
Mujiquita, el honesto
"Se les recuerda a los señores usuarios que por razones de seguridad deben
mantenerse alejados de la raya amarilla, y cruzarla únicamente cuando el
tren se detenga y abra sus puertas". ¿Cuántas veces había escuchado esa
recomendación? Por lo menos cuatro veces diarias, cinco días por semana,
durante diez años, que era el tiempo que tenía trabajando en el banco. No
se imaginaba cómo todavía había gente que hiciera caso omiso de la
advertencia, después de haberla escuchado tantas veces y siempre, siempre
con las mismas palabras. El, por su parte, prudentemente se mantenía a unos
cuatro pasos de la raya, y esperaba que se abrieran las puertas del vagón y
que salieran las personas antes de entrar al tren. En esos diez años había
desarrollado lo que denominaba una conciencia ciudadana, que en pocas
palabras consistía en respetar cuanta norma hubiera, tanto escrita como
verbal, e indignarse cuando se daba cuenta que los demás no hacían lo
mismo.
Carlos Mujica era uno de los fundadores del Metro, o por lo menos así se
sentía, ya que desde que se abrió una estación cerca de su casa él lo había
adoptado como único y exclusivo medio de transporte. El conoció su
primitivo trazado y vio cómo iba creciendo, a medida que las topas
engullían la tierra del vientre citadino, y se iban ramificando las rutas
del subterráneo. También fue testigo del resplandor que ostentó el sistema
en sus inicios, y vivió el lento pero inexorable proceso de deterioro que
estaba experimentando. Pero con todo y eso, el Metro era motivo de orgullo
para él.
De su casa al banco, del banco a su casa, dos veces al día: esa era la
invariable rutina de Carlos Mujica, Mujiquita para sus compañeros de
trabajo. Desde sus inicios en el banco, al que entró muy joven por
recomendación de un tío lejano, con el cargo de oficinista auxiliar III,
no conoció otro nombre. Aún recuerda su primer día de trabajo: un cajero de
esos veteranos lo vio sentado en una silla, sin tener muy clara cuál sería
su actividad allí, y le espetó:
—Epa, nuevo. Véngase para acá pa'que me ayude con estos papeles. ¿Cómo se
llama, mijo?
—Carlos Mujica.
—Bueno, Mujiquita. Agarre este bojote y se lo lleva a los terminalistas.
Y así quedó bautizado.
Poco a poco fue progresando dentro del escalafón del banco: a los seis
meses pasó a oficinista auxiliar II, al cabo de otro año a oficinista
auxiliar I, y así de escalón en escalón llegó al cargo de cajero. Cargo
que desempeñó siempre con la mayor dignidad y honradez: jamás, pero jamás
se apropió de algún dinero que sobrara del arqueo de caja, como se
rumoreaba que era costumbre de muchos otros cajeros, y algunas veces puso
de su bolsillo las monedas que pudieran faltar en el conteo, que por otra
parte, dada su escrupulosidad, no era cosa frecuente. Nunca se le ocurrió
apropiarse del dinero que algún cliente, por descuido, olvidara de recoger
en la taquilla o diera de más, sino que le avisaba sobre el hecho
inmediatamente a la olvidadiza persona. Y no era que le sobrara el dinero,
todo lo contrario: su sueldo apenas le alcanzaba para cubrir los gastos de
vida, y las necesidades de su madre.
Este era el rubro que más pesaba en su presupuesto: su progenitora sufría
de una insuficiencia respiratoria, por lo que debía estar conectada de por
vida a una bombona de oxígeno. Para no confinarla a una cama, compró un
tubo de goma lo suficientemente largo como para que pudiera alcanzar todos
los rincones de su casa. De esa manera, la señora, con su mascarilla en la
nariz, adoptaba un aire entre buzo y trabajador de minas. Además de las
bombonas, su delicado estado exigía un complicado tratamiento de jarabes y
pastillas. Mujiquita invertía el grueso de sus entradas en costear dichos
suministros que mantenían con vida a su madre, y lo hacía con gusto, ya que
su amor por ella era inmenso. Tan inmenso que no tenía novia, ni ganas de
buscarla. Todo su tiempo libre se lo dedicaba a su madre, a tratar de
satisfacer cada deseo que manifestara y a acompañarla. El era prácticamente
su única compañía, ya que sus dos hermanas se habían casado y estaban
viviendo en el interior del país, razón por la cual sus visitas eran
bastante esporádicas. Su padre había muerto estando él pequeño. Como
herencia recibió de él, además de sus recuerdos, un hermoso reloj de oro.
