conurbano; se queda en letra muerta, en ilusión. Las necesidades mínimas no están satisfechas y todo a partir de allí pierde sentido, más aún la propuesta utópica de una vida después de la muerte, lugar común y sortija de las religiones. El concepto mismo de vida se desdibuja y Tanatos cobra fuerza, un poder demoledor y apasionado: "vivir sólo cuesta vida" acusa la cultura del rock, pero cuando se comenzó a gastar la existencia, más vale no dejar restos.
La fe de los habitantes del Gran Mar del Plata toma también otros caminos alternativos al catolicismo. Si bien ya no es ningún fenómeno nuevo, los cultos llamados electrónicos por su explotación de los medios, ganaron un espacio significativo en el Conurbano. Mediante una organización sectaria, los cultos lograron un nivel de compromiso que ni la política, ni la práctica ortodoxa del catolicismo, obtuvieron en los barrios de la periferia.
De algún modo, los curas sociales —bendecidos y utilizados; amados y odiados por la "iglesia institución"— saltaron el cerco de la función meramente sacerdotal y pasaron a ser paradigmas del Conurbano. La ciudad festeja sus rebeldías y silenciosas confrontaciones con el episcopado, no por un interés en las discusiones teológicas, sino por una inconsciente necesidad de revancha. El Gran Mar del Plata sabe que la iglesia ha expresado siempre un apego natural por el balneario; ocurre que ahora la ciudad de las afueras cobró una importancia si se quiere estratégica por su condición de masa, de conjunto virgen, maniobrable y en ocasiones deliciosamente ingenuo.
Pese a todo, la influencia de los cultos en el principio de la vida colectiva del Conurbano, en el alma de la periferia, no puede medirse en función de la existencia de ciertas necesidades más imperiosas, que desdibujan el afecto a una doctrina. En el Centro, la fe se mide por la asistencia a misa y la cronométrica entrega de óbolos; en el Gran Mar del Plata, la espiritualidad se práctica con más fruición, aunque la participación esté acotada por los imperativos materiales.
El delincuente menor de edad, cuyos intereses no trascienden los estímulos hedonistas, obtienen en la estructura de la iglesia un punto de contacto con el anhelo general del Mar del Plata dream que el Centro apuntala machacando en todos sus espacios publicitarios. Los chicos se cobijan en los proyectos sociales de los curas de la periferia y comprueban la existencia de una realidad inaccesible desde su posición social. La experiencia vale pero no queda claro cuál es el objetivo: ¿extirpar el elemento de su entorno o que éste, adiestrado, lo transfigure a imagen y semejanza del prototipo cristiano? La duda carcome las mentes devotas preocupadas por el movimiento social.