
Me asomo a la ventana y lo veo. Ahí está. Hoy, con la camisa a cuadros (¡la
camisa a cuadros otra vez!), asomándose fugazmente, quizás viéndome verlo.
Ahora sigue con su extraño ritual: se pasa las manos sobre la cabeza,
gesticula exageradamente, toma su inseparable paño y se lo pasa por todo el
cuerpo. Aún no he podido entender cuánto tiene de loco y cuánto de cuerdo.
A veces, pienso que está riéndose de mí, que su accionar tiene la única
finalidad de hacerme conjeturar el motivo de su comportamiento. Pero no. No
puede ser. A menos que el de la mente extraviada sea yo, y todos los que
contemplamos su cotidiano espectáculo.
Pienso que todos tenemos algo de voyeuristas, aunque tal vez lo hago para
justificarme. Lo cierto es que mi vecino de enfrente ha logrado desafiar mi
imaginación, ya que todos los días me asomo a verlo, siendo rara la vez que
me defraude su actuación. Pasó una vez que el vecino desapareció por
algunos días, y entonces pensé que se lo habían llevado. Puedo decir que
llegué a extrañarlo. Pero al poco tiempo apareció, con su misma
desconcertante actitud.
Muchas dudas me embargan: ¿de qué vive?, ¿quién cuida de él?, pero lo
cierto es que el vecino vive únicamente acompañado por sus alucinaciones,
o por lo menos eso parece.
Quizás algún día logre descubrir el misterio que rodea a mi extraño
personaje. Por ahora, deberé contentarme con imaginar su vida, y con
observar, cual mirón, sus extrañas evoluciones.
¿Demencia?