Ese objeto, que no usaba nunca, para que no se lo fueran a robar, era su
única propiedad y lujo. Debido a la ausencia de la figura paterna, que era
la encargada de traer al hogar los medios de subsistencia, Mujiquita se vio
obligado a abrirse paso en la vida desde muy joven. A los veintiséis años,
su carrera laboral cubría la mitad de su existencia.
Junto con el deterioro de las condiciones económicas del país, Mujiquita
veía cómo día tras día disminuía su capacidad adquisitiva: cada vez le
costaba más trabajo llegar a fin de mes, y para poder hacerlo renunció a
más de un almuerzo. Para no preocupar a su madre, le decía que se quedaba
en el trabajo para adelantar cosas pendientes, pero en realidad lo hacía
para no gastar la comida en su casa. Con nostalgia miraba a los otros
compañeros irse a almorzar a algún comedero cercano, o comer en el mismo
lugar de trabajo el contenido de sus viandas. A veces algún colega,
sospechando la gravedad de su situación económica, lo invitaba a comer,
pero él nunca aceptó, no por orgullo sino por decoro. Como mucho, se
acercaba a un cafetín, pedía un café con leche, compraba unas galletas de
soda en el quiosco y engañaba por un rato el hambre. Otra cosa que eliminó
fue el uso del Metro, ya que resultaba mas económico utilizar otros medios
de transporte; a veces, si no estaba muy cansado, recorría a pie el
trayecto entre el banco y su casa. Pero a pesar de todos estos ahorros, en
unos cuantos meses su insuficiencia económica se hizo mucho mayor, cuando
se aprobó el aumento de los insumos médicos. El agua le estaba llegando al
cuello.
Un día, tocándole la visita de control a su madre, sintió que su situación
ya no tenía salida: el médico varió el tratamiento de su madre, aumentando
las dosis de medicamentos y agregando otras drogas, ya que el estado de la
señora iba empeorando. Para colmo, faltaban cinco días para el cobro de la
quincena y la bombona de oxígeno estaba en las últimas. Esa noche no pudo
pegar un ojo.
Al día siguiente, estando en su puesto de trabajo tras la taquilla, ocurrió
un hecho insólito: cuatro hombres, bien vestidos, con celulares y anteojos
obscuros, desenfundaron sendas armas de alto calibre, y conminaron a todos
los clientes a que se tendieran en el piso. Se trataba de un asalto, cosa
que Mujiquita, a pesar de su larga trayectoria en la agencia, nunca había
presenciado. Todo pasó como en una película, o en un sueño. Sólo que esta
vez las armas eran verdaderas, y los asaltantes iban contra los cajeros.
Por primera vez sintió que corría peligro de muerte, y el miedo empezó a
manifestársele en su estómago.
—Todos los cajeros: pongan el dinero de la caja en estas bolsas. Y rápido,
que estamos apurados.
Mujiquita empezó como un autómata a colocar los paquetes de billetes en la
bolsa que le suministraron los hampones. Mientras lo hacía, por su mente
desfilaban todas sus penurias: él, con tantos problemas, nunca tomó un
céntimo que no le perteneciera, y en cambio estos delincuentes en un
segundo se llenaban de plata. Entonces se acordó de su madre, que estaba a
punto de quedarse sin oxígeno. Se imaginó que se asfixiaba inexorablemente,
que moría frente a sus ojos sin que él pudiera hacer nada. Nada... a menos
que le quitara a los ladrones parte del botín. En un segundo tomó la
determinación: con una agilidad que desconocía, escondió dos gruesos fajos
de billetes debajo de la taquilla. Simultáneamente con esta acción, se
justificó consigo mismo: no le estaba robando al banco, sino a los
hampones.
