
La agonía
Ese día, contrariando todas sus costumbres, se levantó muy temprano, antes
del alba. Se aseó prolijamente, vistió sus mejores ropas y salió a la
calle, cuando el sol apenas comenzaba a dar vagos inicios de querer
despuntar. Debía cumplir una diligencia bastante penosa: se trataba de
asistir a un doloroso trance, cuyo desenlace iba a ser necesariamente
fatal. Una agonía. El sentía que su presencia, aunque pasara desapercibida,
era moralmente obligatoria, ya que los vínculos que los unían eran
profundos y de vieja data.
Mientras se dirigía al lugar, iba rememorando los momentos que
compartieron: tantas travesuras cuando niño, sus primeros escarceos
amorosos, la muerte de sus padres... eran demasiadas las cosas que poseían
en común, como para ejercer el abandono. El sabía que le había fallado, en
el crepúsculo de su existencia; pero la culpa no era suya, sino de la vida,
para decirlo con un lugar común, y confiaba en obtener su perdón en esas
últimas horas.
No se apresuraba demasiado, sin embargo. Posiblemente algo de cobardía le
hizo tomar los caminos más tortuosos, para retardar el momento del último
encuentro. Releyó el periódico mediante el cual se enteró de la fatídica
noticia, con la secreta esperanza de que algún embrujo hubiera borrado la
página en donde estaba escrita. Pero estaba allí, y nada ni nadie cambiaría
ese hecho. La nostalgia y posiblemente los remordimientos le hicieron
imaginar el dolor que padecería: quiso que su organismo también se sintiera
desfallecer, y deseó morir en su compañía. Ese ejercicio de expiación le
hizo bien, tanto a su cuerpo como a su espíritu, y lo preparó para
presenciar el doloroso espectáculo de la muerte.
Por más que quiso retrasar el arribo, sus pasos lo guiaron inexorablemente
al sitio en donde iba a ocurrir el deceso. Tomó lugar lo mas cerca que
pudo, entre la muchedumbre ahí reunida, adoptando la expresión que se suele
tener cuando se está enfrentado a la muerte. El momento tan temido, al fin,
llegó. Se escuchó un ruido ensordecedor, y al final de la calle apareció el
tractor de la compañía constructora, que cumpliría la sentencia de muerte:
demoler el vetusto caserón de vecindad, que tanto desentonaba con las
modernas edificaciones que habían erigido en esa zona residencial.