El cuadro
René Marín
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El autor
Editorial Letralia

Internet, marzo de 1999
El tiempo amueblado (fragmento), Yves Tanguy

Gritaba con una fuerza tal que sería incapaz de poder describir, y todo el sonido de mis gritos retumbaba escaleras arriba mezclándose con el hueco y atropellado eco de las pisadas de mis perseguidores y dejé de gritar para poder correr más.

Saltaba los escalones de cuatro en cuatro, a cada momento caía y sin ninguna intervención de mi voluntad volvía a estar de píe, otra vez saltando y rebotando contra las rústicas paredes de la amplia escalera de la estación refinería del subterráneo. La sangre me resbalaba por las manos, por las rodillas, la frente; ya no me dolían los golpes, sólo la garganta de intentar convencerles.

Ellos lo querían saber y no iban a dejarme en paz hasta que no les diese una respuesta convincente: siempre cualquier respuesta era buena si a ellos le satisfacía.

De repente las escaleras terminaron. Caí por enésima vez en medio de un charco de grasa. Estaba en el último desnivel, aún me quedaban 200 metros para llegar a la pequeña puerta disimulada en la pared que daba paso a las salas de los sistemas de ventilación.

Allí podría esconderme unos segundos para tomar aliento, sólo quería un momento de paz para pensar en mí y en ti, en todo lo anterior. Luego me entregaría.

Cerré la puerta tras de mí y en la oscuridad volví a correr y golpearme contra todo hasta encontrar el hueco de la ventilación, arranqué la rejilla y me introduje como pude en él.

Ellos ya habían dejado la escalera y por sus voces noté que se diseminaban por la estación. ¿Por qué no me dejaban en paz? A mí no me hubiese importado explicárselo todo desde el primer momento pero, ¿cómo me iban a creer..?

Desde mi escondite vi cómo una luz relampagueaba tras un ventilador, era una linterna cuyo haz resbalaba lentamente por la habitación, de repente se fijó en mí y me deslumbró, cada vez más grande, más cerca.

Me habían encontrado.

La rejilla cayó de un golpe y recuerdo que una mano me agarró del hombro tirando de mí. De repente estaba en pie, ayudado a andar por esa sombra hacia una puerta que yo no conocía. La traspasamos, era un ascensor.

La luz me permitió ver al hombre completamente vestido de negro. En la cara un pasamontañas, también negro y con aspecto robusto, parecía de algún equipo de ataque o algo así por su forma de andar sin titubear. Y sin la menor consideración de mi persona, dado que las heridas recibidas me impedían seguir con la misma velocidad su andar. Apenas pude mantenerme en vilo junto al sujeto gracias a sus jaloneos constantes.

Por esos años dada la creciente inseguridad que amenazaba cada vez más frecuentemente a todos los niveles de la sociedad. Se iniciaron sin una verdadera planeación de largo plazo, la implementaron de grupos especiales de ataque a la delincuencia y así resultaba que existían equipos de combate para los robos de casa habitación, los robos a transeúntes, los robos a bancos, las organizaciones de secuestradores, las de cuello blanco, las de narcotráfico, las del robo de vehículos, las de asalto a transportistas, las de asalto a camiones urbanos.

Grupos para el ataque al contrabando, a la defraudación fiscal, a la importación ilegal, los que trafican con órganos, al robo de ganado, a la detención de asesinos seriales —ya de moda por acá—, a la extradición de políticos corruptos, a la detención de los supuestos líderes guerrilleros.

Grupos que sin revelación de su indirecta relación con los castrenses, realizan ejecuciones sumarias fingiendo pseudo enfrentamientos para fusilar y encubrir. Organismos creados para la búsqueda de banqueros prófugos y hasta para ex presidentes de dudosa solvencia moral.

Pero lo que yo siempre he creído es, que al planear el destino de un país debes tomar en cuenta no solo las consideraciones de rigor, sino también un hecho que para mí es fundamental a la hora de planear, y ese es, determinar qué queremos obtener. ¿Tan sólo el ingreso a soluciones de estabilidad paulatina? ¿O verdaderas mejoras en el valor de nuestro país y de su actuación global como sociedad?

He visto que de ahí parte toda consideración para un cambio real o un paliativo sexenal. Y lo he podido comprobar en los diversos eventos que constituyen mi vida en los negocios, pudiendo de ellos decidir obtener tan sólo liquidez pasajera o una verdadera utilidad y riqueza.

Gracioso resultaba para mí que dedicara esos instantes a desarrollar ese tipo de análisis. Pero eso es lo que me intrigaba de mi raptor. ¿Quién era? ¿A cuál de esos grupos pertenecía?

¿Sería tal vez del departamento de impuestos? ¿O de algún comando contra delitos de cuello blanco? O tal vez le habían pagado para que en sus ratos de ocio se dedicara a localizarme.

No podía determinar de cierto su origen y la razón de su intervención en ese momento, porque para cualquiera de esos supuestos yo era candidato idóneo.

Tal vez me tenía por lo de los impuestos del 95, o por los pagarés de aquella operación en el mercado negro.

¿O tal vez..? ¡No lo creo! Porque me hubiera ejecutado ahí mismo. Sé que son tantos los que me buscan a estas alturas que podría ser cualquiera o tal vez todos ellas. Pero si de algo estoy seguro es que no es de derechos humanos.

Ascendimos imperceptiblemente. Estábamos en la superficie. En el vestíbulo no había nadie. Velozmente salimos al exterior y me hizo subir a un automóvil.

¿Estaba a salvo?

—Por lo que has pasado —me dijo al habernos alejado unas cuadras. Con una mano se quitó el pasamontañas y pude ver el desconocido rostro casi glacial en un perfil que no inspiraba temor, a pesar de la frialdad de la sonrisa.

Tampoco a él sabía qué contestarle. Hubiera deseado disculparme y agradecerle su intervención, pero era tan irreal todo lo que estaba pasando que me era imposible decir nada. Tan sólo querría haber estado otro segundo más quieto, en aquel hueco de ventilación, como durmiendo allí, seguro, lejos de todo.

Llegamos a una cabaña en las afueras. No nos encontrábamos muy lejos de la ciudad ya que a lo lejos durante el ascenso pude ver esas torres de colores tan características de la zona norte. Sin mediar palabra nos dirigimos a la puerta donde él tocó tres veces el timbre como si fuese una contraseña. Y abriste tú.