En unos diez minutos todo concluyó: los asaltantes tomaron sus bolsas de
dinero, no sin antes amenazar de muerte a todos los presentes. Al cabo de
una media hora llegó la policía. Durante todo ese tiempo, Mujiquita estuvo
dándole vueltas a la acción que estaba a punto de cometer: ¿qué pasaría si
lo descubrían? La cárcel, y su madre sin el apoyo de nadie. Por otro lado,
si no lo hacía, no tendría cómo adquirir la bombona de oxígeno. Al llegar
los cuerpos policiales, Mujiquita se llenó de ansiedad: ahora empezarían
las preguntas, quién sabe si además los requisarían. ¡Y él con esos dos
fajos de billetes escondidos!
El era el tercer cajero, de izquierda a derecha. Empezaron con el primero:
lo interrogaron y efectuaron una inspección ocular en su taquilla. En unos
cinco minutos terminaron. ¡Si pudiera preguntarle cómo fue! Pero no osó
moverse de su lugar. Con el segundo cajero hicieron lo mismo. Trató de
aguzar el oído y la vista, pero hablaban en voz baja y por su posición no
pudo ver en que consistía la revisión.
Por fin llegaron a él.
—Buenos días, ciudadano. Le vamos a hacer algunas preguntas. ¿Nombre?
—Carlos Mujica.
—¿Edad?
—Veintiséis años.
—¿Cargo?
—Cajero.
—Diga usted: ¿cómo se desarrollaron los hechos?
—Bueno, yo no estaba muy pendiente... sólo oí el grito de uno de ellos, y
al darme cuenta tenía frente a mí una pistola, o un revólver, yo no sé de
armas, pero bien grande, y me dieron una bolsa para que la llenara con el
dinero de la taquilla...
—¿Cuánta plata tenía aproximadamente en caja?
—Unos trescientos mil bolívares.
—¿Lo puso todo en la bolsa?
—Este... —y aquí titubeó un segundo. Este era el momento tan temido por él:
de lo que dijera aquí podía depender el resto de su vida.
—Bueno, ciudadano. No tenemos todo el día. Responda de una vez.
—No. Aquí pude esconder estos dos paquetes de dinero —y sacó los fajos
del escondite donde los tenía.
—¿Con qué finalidad escondió ese dinero?
—¿Finalidad?
—¿Para qué se guardó esos dos fajos de billetes?
—Bueno... es que me dio rabia que esos ladrones se llevaran tanto dinero,
y decidí esconder esa parte.
—¡Ah, caramba! Aquí tenemos un samaritano. Está bien. Ahora, con su
permiso, vamos a inspeccionar su taquilla.
El agente pasó a la taquilla, en donde revisó minuciosamente las gavetas y
los estantes.
Al no encontrar nada, dijo:
—Esto está limpio. Ahora tengo que revisarlo a usted.
Después de palparlo ligeramente en los lugares apropiados, quedó
satisfecho:
—Terminamos con usted. Gracias por su colaboración. Tenga cuidado con la
aureola, no se le vaya a engarzar de la lámpara —dijo sarcásticamente.
Eso fue todo. Al rato los agentes terminaron su labor, la agencia del banco
se cerró al público para efectuar el cierre del día y conciliar la suma
robada. Ya la aseguradora pagaría al banco esa cantidad.
Cuando Mujiquita iba de salida, se le acercó el subgerente de la agencia:
—En nombre del Banco, quiero felicitarlo por la muestra de valor civil que
nos brindó hoy. El agente que lo interrogó me comentó su gesto de lealtad
para con la institución, al no entregarle gran parte del dinero que estaba
bajo su responsabilidad a esos fascinerosos. Este banco es grande gracias a
personas que, como usted, lo ponen como la primera de sus prioridades.
—Muchas gracias, jefe. Disculpe, quisiera pedirle algo. ¿Pudiera prestarme
unos diez mil hasta la próxima quincena?